
Ese miércoles el reloj sonaría temprano, y "el grupo de mujeres ", así bautizado por Juan, partiría nuevamente a esa pequeña y olvidada hilerilla de casas al Sur Oeste de la ciudad.Nos esperaba una mañana agitada, el barrio estaba convulsionado por un hecho que trastocó su tranquila cotidianidad.
Allí nos esperaban el Pelado, Leo y las compañeras del barrio, mujeres de rostros curtidos y espaldas encorvadas por los vientos de la vida, verdaderas luchadoras y fieles representantes de lo más valioso del género. Predipuestas a poner sus manos en el arte culinario, arte que se hacía cultura, cultura que se hacía pueblo en esas dos, cuantro, seis, doce manos que se confundían, se ayudaban y se estrechaban. Cuchillos, cebollas, zanahorias y ollas, intrumentos puestos al servicio de ese verdadero festín que es la comida, comida que es para todos y todas. Y las sonrisas se dibujaban en los rostros de las compañeras, al compás de la cháchara de la conversación.
"Corten las zanahorias en cubitos así se cocinan más rápido", "este cuchillo no sirve para cortar cebolla"... "¿ En qué ayudo ?", preguntó Yani que avanzaba cautelosa por el camino, con cara que delataba sueño. Y la conversación fluía, amena, con ritmo tranquilo, y algunos exabruptos cuando se hacía referencia al episodio violento de esa madrugada. Y las ollas se llenaban, y los colores se multiplicaban, acompañados por el aroma siempre tentador, siempre envolvente de las ollas populares.
"Hoy nos demoramos", gran verdad la que acababa de decir María. Esa mañana fue distinta a las demás, la comida se atrasó un poco, pero salió más sabrosa que nunca.
Con el arribo del mediodía, los vecinos y vecinas comenzaron a arrimarse con sus ollas y bandejas, dispuestos a servirse de esa comida que sabían también era de ellos, porque el miércoles siguiente o el otro les tocaría a ellos, porque estaba hecha con mucho cariño por sus vecinos, porque se hacía en la Copa, la copa que era de sus niños, la copa que es de todos, la Copa que ahora también es viandero: "Sueño de Niño". Y ese miércoles el espíritu popular reinaría en el barrio, en cada casa, en todos y cada uno de los platos, que ese mediodía estaban llenos por igual; en esa comida que todos compartían con los suyos y con los de al lado, comida hecha por sus propias manos, comida que disfrutaban como ninguna otra.
Misión cumplida esa mañana, por nosotros y nosotras, sí, porque nosotros también fuimos parte de esa velada compartida, con nuestros platos rebosantes, con nuestras manos, y con nuestro compromiso hacia ellos y ellas, que, sabemos, es recíproco.
Equipo de Comunicación de la Juventud de la CTA Castellanos, Santa Fe
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