Lo nuevo estaba entre nosotros
Viernes 13 de noviembre de 2009, por Juan Carlos Giuliani *

Mal que le pese a los que mandan, la CTA llegó para quedarse. Esta construcción política, gremial, organizativa y cultural de la clase trabajadora, es la expresión del emergente social surgido a partir de la destrucción del Estado de Bienestar perpetrada a sangre y fuego por la dictadura militar.



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Secretario de Comunicación y Difusión de la CTA.

Un esquema de acumulación capitalista basado en el saqueo de nuestros bienes naturales, la superexplotación de los trabajadores, la concentración de la riqueza, el endeudamiento externo, la domesticación de la clase dirigente y una brutal desigualdad social. Un formato celosamente custodiado por gobiernos que, al cabo de más de un cuarto de siglo de institucionalidad democrática, se han revelado más obedientes a los grupos de poder que sensibles a los requerimientos de nuestro pueblo.

Dar cuenta de esta nueva etapa histórica es la tarea. Ello le ha permitido a la CTA granjearse la legitimidad a nivel nacional, obtener el reconocimiento internacional, y erigirse en el polo aglutinador de nuevas experiencias organizativas. Emprendimientos que se nutren de nuestras mejores tradiciones históricas, intervienen en el conflicto social que signa este presente de disputa y se proyectan hacia un futuro de democracia participativa, capaz de resignificar las instituciones existentes y crear una nueva institucionalidad comunitaria.

El 17 de diciembre de 1991, un puñado de dirigentes sindicales daba a conocer una declaración que pasaría a la posteridad con el nombre de “Grito de Burzaco”. Sería el hecho fundacional de un nuevo modelo sindical en la Argentina.

El documento, de innegable actualidad, propone “realizar un plan de trabajo que amplíe el debate y las propuestas desde una corriente sindical y hacia un movimiento político-social” e indica que la práctica de esta organización de nuevo tipo debe contemplar la autonomía sindical, la democracia sindical, la apertura a otras organizaciones sociales y la revalorización de la ética gremial.

Desde entonces, la Central de Trabajadores de la Argentina no ha cesado de crecer. El proceso de participación abierto en los inicios del tsunami neoliberal desatado por el “Menemismo” es indetenible. No hay fuerza capaz de obturar la voluntad de los miles de trabajadoras y trabajadores que están dispuestos a romper con el posibilismo y la lógica de subordinación que les propone el poder. Valientes de rostros anónimos que debaten, luchan y se organizan todos los días a lo largo y ancho del país para decidir en nombre propio.

Eso y no otra cosa son los compañeros que construyen nuevas organizaciones sindicales en el sector privado. Desde los ajeros de Mendoza, pasando por los mineros de San Juan, los petroleros de Santa Cruz, los trabajadores de los ingenios de azúcar de Jujuy y Salta, los tareferos de Misiones, los mensajeros y cadetes de la Capital Federal, los chóferes de ómnibus de Buenos Aires, Córdoba, Chaco, los fileteros de Mar del Plata, los trabajadores del algodón de Entre Ríos, hasta los autogestionados y los repositores externos de supermercados, entre tantos otros.

La rueda comenzó a girar y no hay palo, patota, represalia patronal, persecución antisindical o intervención del Gobierno que la pueda parar.

No hay justa distribución de la riqueza sin libertad y democracia sindical. El Gobierno sigue privilegiando su alianza con los grupos económicos para desconocer el derecho de los trabajadores a organizarse sin ataduras de ninguna especie.

¿Qué es lo que molesta? El poder no quiere que se reconstruya la unidad de la clase obrera desde una perspectiva que cuestiona de raíz su fabulosa rentabilidad y brega por la reinstalación de la justicia social. Por eso se niega a permitir la elección de delegados en sus empresas. No es casual que el principal defensor del viejo modelo sindical sea Daniel Funes de Rioja, el emblemático abogado de la UIA.

El Gobierno es partícipe necesario de esta estrategia de estigmatización del nuevo modelo sindical. Su negativa a otorgar la personería gremial a la CTA y a más de dos mil quinientas organizaciones sindicales simplemente inscriptas y a no conceder la simple inscripción gremial a cientos de nuevas organizaciones, no sólo es contraria a la Constitución Nacional y las leyes. Perpetúa en el tiempo la indefensión de los trabajadores.

Discutir la libertad y la democracia sindical no es una cita teórica. No se trata de polemizar sobre modelos sindicales en abstracto. Por el contrario, remite a la vida concreta de miles de trabajadores que sufren en carne propia la ominipotencia patronal.

La forja y multiplicación de nuevas organizaciones gremiales, explica mejor que cualquier otro argumento el pasaje de una etapa de defensiva estratégica a otra de ofensiva popular.

La autonomía es lo que inquieta al poder. La CTA no se subordina a ningún gobierno, partido político o grupo empresario. Nada ni nadie nos desviará de este rumbo que no es otro que el de promover la unidad popular para reconstruir el proyecto inconcluso de Nación.

Conciencia de clase y conciencia nacional marcan a fuego la identidad del movimiento obrero argentino.

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