Memorial del pueblo
San Martín, ese desconocido
Sábado 15 de agosto de 2009, por Corresponsalía Rosario *

El prócer más repetido en plazas, libros, avenidas, calles, teatros, imágenes y estatuas es un gran desconocido para las mayorías argentinas.

Sus ideas y hechos políticos y económicos lo convirtieron en un exiliado y, en el presente, cada uno de aquellos actos no está en la conciencia de los que son más en estos arrabales del mundo. No pago de la deuda externa fue el primer decreto de San Martín cada vez que fue gobernador (en Cuyo, Perú y Chile), al mismo tiempo que expropió riquezas y generó trabajo y educación desde el estado cada vez que pudo. Una concreta política en contra de las minorías que lo sitúa no solamente en el pasado sino en las necesidades abiertas del presente. Liberar a San Martín de tanta hipocresía puede servir para cruzar la cordillera de indiferencia y sentir que es indispensable producir una definitiva emancipación.

El primer triunvirato, constituido por Juan José Paso, Manuel de Sarratea y Chiclana, resolvió crear un impuesto que gravaba con un 20 por ciento el consumo interno de carne. En forma paralela eliminó distintas tasas que regulaban la exportación.

Semejante decisión de política económica generó la primera aparición pública de San Martín y sus granaderos. Ocuparon la Plaza de la Victoria, la de Mayo, y recién se retiraron cuando fueron designadas nuevas autoridades políticas.

El 3 de abril de 1815 el ejército que el director Carlos Alvear había enviado para reprimir a los artiguistas se sublevó contra la autoridad porteña. En Mendoza, en tanto, San Martín reunió a una Junta Militar que llamó tirano a Alvear y un cabildo abierto declaró rotos los vínculos con Buenos Aires. San Martín dejó de ser comisionado de la ciudad puerto y fue designado gobernador “electo por el pueblo”.

Setiembre de 1816. A los pies de la cordillera de Los Andes, San Martín sabe que no encontrará aliados entre los porteños o los representantes de la burguesía, por ello encara la alianza con los indios del sur mendocino.

“Los he convocado para hacerles saber que los españoles van a pasar del Chile con su ejército para matar a todos los indios, y robarles sus mujeres e hijos. En vista de ello y como yo también soy indio voy a acabar con los godos que les han robado a ustedes las tierras de sus antepasados, y para ello pasaré Los Andes con mi ejército y con esos cañones...Debo pasar por Los Andes por el sud, pero necesito para ello licencia de ustedes que son los dueños del país”, les dijo San Martín. El 27 de julio de 1819, San Martín afirmó: “...Andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios: seamos libres y lo demás no importa nada”.

En 1819, San Martín volvió a desobedecer al gobierno de Buenos Aires, representante político de los comerciantes porteños aliados a Gran Bretaña y a los propietarios de saladeros del Litoral que le ordenaba marchar contra el interior rebelado. Buenos Aires quería que reprima a las montoneras de López, Ramírez y Bustos. San Martín repitió su negativa.

Ya en Chile, en 1820, San Martín comunicó la necesidad de elegir un nuevo jefe ya que el gobierno de Buenos Aires había cesado. Sin embargo, aquel 2 de abril, los soldados de aquel primer Ejército Popular Latinoamericano en Armas, el de Los Andes, suscribieron un acta en la ciudad de Rancagua. “Queda sentado como base y principio que la autoridad que recibió el General de Los Andes para hacer la guerra a los españoles y adelantar la felicidad del país, no ha caducado ni puede caducar, pues que su origen, que es la salud del pueblo, es inmudable”. “Para defender la causa de la independencia no se necesita otra cosa que orgullo nacional, pero para defender la libertad y sus derechos, se necesitan ciudadanos...a pesar de todas las combinaciones del despotismo, el evangelio de los derechos del hombre se propaga en medio de las contradicciones”, sostuvo San Martín en distintas ocasiones.

Era su plataforma política: liberación nacional y continental, derechos políticos que garanticen la dimensión de ciudadano y respeto por los derechos humanos.

“La ilustración y fomento de las letras es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia y hace felices a los pueblos”, reglamentó cada vez que se hizo cargo de gobiernos estatales, regionales o nacionales, en Cuyo y Perú respectivamente.

