
Todo es un ruido incesante. Alzás la vista y un avión llega o sale. Salís unos kilómetros de esa ciudad que es el aeropuerto internacional y te encontrás caminando en un paisaje suburbano bien bonaerense: calles de tierra, barrios humildes, hombres y mujeres que resisten.
El viaje es como todos los viajes en el tren suburbano, cada estación te marca el paisaje; una radiografía de clases sociales. Tomando el Roca lleva unos 40 minutos llegar a Monte Grande, cabecera del partido de Esteban Echeverría, y a medida que uno se acerca ve un paisaje más plano, clima de barrio, de bruma. En las calles de los barrios están los chicos en la vereda, juegan con lo que encuentran, cada trasto es un juguete, una distancia abismal a los pibes encerrados en barrios privados y jugando juegos de ficción y muerte en la tele. En los barrios se sueña el futuro.
Se sueña en grande. Se sueña la vida. En el barrio siempre hay cosas por hacer, urgentes, el mundo es más hostil e inminente y breve, muchas veces. Cuando llueve no hay nostalgia de poeta o enamorado, hay que resolver que el agua no entre a la casa, porque las calles se anegan, porque el colectivo no entra y los pibes se quedan sin colegio. Y ahora el cielo está gris, turbio, un pibe aferrado a una bicicleta, cruza, malabarista en el barro.
Los vecinos relojean las nubes. No dicen nada, pero seguro no piden agua. Estos días de frío la gripe estragó. Y si no hay salita cerca las madres se apechugan, abrigan, y si hay salita son tan poquitos los turnos que dan que una familia nunca termina de atender a sus hijos. Habla María Magdalena, narrando historias del barrio y del aguante. Suelta la picardía. Un hoguera surge de un tacho con un gran agujero improvisado como cocina. Se fríen unas milanesas en el comedor comunitario. La serpiente siniestra del hambre. Aparecen los perros, raza perro, son como siete, a una le cuelgan las mamas, dio cría hace poco. Se meten bajo las mesas, a ver si cae un hueso.
En estos barrios la CTA hizo pie, se instaló para dar un mano, gestionar la comida con el Estado, organizar la barriada. Y esta CTA en particular, se mueve en una delgada línea; de un lado, barriada profunda; del otro, el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, un barrio de otras características, otro mundo, un barrio que te lleva a otros universos, donde nunca se descansa, donde se hablan todos los idiomas, donde todas las mercancías circulan, donde 90 aviones por día llegan y salen.
Y allí se organiza los trabajadores del personal civil de las Fuerzas Armadas, del Senasa. Se habla de radares, control aéreo, pasajeros, importaciones y exportaciones, productos, siglas, modos distintos. Hay un centro de formación para controladores de radar, responsables de ordenar las rutas de los aviones, hay 60 compañeros del Senasa que corren de punta a punta para hacer su trabajo. En esos dos mundos que parecen ajenos se mete, hace cuña, organiza, la CTA.
La pequeña perra blanca, con un lazo azul gastado en el cuello y con manchas marrones, camina con dificultad y cuando se detiene repiquetea incesantemente sobre sus patas traseras, como si tuviera resortes. “La mordió un rotwailer”, cuenta uno. “Pero sigue, es terca”. Metáfora cruda de la resistencia en el territorio.
La Victoria no es barrio, es asentamiento, te dicen los entendidos. La pura verdad es que es barrio porque los vecinos así lo sienten. Porque lo hicieron de la nada, cambiaron pastizales, matorrales y basura por hogares, es el sueño de ser. La búsqueda. Porque la pobreza es un torniquete y por eso son dignos. La precaridad no la da la forma de vida, la dan los funcionarios que no hacen su trabajo.
La Victoria está ubicada a cinco kilómetros del centro de Monte Grande y para llegar, el último tramo de un kilómetro que ha que cruzar, es de tierra endurecida, ondulante, cercada por yuyales y basura. Pero andá a contarle ese detalle técnico a los vecinos. Esto es La Victoria. 1.700 personas que sueñan y, a paso firme, van consiguiendo cosas. Lograron que llegue el 501 al barrio, aunque a veces se hace la rata si llovizna un poco. Están peleando por asfaltar, que llegue la luz, el agua potable, incluso ya hay un principio de acuerdo para comprar los terrenos.
