Educar: un acto de libertad
Viernes 20 de octubre de 2006, por Hugo Yasky *

Necesitamos organizar nuestra fuerza, necesitamos participar activamente y recuperar el derecho a decir nosotros cuáles son los caminos de la educación.



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secretario general de la CTA.

En esta etapa tenemos que defender nuestro derecho a ser protagonistas de los cambios. Durante muchos años a los docentes nos quisieron convencer de que no teníamos derecho a pensar. Hubo, a partir de los ’90, una reforma educativa que se hizo prescindiendo de nosotros. Nos quisieron convencer de que debíamos ejecutar disciplinadamente aquello que los que “estaban arriba” resolvían como el mejor camino. Pero no aceptamos ese lugar de objetos. Peleamos para tener el lugar que nos corresponde que es el lugar de sujetos. Nosotros y nuestros alumnos somos los sujetos de la escuela pública, sujetos de derecho, sujetos históricos.

El alma de la escuela pública somos quienes la habitamos: alumnos y docentes. Enseñar es un acto de vida. Es un acto donde se juegan los afectos, no es simplemente la transmisión neutra de conocimientos.

Educar es un acto de libertad, un acto de insolencia contra los que quieren imponer la injusticia como algo natural. Educar es ser capaces de ponerse de pie y decir que las cosas que no corresponden no se pueden aceptar.

Educar es un acto de transgresión en un mundo donde lo que cotidianamente enfrentamos es la injusticia. Si nosotros no educamos para transgredir, para enseñar que la resignación es lo peor que le puede suceder a quien vive en un mundo que debe ser transformado para bien, evidentemente no estamos educando para que el día de mañana nuestros chicos sean seres adultos capaces de cambiar las cosas. Creo que esto es el sentido profundo de la escuela pública y el sentido profundo de nuestra lucha.

Educación Pública como derecho social

Nuestra lucha avanza en dos sentidos. Primero, defender la educación pública como un derecho social. Para nosotros, la educación pública no es un servicio ni una mercancía, no es una concesión que los gobiernos de turno otorgan a los que no tienen dinero para pagar otra cosa. La educación es un derecho y como tal tiene que tener dos principios: primero, debe ser para todos por igual y no me refiero solamente a que todos tengan un banco y un lugar en un aula; me refiero a que todos los pibes tienen que tener la misma posibilidad en términos de acceso a los conocimientos, sin importar la condición social ni el lugar donde nacieron. El pibe de una escuela rural bonaerense, el que es hijo de un profesional en la Capital Federal, o de un desocupado de Formosa, tienen que tener la misma posibilidad. Para eso el Estado tiene que garantizar las condiciones. Incluso disparidad de condiciones, porque hay que darle mucho más al pibe de Formosa o de la escuela rural que al de la Capital Federal para que eso se pueda concretar. El otro principio es que no puede ser un derecho restringido, los derechos cuando son restringidos se convierten en privilegios. La característica del derecho es que es para todos por igual y sin exclusiones.

La reforma neoliberal

Evidentemente nuestro sistema educativo hoy no reúne esas características. En la década del ’90 muchos quisieron convertir este derecho en un servicio sujeto a las reglas de mercado. Así como en una época el agua era un servicio que garantizaba el Estado y después se convirtió en un insumo del mercado, muchos de los que gobernaron este país en la década del ’90, y muchos de los que nos gobiernan hoy también, intentaron convencernos que la educación tenía que ser vista como una especie de insumo y que determinados tramos de la educación había que privatizarlos.

Había quienes teorizaban que no tenía razón de ser que el Estado garantizara escuela gratuita a todos, cuando algunos podían pagarla. Todo esto formó parte de una nueva concepción que es la que nosotros llamamos, en líneas generales, el neoliberalismo. Una ideología que intentó convencer a los argentinos y a la humanidad de que el Estado se había transformado en un instrumento desmesurado que lo invadía todo e impedía el progreso de los seres humanos. Que había que achicar el Estado y hacer que se desprendiera de aquellas actividades que podían ser desarrolladas por los sectores de la actividad privada, para que el Estado pudiera limitarse a garantizar algunas cuestiones esenciales.

Este era el pensamiento neoliberal en relación con el Estado. En relación con la sociedad, el pensamiento neoliberal nos decía que la desigualdad es un valor positivo porque a partir de reconocerse desiguales, los seres humanos buscan condiciones de progreso. Quien se reconoce desigual con respecto a otro, en un rango inferior, va a intentar por la vía individual superarse y avanzar compitiendo con sus pares. Entonces, la desigualdad es buena, porque genera competencia entre individuos, entre grupos sociales, entre naciones. Y el ímpetu hacia la competencia sería la máquina que mueve el progreso.