El 27 de agosto de 1821, ya en el gobierno de Perú, decretaría la abolición del tributo por vasallaje que debían pagar los indios a los españoles, la eliminación de la mita, la encomienda y el yanaconazgo y los declararía “peruanos” para intentar zanjar las diferencias del propio lenguaje. De tal forma seguía los mandatos que en su momento, ante la Puerta del Sol en Tiahuanaco, dispuso Juan José Castelli al frente del Ejército Expedicionario del Alto Perú cuando declaró ciudadanos e iguales a todos los indios.

Desarrollo autónomo

Bartolomé Mitre, el inventor de la historia oficial argentina, escribió en “Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana”, que el programa político llevado adelante por el correntino en Cuyo era un “plan cooperativo económico militar”.

“Se solicitaba todo en auxilio, y luego se devolvía (carretas, caballos, mulas, semillas)” y se exigían “contribuciones ordinarias y extraordinarias”, sostuvo Mitre.

“Secuestró los bienes de los prófugos; se recogieron los capitales a censo pertenecientes a manos muertas, usando de sus intereses; impuesto general según el capital de cada individuo, previo catastro (cuatro reales por cada mil pesos de capital); contribución extraordinaria de guerra pagadera en cuotas mensuales; se expropiaron los diezmos; se gravaron los barriles de vino y aguardiente; propiedad pública de las herencias españolas; los trabajos públicos se hacían gratuitamente”,

“A la idea del bien común y a nuestra existencia, todo debe sacrificarse. Desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos”, decretó el gobernador San Martín.

Además señaló que “durante tres años el gobierno fomentó la instrucción pública, se mejoraban los canales de regadío y se propagaba por primera vez la vacuna”. A los curas “les recomendaba que en sus pláticas y sermones hiciesen ver la justicia con que la América había adoptado el sistema de la libertad. Los tuvo que ajustar varias veces por medio de circulares”, apuntó el creador del diario “La Nación”.

De otro modo, “San Martín no hubiera podido instalar en Mendoza una fábrica de pólvora, una fundición de artillería en la que 300 obreros trabajaban en 7 fraguas, un batán para tejer las telas de los vestuarios, una fábrica de tintas para dar color a los uniformes, e inclusive aplicar la fuerza motriz del agua al batán y el laboratorio de explosivos. En todas estas empresas los trabajadores fueron organizados dividiendo sus tareas y coordinándose en un plan de producción”.

Un completo programa de economía que asentada en el desarrollo del mercado interno, fomentara la industria regional, generara inclusión social y sentara las bases para el crecimiento y la exportación.

En Perú, años después, siguió con estos conceptos políticos económicos. Los mismos se vieron reflejados en el llamado Reglamento de Comercio. Allí dispuso la duplicación de los derechos de importación sobre los artículos que pudieran competir con los del país; eliminó aduanas interiores; decretó que sólo los peruanos podían ejercer el comercio minoristas; prohibió la exportación de metálico; rebajó las tasas aduaneras a los barcos de bandera peruana o americana y creó un banco presidido por el ministro de hacienda, con accionistas particulares nativos y sus fondos se mantuvieron siempre separados del gobierno.

La aplicación de estos proyectos políticos, económicos, sociales y educativos generó el rechazo del grupo dominante que se hizo cargo de los resultados de la guerra por la liberación nacional luego de 1816. De allí que ambos fueran exiliados, desterrados y posteriormente falsificados de acuerdo a los intereses de diferentes grupos de poder, fundamentalmente las fuerzas armadas de Uruguay y Argentina.

De difundir sus ideas políticas y económicas y defenderlos de tanto bronce vacío y discusiones particulares que vuelven a negar el verdadero fundamento de su paso a la posteridad: el haber sido representantes de las masas anónimas que decidieron con sus ideas ser protagonistas y no mera comparsa en la historia del sur de América.

Exilios

1820, año límite para el sueño de inventar “una nueva y gloriosa nación”, aquella a la que a sus plantas se rendía el león de la globalización de entonces, Gran Bretaña.

El proyecto político de la Revolución de Mayo, el Plan de Operaciones de Moreno es una leyenda de la que ya nadie habla y la idea de la igualdad se murió en la papeleta del conchabo que establecía con claridad que solamente tenían derecho aquellos que eran propietarios y los peones obedientes a los patrones de estancia.

San Martín era el jefe del Ejército de Los Andes, del primer ejército popular latinoamericano en armas, como diría el historiador Norberto Galasso. Desde Rancagua en adelante San Martín ya no sería empleado del estado argentino.