Hace un par de años no había nada acá, hoy se ven muchas casas terminadas, otras en proceso de construcción, y el comedor de la CTA que el año pasado se sostenía con palos y lona y que el viento azotaba sin cesar hoy es una casa con todas las letras donde todos los días comen 100 personas. Hoy: milanesas, arroz con arvejas, jugo de naranja y duraznos en almibar de postre. “Empezamos con una chapita y cuatro palos, después nos robamos unas chapas para que no se nos vuele y traíamos leña a hombro del monte”, cuenta Ramona, la referente, mientras sirve la comida y tiene en sus brazos a su bebé de tres meses.
Tres tandas de vecinos pasaron hoy por el comedor, pero no cunde la frase “el que comió voló”. Escuchan a Jorge Ravetti, secretario adjunto de la CTA y general de ATE, que pone a consideración una carta dirigida al intendente de Esteban Echeverría, Fernando Gray. Hay descontento y le piden que enfrente la “cruda realidad que nos impide avanzar en nuestra situación cuando tenemos las calles intransitables, cuando la oscuridad nos impide salir de nuestras casas cada vez que se hace de noche, y cuando escuchamos que se están haciendo cloacas en el distrito y nosotros al agua ni siquiera la podemos tomar, porque no contamos con agua corriente.
Cada vez que llueve intentamos salir sin éxito de nuestras casas, porque el estado de estas calles, que entre otras cosas no cuentan con asfalto, es caótico, con lo que significa que nuestros chicos no puedan asistir al colegio, que si nos enfermamos no podamos acercarnos al Hospital, y que vivamos prácticamente un encierro encubierto, sumado a la inseguridad que generan las calles sin luces como las nuestras y el temor que genera en todos los vecinos que nos encontramos desprotegidos. Porque así como nosotros no podemos salir, de la misma manera nadie, ni la policía ni ambulancias ni parientes o amigos, pueden entrar para tendernos una mano”.
En la humilde casita de Graciela de dos habitaciones donde vive con sus ocho hijos, funciona los lunes, miércoles y viernes un merendero comunitario. A pesar de que no es día de merendero circula el mate, las tortas fritas y la chocolatada. Es matemática pura, el que menos tiene da lo poquito que posee. A pesar de que es jueves hay una veintena de vecinos reunidos en el terreno de Graciela.
Charlan, se escuchan, se tiran ideas: “un horno para hacer pan casero”, sugiere una; “la señora que sabe hacer sábanas puede enseñarnos y armamos una cooperativa”, las abuelas tejedoras piensan en una textil; “hay que seguir pidiendo los materiales que faltan para terminar el merendero, pasa que en tiempo de elecciones los políticos se hacen los vivos”. Se observa una estructura de ladrillos de buenas dimensiones, pero sin ventanas, puertas ni techos; ese es el lugar donde los vecinos quieren que funcione el merendero.
Los problemas aparecen como zarpullidos: “la salita de salud no da más de 8 turnos de pediatría por día y hay que ir a las 4 de la mañana para conseguirlo. El barrio tiene poca luz, la ponen en el centro, en las avenidas donde no las necesitan y acá en la placita cuando oscurece es tierra de nadie, pasa de todo. Los ricos se creen que la seguridad solo es un problema de ellos”, contragolpea Graciela.
“El intendente no llega a donde tiene que llegar, en el colegio dan leche a los chicos hasta cierta edad y en el verano nada. Hay crisis de vivienda, de trabajo, las mujeres sostienen el barrio y los hombres salen a ver que encuentran, alguna changa: Pelean por el laburo que nunca aparece. Esa es la pelea, el laburo”, relata Graciela Muñoz, referente del Movimiento de Acción Barrial (MAB-CTA), en torno al cual se organizan 10 comedores y 8 merenderos en Esteban Echeverría y Ezeiza. “No es sencillo se ven familias con ocho pibes, familias numerosas, donde también están los abuelos que no tienen nada para comer. Algunos comedores abren de noche, otros incluso los sábados, y hasta se llevan los tuppers a las casas”, completa.
La CTA y ATE consigue la comida del Estado para sostener los comedores y merenderos: 5000 kilos de Provincia; 10.000 de Nación; y 6000 de los municipios de Esteban Echevería y Ezeiza. Se trata de carne, verduras y comida seca.
Fotos: Juan García
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