La disputa por el sentido de la escuela

Eso es exactamente lo contrario de los valores que nosotros tratamos de transmitir desde la escuela pública. Por eso la escuela pública está en crisis y por eso nuestro discurso muchas veces se da de narices contra esa otra gran fuente de educación que hoy compite con nosotros que son los medios masivos de comunicación. El discurso que ellos propagan es justamente lo que el neoliberalismo intenta imponer; puede ser a través del discurso de algún periodista, como Grondona, o a través de un inocente entretenimiento como aquel que nos mostraba a varios que competían entre sí en una isla y sobrevivía el menos solidario.

Como la escuela que nosotros queremos es la que enseña para vivir, evidentemente hay una disputa por los sentidos. Esta disputa forma parte de la crisis de la escuela. Una crisis que es la crisis nuestra cuando vemos que remamos contra la corriente. Es la disputa por el sentido de una sociedad construida sobre valores solidarios, tal como les decimos a nuestros pibes, sobre el valor de que todos merecemos existir, de que todos tenemos el derecho al conocimiento, de que todos tenemos el derecho a un trabajo digno, de que todos tenemos que tener el derecho a poder construir una familia no pensando que nuestros pibes van a vivir en un mundo peor que el nuestro, sino mejor.

Por eso la CTERA dice “por una escuela pública”, pero dice a renglón seguido “popular y democrática”. Porque también puede haber escuela pública que prepare a los alumnos para la disputa en el mercado; o que enseñe a sus alumnos teorías que ocultan racismo aunque a veces se disfrazan de progresismo. Como cuando se dice: “A determinados chicos les vamos a pedir hasta ahí, porque sus padres quizá no tuvieron tantas proteínas, quizá tengan un daño cerebral que nosotros no vamos a resolver por más que queramos en la escuela”. Esa es una teoría profundamente discriminadora y racista. Ningún alumno nuestro, en ninguna condición, tiene la biografía escrita abajo del brazo el día que llegó a la escuela. Y si algún maestro piensa así, mejor que deje de serlo; porque un maestro que piense que no puede hacer que cualquiera de sus alumnos tenga las mismas posibilidades que tiene cualquier otro, porque tiene otro color de piel o porque viene de una casa más pobre, evidentemente eligió el oficio equivocado. El nuestro es un oficio para remar contra esa corriente.

Mejor salario es mejor docente

Todo esto es el sentido profundo de nuestra lucha. Por supuesto, luchamos para que nuestros docentes tengan la posibilidad de trabajar en un solo cargo, para que nuestros profesores de Escuelas Medias de una vez por todas puedan trabajar 30 horas ó 36 horas cátedra. Para que ganen el sueldo digno que les permita vivir no solamente en términos de cuota alimentaria sino vivir accediendo a las demandas de consumo cultural que para nosotros, los docentes, es una obligación.

Mejor salario es entregarles lo mejor de nosotros a nuestros pibes. Hay veces que aunque lo quisiéramos hacer no estamos en condiciones, por agotamiento físico, por agotamiento mental, porque vivimos con la misma angustia que los padres de nuestros pibes. Luchar por un mejor salario es luchar por un mejor docente y luchar por un mejor docente es luchar porque nuestros pibes tengan absolutamente todo lo que ellos se merecen.

El docente: protagonista de los cambios

Nosotros establecimos dos objetivos en nuestra lucha, uno hemos logrado concretarlo: tener una Ley de Financiamiento Educativo. Volver a poner al Estado Nacional como responsable de lo que pasa con los salarios docentes y con la inversión educativa en todo el país. Y establecer por ley que una parte de lo que reciben las provincias tiene que ser asignado directamente a educación. Es decir, esa plata no se puede usar para cortar cintas, o para inaugurar el asfalto. La ley les dice que todo eso es para educación y les dice que prioritariamente es para el salario de los docentes. Hasta el año pasado luchamos para que esa ley se sancionara, ahora tenemos que luchar para lograr que se cumpla.

Y la otra ley por la que vamos a luchar este año es por una nueva Ley Nacional de Educación. Es decir, terminar con la Ley Federal de Educación, terminar con las reformas que se nos imponen desde arriba, terminar con esto de que el Estado Nacional es un Estado ausente y que cada provincia debe tener su propio sistema educativo.

Vamos a luchar por una nueva ley, pero no una que la escriban los mismos que escribieron la anterior y que hoy son diputados o senadores. Queremos una nueva ley que surja del aporte y de la construcción colectiva que hagamos los docentes. Queremos más, que surja del aporte que haga la comunidad en su conjunto pero convocada por los docentes.

Necesitamos organizar nuestra fuerza, necesitamos participar activamente y recuperar el derecho a decir nosotros cuáles son los caminos de la educación. La educación la tienen que definir los que trabajan en las aulas, los que realizan la práctica docente, los que saben cuáles son los problemas concretos, los que saben cuáles son las cosas que tenemos que cambiar. En esta etapa tenemos que defender nuestro derecho a ser protagonistas de los cambios.

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