Sus ideas políticas y económicas lo dejaron prescindente. Retiro involuntario por disposición de un gobierno que llevó adelante la más profunda de las reformas del estado argentino: la reconversión de las ideas de Mayo de 1810 en el rol que exigiera cumplir el primer mundo de la época.

Reforma política del estado y San Martín despedido, jubilado sin sueldo, militar en armas pero con dineros chilenos y peruanos.

Antonio Gutiérrez de la Fuente, joven militar peruano, el 22 de mayo de 1822 se embarcó en El Callo con rumbo a Valparaíso. Su misión era llegar a Buenos Aires y pedir apoyo financiero para terminar la guerra de liberación continental. Dos veces habló con Bernardino Rivadavia. El 14 de agosto de 1822 se volvió con las manos vacías.

Según Félix Luna, “Rivadavia dio el golpe definitivo a la expedición pedida por San Martín en 1822; en 1825, los rivadavianos del congreso facilitaron, sin movérseles un pelo, que el Alto Perú abandonara el conjunto rioplatense”.

En 1823, San Martín le escribió a su amigo Tomás Guido: “Ignora usted por ventura que en el año 23 cuando yo por ceder a las instancias de mi mujer de venir a Buenos Aires, se apostaron partidas en el camino para prenderme como a un fascineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración...hay alcaldes de lugar que no se creen inferior a un Jorge IV”.

Estanislao López, caudillo santafesino, le remitió a San Martín una esquela en la que comentaba: “Se de manera positiva, por mis agentes en Buenos Aires, que a la llegada de usted a aquella capital, será mandado a juzgar por el gobierno en un consejo de guerra de oficiales generales, por haber desobedecido sus órdenes de 1819 haciendo la gloriosa campaña de Chile, no invadir a Santa Fe y la expedición libertadora del Perú...siento el honor de asegurar a usted que a su solo aviso estaré con mi provincia en masa a esperar a usted en el desmochado para llevarlo en triunfo hasta la plaza de la victoria”. San Martín prefirió seguir coherente a su postura de no desenvainar su espada contra hermanos.

En setiembre de 1824, Rivadavia desnudó su sentimiento hacia San Martín en una carta dirigida a Manuel García: “Es de mi deber decir a usted para su gobierno que es un gran bien para ese país que dicho general esté lejos de él”.

La maldición

“Maldita sea mi estrella. El general San Martín siempre será un sospechoso en su país”, dijo el general correntino que se reconocía indio y que se opuso al proyecto de la burguesía porteña. La maldición que alcanzó a San Martín no es individual. Sino colectiva.

La marginación, el olvido construido sobre sus proyectos económicos, políticos y sociales, conforman la derrota de un proyecto que incluía a las masas gauchas y nativas, a los pequeños propietarios y a las economías regionales.

La hipocresía institucionalizada a partir de la construcción de la historia argentina y uruguaya difundida desde la concentración de las riquezas que ahogó al interior y condenó a las mayorías a ser meras espectadoras de los procesos sociales; hizo que se levantaran estatuas, se multiplicaran calles y avenidas, pueblos, comunas y ciudades con el nombre del exiliado, perseguido, desocupado y censurado San Martín.

Tanto bronce, tanta mentira, ocultaron los proyectos político, social y económico del general guaraní.

La historia oficial lo elevó a padre de la patria luego de haber ocultado su derrota frente a los intereses de las burguesías y oligarquías del Litoral, el Plata y las provincias de Buenos Aires y parte de la mesopotamia argentina.

La suerte de individual de San Martín fue la suerte de las mayorías que le habían puesto del cuerpo a las ideas de la revolución de mayo. Jubilado sin sueldo, despedido de los estados nacientes por sus ideas políticas y económicas, San Martín constituye una imagen del presente: víctimas, como millones de personas, de un sistema de economía concentrada al servicio a los intereses de los dueños de la globalización. Sin embargo, el general guaraní forma parte del necesario ideal existencial que descubrirán las nuevas generaciones americanas.

Cuando los pibes del nuevo milenio vuelvan a morder los privilegios y se enamoren de los viejos proyectos aún por ser, San Martín volverá a caminar con ellos para completar sus proyectos de igualdad, libertad y justicia para los que son más en estos barrios cósmicos del sur.

Fuente: Carlos Del Frade; www.aterosario.org.ar

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