Justicia y jamón
Martes 6 de enero de 2009, por Carlos Saglul *

Un fallo casi deja en libertad a veinte genocidas. Otro, somete a juicio oral a una persona que intentó robar un par de fetas de jamón. ¿La bolsa o la vida?. ¿Cuál es la prioridad de la Justicia?.



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Periodista. Equipo de Comunicación de la CTA

Ya casi terminaba el año anterior cuando la Cámara Nacional de Casación Penal dispuso la liberación de cerca de veinte represores de la dictadura militar acusados por delitos de lesa humanidad. Se alegó que todos ellos estuvieron presos sin condena más tiempo del razonable. De estas demoras sabe mucho el Tribunal autor de la sentencia. Tuvo la causa ESMA paralizada cuatro años. En ese momento se habló de maniobras dilatorias. ¿Cuál era el objetivo?. ¿Este fallo?.

Los televisores chorrean sangre. La gente se siente insegura. La justicia no da abasto. En la provincia de Buenos Aires, más del 75 por ciento de la población carceleria carece de condena. No hay que verlo todo negro: “la justicia es lenta pero llega”, dicen. Y ese día, finalmente, el inocente recupera su libertad. Golpeado, vejado, con la cicatriz de una faca en su cuerpo, después de haber perdido su trabajo, su familia y buena parte de su futuro, decide reiniciar su vida. Convengamos que, después de semejante experiencia, no es improbable que salga convertido en un psicópata en busca de revancha. Si es así, habrá que volver a llamar a la policía, ¿no?.

El escritor jujeño Héctor Tizón, que como magistrado conoce la “familia judicial”, le hace decir al personaje de uno de sus cuentos: “en estas provincias, en las que sólo delinquen los pobres, los crímenes no suelen ser interesantes”. Y lo mismo pasa en todas partes. A esta altura es más probable que José Alfredo Martínez de Hoz muera tranquilo en su coqueto departamento del Kavanagh, que en alguna cárcel que es donde debería estar desde hace tiempo.

Carlos Ruckauf triplicó la población de las cárceles bonaerenses, le dió carta blanca a la bonaerense para ser "la mejor policía del mundo" o "la maldita policía", como usted prefiera y, de paso, aumentó las penas para "terminar con el crimen organizado" en la provincia de Buenos Aires. ¿De qué sirvió?.

Ahora, su colega Daniel Scioli plantea otra reforma al Código de Procedimiento que da a la policía el poder de detener ciudadanos, aún sin órden judicial y restringe al máximo las excarcelaciones. Más mano dura. Más poder para la mayor y más temible fuerza de seguridad armada del país. Más trabajo para las empresas constructoras que edificarán las nuevas cárceles.

¿El narcotráfico, la prostitución, el juego clandestino, la piratería del asfalto, la industria del secuestro serían posibles sin la complicidad de la policía y de amplios sectores del poder político?. Habría que preguntarle a Scioli y a los barones que gobiernan desde 1983 el conourbano bonaerense, ¿cuántos de estos “ciudadanos libres de toda sospecha” fueron llevados a juicio?.

La brutalidad policial llena las cárceles y el "gatillo fácil" enluta a familias enteras provoncando tantos muertos desde la reinstauración de la democracia que las padecidas por la población durante la última dictadura.

Los funcionarios inauguran más penales. Y los magistrados le dan al martillo. Con tanto trabajo es comprensible que no les quede tiempo para juzgar a Astiz, el tigre Acosta y los otros genocidas.

La noticia salió en los diarios para Navidad. En una "valiente" decisión la Sala V de la Cámara del Crimen porteña decidió llevar a juicio oral a un señor que trató de robarse cinco paquetes de jamón. Ni lerdo ni perezoso, el “delincuente” dijo que el fiambre era para alimentar a sus hijos. Los magistrados Mario Filosof y Pociello Argedich no se dejaron engañar y constataron que el detenido no mostraba signo alguno de desnutrición, por lo que no podía alegar “estado de necesidad”.

Este fallo es la contracara del que intentó liberar a los genocidas y revela como funciona el sistema judicial en nuestro país. No encuentra tiempo para condenar a un asesino como Astiz pero sí tiene los recursos suficientes para hacerle juicio oral a un pobre tipo que se apropió de un par de fetas de jamón. El error de muchos está en creer que la Justicia funciona mal. Al contrario, responde perfectamente al poder del que es parte.

¿La bolsa o la vida?. Esa es la cuestión. ¿Qué pasaría si aceptamos que el tipo se llevó el jamón para comer?. Después de todo, ¿para qué otra cosa pudo querer llevarse el fiambre?. Tarde o temprano esta violación a la propiedad privada recibirá su condena. Y después de todo, ¿desde cuando los pobres comen jamón?.

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