
Respuesta del titular de la Central a la editorial “Discrecionalidad Sindical”, publicada en el diario “La Nación” el viernes 11 de agosto de 2006.
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* Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA. |
La OIT ha sancionado al Gobierno argentino por el mantenimiento del sistema monolítico que defiende el unicato gremial, a través de una legislación antidemocrática y anticonstitucional desde la Reforma de 1994. Y lo ha hecho a pedido de la Central de los Trabajadores de la Argentina (CTA), experiencia sindical con más de quince años de trayectoria en la defensa de estos derechos, que aún hoy es castigada en beneficio de las patronales con el no otorgamiento de su personería gremial.
No somos los únicos. Más de 2.000 organizaciones sindicales simplemente inscriptas sufren idéntica discriminación. Otras tantas están en trámite para su simple inscripción y, por supuesto, son bicicleteadas por el Ministerio de Trabajo de la Nación.
Para nosotros no es una utopía el cambio en nuestras direcciones sindicales, sino el ejercicio permanente de la democracia directa ratificado por nuestro último Congreso Nacional de Delegados, que sesionó en Mar del Plata el 30 y 31 de marzo de este año, y ampliado con las reformas del Estatuto que posibilitarán la participación de las minorías en la conducción y la elección de los delegados a los congresos provinciales y nacionales por el voto directo. Estas modificaciones, aprobadas por los 7.874 delegados presentes, profundizan la experiencia de más de 10 años de elección directa de las conducciones locales, provinciales y nacional de la CTA.
Hemos aprendido que nuestro financiamiento sale siempre de nuestro bolsillo. Por eso esta Central está en contra de la obligatoriedad en cualquiera de sus formas: ya sea en cuanto a la representación de los dirigentes, como en las cuotas o aportes de los afiliados.
Exigimos desde hace mucho que sólo se firmen acuerdos o convenios entre la representación gremial y las empresas con la aprobación expresa de los que los vamos a “gozar o sufrir”: nosotros, los trabajadores.
Sería bueno entonces que, así como se critica la discrecionalidad sindical, también se acabe con la discrecionalidad periodística. He sufrido siempre las generalizaciones y no voy a utilizarlas. Estoy en contra del uso de términos como “los sindicalistas”, “los periodistas”, “los curas”, “los políticos”, “los empresarios”, etcétera. Me parece que es hora de aceptar que hay dos modelos sindicales en pugna, sobre todo porque más de 1.200.000 trabajadores y más de trescientos sindicatos estatales y privados venimos construyendo la autonomía de los patrones, de los gobiernos y de los partidos políticos.
Olvidar esta realidad termina siendo, involuntariamente o no, un ataque a la organización de los trabajadores y no tan sólo una crítica al privilegio de alguno de sus dirigentes.
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