Territorio: La 31
Excursión a un mundo desconocido
Viernes 14 de agosto de 2009, por Tabaré Alvarez *

En el nombre de la rosa está la rosa. En el nombre de Dios, está Dios. Son palabras y es como si las palabras apretaran el mundo y este tuviera un orden irreductible. Y por ahí, asusta pensar que uno vive en un mundo donde todo ya tiene nombre, lo que de alguna manera, sería un mundo en extinción. La rosa y Dios son inmutables.

Lo cual no resulta muy agradable eso de vivir con el candado puesto, por eso revolviendo papeles viejos apareció un poema, mejor dicho una frase que desmiente o ilumina otra posibilidad: “no tenés nombre todavía”.

Es frase de Gelman, de cuando Gelman todavía tenía cara de pibe. Allí, en ese poema habla de una cintura, del perfil de una cadera que se funde en una pelvis apenas iluminada por esplendores. Y no tiene nombre todavía: es la promesa de un amor o su contracara, el fracaso. Bueno. En eso sin nombre está el misterio pero por sobre todo está lo nuevo.

Cuando uno entra en la Villa 31 se encuentra con algo: no tiene nombre todavía. Está sucediendo. Se construye una casita sobre otra, que ya son avenidas de tres, cuatro pisos de dimensiones que parecen de juguete. Las escaleras caracol por fuera y los cables que se entrecruzan en un cielo donde no se puede dejar de ver en el horizonte de la otra ciudad, los altos edificios de paredes envidradas, allí donde habita el rico, el poderoso.

¿Y todo lo de la rosa y Dios para hablar de la 31?

Sí.

Entonces uno baja la vista y se encuentra con siete, ocho nenas de edades dichosas, jugando a la rayuela. Ver dibujado con crayones “el cielo”, y una niña inclinarse en una pierna para agarrar el tejo, destruye todo que te vinieron contando sobre la 31. La 31 de traficantes, paco, un espacio sin ley y esa forma de construir al enemigo que tiene el poder. Construir el enemigo desde el miedo –como dice Alcira Daroqui en su reportaje.

Y realmente, para el poder, los habitantes de la 31 son el enemigo. No por el paco o los malandras, sino por la vitalidad. Esas avenidas de juguete y los cientos de niños que se sienten protegidos, que no tienen que estar encerrados mirando televisión, son eso nuevo y le ponemos –provisoriamente- el nombre que utilizan los curas tercermundistas: cultura villera.

Por eso, por presentir al enemigo detrás de esa vitalidad, ahora quieren “urbanizarlos” como años antes, durante el terror, les metieron las topadoras. Ahora urbanizarlos y como medida prohibieron el ingreso de materiales de construcción. Un chiste. La 31 crece con una creatividad desaforada y los que la construyen son los mismos obreros que, en algunos casos, están levantando Puerto Madero. No se van a derrumbar. Son trabajadores. No hay drama.

Y uno se sigue metiendo hacia el interior de la 31, caminando por donde la ciudad se vuelve provincia. Perros y gatos adormecidos al sol. Una mujer en bicicleta, negocios y calles inundadas por las cloacas que rebalsan cada día. En realidad, no son sino una imitación de sistema cloacal, ya que los desechos van a un pozo grande donde los camiones atmosféricos van desagitando diariamente. Esto en la 31 vieja.

En la nueva, la 31 bis como la llaman, donde más se está construyendo, no hay agua potable ni cloacas. Los camiones de la municipalidad y algunos privados, con sus mangueras y las bombas van llevando el agua hasta los tanques en el tercer o cuarto piso.

“Cuando llueve, no sabe lo que es esto. Las calles son una cloaca a cielo abierto. Hay días en que el olor se instala hasta en la ropa…” cuenta Cecilio Albarracín, nuestro anfitrión. Cecilio es jujeño, de Ledesma pero nació para ir y volver a su tierra. También es de la CTA. “Y se hacen pozos ciegos, en realidad, pocitos. Aquí usted a metro y medio de profundidad, ya está en el agua. Es un problema, la cosa se pone fétida. Entonces ahí nos juntamos y cortamos la autopista”.

“Yo sé que Macri no quiere que estemos, urbanizar dice. Lo que quiere es echarnos. Cada manzana de estas debe valer 20 millones de dólares. Eso quiere. Entonces salen con eso de la droga, como si aquí todos anduviéramos en el negocio. Y en el negocio andan pocos y ellos saben muy bien quiénes son. Comparten. No es saludable hablar, pero sin el visto de la yuta, nadie vende nada. ¿Está claro?

¿Entonces, meta con el paco?

“No le voy a decir que no hay droga o que chorean afuera y cuando andan a la desesperada, a los mismos vecinos. Los pibes vienen así, sin esperanza. Y están los que especulan, los que hacen daño realmente y esos tienen poder. Hay que andarse con cuidado. Mire, usted aquí no lo tiene que valorar por la pared que ve y pensar que todos somos pobres. Hay quién tiene 20, 30 casas, hay quién tiene un frigorífico, hay talleres para truchar ropa de marcas, clandestinos, con mano de obra esclava. Eso hay.

Y esas nenas jugando a la rayuela.

Si. La calle es el patio.

-¿Y como siguen entrando el material de construcción?

Es saber cuanto cobra el que está cuidando. Bueno. Lo voy a llevar a que conozca la parte histórica de la villa. Allí está la capillita del padre Mugica. Y él está ahí. Su cuerpo descansa entre nosotros, su gente. O también puede hablar con gente histórica, que está en la villa desde el principio.

