30 años del triunfo de la Revolución Sandinista
Variaciones en rojo y negro
Domingo 19 de julio de 2009, por Mariano Vazquez *

Luego de 19 años, las conmemoraciones por la insurrección popular armada, que expulsaba del poder en Nicaragua a la dictadura de la familia Somoza será con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en el gobierno. Organización que en 1979 puso punto final al monumental saqueo iniciado en 1936 por Anastasio Somoza García, responsable del asesinato del héroe nacional Augusto César Sandino y el iniciador de la dinastía de dictadores más crueles de la región. A tres décadas de aquel acto glorioso la identidad sandinista sigue latiendo.

“Yo ya no puedo acompañarlo en esta campaña, porque míreme usted que yo ya soy un hombre viejo, yo para qué, yo con gusto pero yo no puedo, ya no aguanto una jornada masiva, ya esta campaña no la resisto pero tengo un montón de hijos y todos mis nietos, aquí están estos muchachos (...) Yo se los voy a dar para que anden ahí con ustedes, porque aquí tenemos que hacer la fuerza todos, y esto no hay que dejar que lo acaben”.

Es la generosidad del revolucionario. La condición más alta a la que el hombre puede aspirar.

La senda de Sandino.

Y ese hombre que “da” a sus hijos y nietos. Su piel marcada por los años, su cuerpo forjado en la resistencia como correo de Sandino en la década del 30.

El que lo plasmó en papel es el comandante Omar Cabezas en su mítico libro “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”.

Entonces reflexiona Cabezas: “Pero me está diciendo que no hay que dejar que lo acaben como si nunca hubiera sido interrumpido, como una continuación de lo que había vivido con Sandino (...) Sentí que estaba parado en la tierra, que no estaba en el aire, que no era hijo solo de una teoría elaborada, sino que estaba pisando sobre concreto, me dio raíz en la tierra, me fijó al suelo, a la historia. Me sentí imbatible”.

Así es el sentimiento sandinista.

Irreversible.

Puro.

Hondo.

Estelí. La ciudad tres veces cercada por la Guardia Nacional y tres veces victoriosa. La que mostró que el somocismo no era invencible.

Mi primera vez allí. 1996. La Casa de Mártires y Héroes Carlos Fonseca Amador. Aquellos días de abril de Semana Santa, dos madres oficiaban una humilde ceremonia. Solas. Una de pela blanco, vestida íntegramente negra, no llegaba al metro cincuenta. La otra casi ciega, con el dolor del pasado en la piel. En una de las miles de fotos una vela pequeñísima. Ese día se cumplían 17 años de la muerte del hijo de la primera de las mujeres. Cayó en combate en uno de los cercos a Estelí.

Me dio vergüenza la intromisión en un momento tan íntimo. Me pidieron por favor que las acompañara.

Rezamos.

Luego surgieron las anécdotas. Los recuerdos. La resistencia. Los muertos queridos. Cuatro hijos perdió la madre casi ciega. Dos varones y dos mujeres. Uno de ellos durante la guerra contra la dictadura, el resto a causa de las acciones de la Contra, ese engendro paramilitar financiado por la CIA y el gobierno de Reagan.

Tomamos agua fresco por el calor sofocante. Miré detenidamente las miles de fotos colgadas de mártires. Leí los epígrafes que relatan las circunstancias de cada una de sus muertes. Su breve historia. Su lugar de nacimiento. Muchos de ellos llegaron de otros países. Salvadoreños, cubanos, chilenos.

Pienso en cada hogar nicaragüense. Un país acosado por los filbusteros en el siglo XVIII, luego por los yankis, después por la dictadura dinástica de los Somoza.

Millones cargados de historias revolucionarias.

La revolución es un sueño eterno.

Pueblo fe.

“Patria Libre o Morir”.

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