
“Los canillitas somos el gorrión del barrio”, define Enrique. Este hombre de 61 años trabaja vendiendo diarios desde la adolescencia. Y lo hace con orgullo. Su historia militante, sus sinsabores, y las luchas ganadas están marcadas en su rostro.
Porteño de ley, leal a sus principios, disfruta cuando cuenta su historia. Y afirma convencido: “sigo luchando porque amo mi trabajo. Y porque nosotros somos los garantes de la libertad de expresión”. Todo un desafío.
Enrique Bordoni llegó a la CTA cuando todavía éramos Congreso de Trabajadores, allá por 1992. Y no se fue más. Acompañado por sus compañeros vendedores fundó un nuevo sindicato para luchar contra el avance del monopolio mediático. No se cansa de hablar de lo que hace y lo que siente. Y defiende con uñas y dientes el oficio del “canilla”, de los que madrugan cada día para abrir el puesto, “aunque haga frío o caigan piedras”.
Ahora vende diarios en dos paradas del barrio porteño de Villa del Parque. Pero no fue fácil tener el puesto. “Yo tenía 15 años cuando empecé como peón en un puesto de diarios del barrio, que por ese entonces era un lugar de muchas quintas. Yo trabajaba con mi tío desde los 12 años, vendiendo la fruta y la verdura que se producía en esa zona. Pero el hombre que manejaba el reparto de diarios en el barrio me vino a buscar. Y terminé haciendo esto toda mi vida”, recuerda Enrique mientras sus ojos claros parecen perderse en las sombras de los edificios que asoman por la ventana.
Cuando cumplió los 21 juntó dinero y compró dos “paradas”, o sea, dos zonas para el reparto. “Le compré una parte del reparto al hombre que me había metido. La plata me la habían prestado. Después fui juntando más hasta que conseguí el otro pedazo de la zona. Cuando el hombre fallece yo hago punto, o sea, pongo la parada. Y de a poco empecé a meterme en la vida del gremio y, por supuesto, en la lucha”, explica mientras sus manos dibujan figuras en el aire.
Cuando empieza a hablar del sindicato su voz se pone más grave. De a poco aparecen las anécdotas y aunque los años están mezclados su memoria, tiene bien registradas las caras y apellidos de los que estuvieron con él y, por supuesto, los de la vereda opuesta. “Me fui metiendo cada vez más en la lucha, porque yo era un tipo de mucho ímpetu y los viejos fundadores me querían adentro del sindicato. Me gustaban las cosas derechas. Y siempre fue una lucha constante. Pasamos momentos muy bravos, como la intervención en tiempos de dictadura. Y después con todos los intentos por hacer desaparecer nuestro oficio”, dice con gesto adusto.
Parece que Enrique nació para ser militante. Y por eso estuvo siempre, incluso en momentos difíciles, cuando muchos querían que el gremio desaparezca. “En el sindicato hubo momentos muy bravos. Sobre todo en la época de la dictadura, que estuvo intervenido y muchos dirigentes estuvieron presos. Pero nosotros no nos borramos. Caíamos para hablar, para exigir y proponer. Hasta nos pusimos a hacer un padrón. Porque no le íbamos a dejar el gremio a ellos”, explica.
Después, ya en tiempos de democracia, volvieron las elecciones internas y otra lucha importante. “Menem y Cavallo largan el Decreto 416, que desregulariza nuestra actividad. O sea, que cualquiera podía vender diarios. Era una manera de controlar la libertad de prensa. Pero nosotros nos opusimos, incluso a pesar de los cómplices que estaban dentro del gremio”, reconoce.
Con su claro acento porteño, Enrique dice que el nunca se dejó engrupir. Varias veces le ofrecieron ser secretario general del gremio, pero él sabía que era una trampa. “Siempre pelié contra la banda de ladrones, los que estaban en la joda. Y eso me costó muchas cosas. Hasta dos matrimonios perdí. Porque en ese gremio son como los teros, gritan acá pero ponen los huevos allá. Al final, el sindicato terminó negociando con la Sociedad de Distribuidores de Diarios y Revistas. Y nosotros nos vinimos a la CTA. Desde acá seguimos peleando por el reconocimiento y la personería gremial. Y denunciando a la mafia”.
Los canillitas son trabajadores, pero no tienen patrones. “Somos un gremio atípico”, explica Enrique. La actividad, sin embargo, depende de distintos estamentos. Los editores de diarios y revistas, la Sociedad de Distribuidores, y los vendedores del barrio. “La Sociedad la armaron algunos vendedores de diarios que empezaron a llevarles paquetes a otros que no podían ir a retirarlos. Pero ahora están asociados con Clarín. Ahora son empresarios y controlan todas las rutas de distribución. Y el sindicato se convirtió en una inmobiliaria que compra y vende paradas para los amigos. Al vendedor que no está con ellos no le dan cabida. Y por eso yo, como otros compañeros, tenemos que ir a la playa todos los días a buscar los diarios”, dice.
A pesar de eso, existe una Ley que rige la actividad. Y aunque desde el retorno de la democracia se han emitido decretos, ninguno llegó a tener fuerza de ley. Por eso Enrique y sus compañeros explican a quien quiera escucharlos que es necesario respetar la ley. “La 12,921, del año 1972, creó el permiso de trabajo para los canillitas. Ese permiso lo otorga el Ministerio de Trabajo, que maneja el padrón junto al sindicato. Y tiene una validez de cuatro generaciones. Pero además la ley instauró la estabilidad de parada, el porcentaje de las ventas, el régimen de devoluciones, los horarios de entrada y salida de los diarios, y hasta la jubilación. Esa ley defiende la libertad de prensa. Y por eso nosotros la defendemos a muerte”, reconoce.
Sus manos están curtidas y lastimadas, y su cuerpo cansado. Pero Enrique tiene cuerda para rato. “Si a nosotros nos sacan de la calle nadie mas va a poder editar, salvo Clarín y La Nación. Porque si vos haces un libro ¿dónde lo vas a vender? Por eso ellos quieren hacernos desaparecer. Ellos venderían los diarios por suscripciones y por internet. Y tendrían el control total de la información. Por eso decimos que somos los garantes de la libertad de expresión”, asevera convencido.
Y asume el desafío. “A pesar de que nos bajaron los porcentajes del 40 al 32% en los diarios y que las revistas sólo dan entre el 15 y el 20%, subsistimos porque en el barrio la gente nos quiere y nos banca”, explica Enrique. Y agrega: “Ellos quieren que nosotros seamos comerciantes y que no participemos mas de la cultura. Porque el canillita es una persona vinculada a la cultura, es el gorrión del barrio. Pero yo no tengo precio. Viviré en la miseria, pero siempre honesto. Todavía estoy lucido. Y sigo en esto porque amo mi trabajo, porque me gusta trabajar, porque tengo dignidad por sobre todas las cosas y creo en la dignidad que nos da el trabajo”, concluye.
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