Doblando por una esquina aparece un mastodonte, el antiguo edificio de correos. Eso está fuera de la villa. “Es del viejo Macri, cuando tenía el correo se lo vendió a sí mismo. ¿Qué le parece?” Seguimos, hay un puente que cruza por encima de la autopista. Una brigada está pintando un mural de unos 200 metros en memoria del padre Mugica.

A un costado de la capillita, está el sarcófago, una construcción hecha por los trabajadores y ahí descansa el cura que fue asesinado por ser parte de ese pueblo. Y esto tampoco tiene nombre.

No es la rosa ni Dios, es el vigor de la memoria.

Y algo más...

No tenés nombre todavía

En la 31 viven entre 35 y 60 mil personas. Todo según quién haga la cuenta. Bueno. Ya no está la rosa ni está Dios. Caminando por espacios donde hay potreros y a cien metros te meten una serie de edificios de cuatro pisos. Y por una calle lateral, una puertita abre la mirada al barrio Los Inmigrantes. El barrio paraguayo dice Cecilio. Ahora está más mezclado, pero antes eran solo paraguayos.

Y otra vez niños y animalitos por todos lados. Juegan. Eso desconcierta, uno no sabe si está en Amaicha o en el Alto Comedero. Aquí también el crecimiento desaforado. Los “pisos” tienen unos ocho metros por cuatro y se alquilan a 1300 pesos o más. ¿Cómo es vivir en la 31? Cómodo – responde Silvia Manzoni. Sí. La comodidad de tener todo a mano. Acá tenés cerca el colegio, los hospitales. A diez minutos tenés todo. Pero creo que al principio nadie pensó en eso. Este mundo es así. Porque esto es un mundo. La ciudad es otra cosa, es para ir, para trabajar, pero la vida está acá.

No le voy a mentir. Estamos bien. Pero hay mucha injusticia también, hay gente que se han valido de la adicción de los chicos y perjudicaron a todas las familias que estamos en eso. Pero la mayoría de la gente que vive acá, trabaja. Acá en mi barrio, puedo decir que podés entrar y salir a la hora que vos quieras. Las 24 horas del día podés entrar y salir. Nadie te va a poner un caño porque no te conoce. Este barrio es lo mejor y no lo digo porque yo viva acá. Ve los chicos. Así siempre.

Bueno. Nos vamos despidiendo. Quedan las fotos o saber que el padre Carlos Mugica sigue agitando desde la capillita. Todo dice poco o dice simplemente que es otro espacio, que realmente, existe otra cultura, negada, el poder tiene eso, sabe detectar, sabe donde aparece el peligro. Erradicar, sacar eso que molesta, eso maldecido por el miedo y, tras cartón, la especulación.

Salimos a la avenida, y es Buenos Aires. Las torres de Puerto Madero y la ciudad sin niños. Puede que ese sea el eje de la diferencia: que los niños se socialicen sin tener que ir de la mano de nadie, solamente, con salir a la vereda.

Es una visión de la 31. No la verdad ni palabra mayor, simplemente, lo que el ojo nos dejó presentir.

Y sin ponerle nombre, sí, la cultura villera, existe y goza de una salud temible.

Este es un barrio obrero

Yo nací en el año 65, en Ramos Mejía, cerca de San Justo. Mi familia era de ahí. A los 21 años entré al seminario. A los 28 me ordené sacerdote y ya tenía un contacto con seminaristas en las villas de Bajo Flores. Después, ya siendo cura estaba mi deseo de trabajar aquí, en las villas. Hace diez años que estoy acá. Había un cura solo y el obispo me dijo si quería venir a y le dije que sí. Fue en el año 99, y que fue cuando trajimos los restos del Padre Carlos Mugica acá, a su barrio

¿Cómo es vivir acá? Es como en cualquier barrio, con la particularidad de que es como un pequeño pueblo, que nos conocemos todos, nos saludamos los vecinos, compartimos. Padre, venga a tomar un mate. Paramos, tomamos mate, visitamos las casas, compartimos. Eso es importante, caminar, conocer, acompañar. Entonces eso hace que sea como un pequeño pueblo, aprendemos mucho con ellos y realmente lo vivimos así, como un privilegio.

¿Los pibes, la droga y la marginalidad? Tratamos de acompañar. La forma de trabajar la problemática de los pibes y la droga tiene etapas. Una es la prevención. Desde chiquitos, enseñarles a valorar la vida y descubrir que la vida vale, que porque son pobres no son menos que otros. Entonces es todo un trabajo con los niños. Cuando son adolescentes y empiezan a conocer la droga, es otro tema. Ahí, el trabajo es la pedagogía de la presencia.

Sí. Pedagogía de la presencia. Está el pibe ahí, hay que acercarse y no esperar que venga. Hay que demostrarle que vale, que no es descarte. Y si quiere ayuda, uno se la puede brindar. Después, cuando viene una mamá y te dice que quiere internar al hijo, tratamos de buscar los lugares, llevarlos, para que tengan la posibilidad de internarse. Es cierto que con la ausencia del estado y la burocracia, es más difícil y hay más vueltas. Entonces tratamos de estar y ayudar. Cuando tienen familia y cuando no la tienen, hacemos de familia.

Por eso nosotros decimos que vivir acá es un privilegio y quizá el que lo escuche dirá que estoy loco. Pero descubrimos que más allá de estos flagelos, que son parte de la sociedad y no solo de la villa -la droga está en todo el país. Y estos barrios no son villas. Los curas villeros decimos que son barrios obreros, porque son construidos por la gente, con su propio esfuerzo y sacrificio. Antes, esto era baldíos abandonados. Y la cultura villera es una cultura de trabajadores.

(Fotos India Rodríguez)

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