
Para esta mujer de 37 años la moto es una parte de su cuerpo. Y el casco también. Silvia, más conocida por todos como “La Negra”, trabaja hace 12 años arriba de las dos ruedas. Y dice que no podría vivir de otra manera.
“Este laburo es mi forma de vida. Si me sacás de la moto me matás”, dice mientras prende un cigarrillo de descanso entre un viaje y otro.
En la jungla de cemento la Negra se mueve como pez en el agua. Ella y su equipo de trabajo: la moto, el celular, el casco y las botas por si llueve, recorren cada día cientos de kilómetros llevando y trayendo documentos. No es común verla quieta, porque cuando no anda laburando se la pasa recorriendo otros lugares de trabajo, va al gremio o a la parada que tiene con otros compañeros en la esquina de Cerrito y Bartolomé Mitre, en el corazón de Buenos Aires.
Nada en ella es común. Es la única mujer en el sindicato y una de las pocas que se le anima a esta tarea. “A veces me encasco con los pibes, imaginate, siendo la única mujer... Cuando vamos a algún viaje lejos siempre me toca una habitación sola. Y me pongo loca, porque estaría bueno que haya otras chicas. La cuestión del género tiene esas desventajas, que somos pocas haciendo esto. Pero también está bueno porque los chicos son súper respetuosos. Y no hacen diferencias en el trato. Yo voy a todos lados y si se arma quilombo ahí me quedo”, relata.
Cuando avanza la charla uno descubre que la moto es mucho más que su trabajo. “Empecé con esto en el 98, pero manejo desde los 7 años. Mi viejo corría carreras. Y cuando era chica le puse en marcha una Gilera. Parece que salí como él”, recuerda la Negra y una gran sonrisa se dibuja en su rostro. Se acuerda de la ciudad natal, Río Cuarto, de los viajes y de las vueltas que dio la familia hasta instalarse definitivamente en el conurbano bonaerense.
“Fuimos medio nómades hasta que mis viejos pudieron comprar su casa. Y también heredé eso. Estuve muchos años de ocupa, viviendo en casas tomadas. Hasta que por fin, junto a otras familias, tomamos un terreno que era de la empresa Total Gas en Bernal Oeste y conseguimos que nos construyeran las casas. Para eso tuvimos que tomar la Municipalidad de Quilmes y armar tremendo lío. Ahora tengo mi dúplex, junto a otras 134 familias, en el barrio “24 de marzo”, en honor al día que tomamos las tierras”, explica mientras inunda sus ojos el brillo de la hazaña.
Junto a otros compañeros estuvo en los comienzos del sindicato. Y se siente orgullosa. “El gremio es importante porque es la única forma de hacer algo. Y eso que en general el sindicalismo está mal visto por los motoqueros. Muchos piensan que no sirve para nada o que está para sacarles alguna cosa. Por eso nuestro trabajo es boca a boca, todo el tiempo, con todos. Nosotros informamos a los compañeros sobre sus derechos para que ellos los hagan cumplir”, dice mientras su celular no para de vibrar. “Es que no puedo parar mucho tiempo. Este laburo es así, si no hacés viajes no cobrás”.
Y si no cobrás no vivís. Silvia tiene tres hijos varones. Uno de 19, que está buscando trabajo. Otro de 15 y el más chico de 12 años. “Tres varones. Por eso me hice motoquera”, explica cómplice. “No estoy en casa casi todo el día. Y recién ahora logré que mis hijos entiendan que está bueno llegar y encontrar la casa limpia. Para eso estuve semanas sin cocinar, sin lavarles la ropa, sin darles un mango. Y aprendieron. Yo soy la fuente de laburo, y me la banco”, dice la Negra, que también se encarga de proveer a los muchachos del sindicato los preservativos que entregan en los hospitales.
Como una madraza. Así habla por momentos esta mujer que lleva en su cuerpo las marcas de los golpes. “No tengo ni gusto ni olfato. Los perdí después de un accidente que tuve en el 2004. Quedé en coma después que una mina nos atropellara a varios en la esquina de Corrientes y Juan B. Justo”, explica con calma. Con paciencia y mucho valor empezó un tratamiento sola y en tres meses se había curado. “Me salvó la vida el casco. Por eso es tan importante el tema de conocer y saber de nuestros derechos. Porque a pesar de que la ley de homologación de los cascos existe hace años, recién ahora nos pusimos las pilas para controlar que cumplan con todas las normas de seguridad. Porque las leyes no se van a respetar ni cumplir si nosotros no lo hacemos. Y como este tema, hay muchos otros que vamos aprendiendo en el camino”, remarca.
Cuando habla del trabajo siempre lo hace en plural. El SIMECA no es sólo la organización, sino la identidad. “A pesar de que le dieron la personería al otro gremio yo pienso que es un triunfo nuestro haber logrado que se reconozca nuestra actividad. Todavía hay compañeros que trabajan por 60 centavos la hora. Y sobreviven con la ley de la calle. Por eso nosotros tenemos que seguir avanzando, creciendo y ser más inteligentes que ellos. Porque se trata de nuestra vida ¿no?”, se pregunta.
"La Negra es portadora de HIV por culpa de una transfusión de sangre. “Mirá que hice de todo ¿eh? Pero esto me vino por culpa de una internación. A mi me condenaron, pero igual me declaro una persona sana todo el tiempo. Y sé que tengo muchas vidas como los gatos”, dice mientras acomoda unos papeles con direcciones próximas. “De todas maneras mi idea es volar. Hago apicultura en Las Armas, cerca de Gesell. Tengo 150 colmenas. Y me quiero comprar unas vacas preñadas y un toro. Me voy a hacer mensajería rural a los pueblos. ¿Como lo ves?”, me pregunta mientras una carcajada inunda el ruido de la ciudad.
El teléfono celular no para de sonar. Es hora de seguir viaje. La Negra se pone los lentes, enciende la moto y está lista. Al irse dice bien fuerte, con su voz que todo lo abarca: “Este laburo es mi forma de vida. A mi me sacás de la moto y me matás. Porque esto es lo que yo se hacer. Y porque así siempre seré libre de estar acá o allá y vivir con lo que me gano”, resuena entre los sonidos del caño escape y las bocinas de los autos.
Redacción
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