Brasil: El protagonismo del pueblo
Lunes 6 de noviembre de 2006, por Víctor De Gennaro *

“Gracias a Dios tuvimos segunda vuelta”, fueron las palabras pronunciadas por Lula en el acto de cierre de campaña en Capella del Socorro, en un reconocimiento explícito del cambio de estrategia y definición en la política de confrontación con los sectores dominantes en Brasil.



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Secretario de Relaciones Institucionales de la CTA.

El color Azul, con algunos destellos amarillos y verdes, que predominó en la campaña por la primera vuelta electoral fue trastocado por el rojo de las camisetas de los militantes que boca a boca y en la calle ganó la segunda y definitoria parte de las elecciones.

El debate, eludido al comienzo, se cambió por una confrontación más ideológica, y el enfrentamiento de dos proyectos antagónicos quedó al desnudo como una radiografía del momento que atraviesa Brasil. Su fuerza popular más importante, el PT, y las organizaciones sociales que produjeron aquel hecho histórico -verdadero cimbronazo cultural- de elegir por primera vez a un trabajador como presidente de un país americano, volvieron a exhibirse en toda su potencialidad y capacidad de movilización generando un estado de debate generalizado y altamente positivo.

Tuve la oportunidad de participar en varios eventos, desde los tradicionales actos y marchas electorales (caminadas), hasta el plenario de Organizaciones Sociales que vibró en el local de los metroviarios (ferroviarios) de San Pablo.

Allí, la CUT, las organizaciones de Moradia, de Discapacitados, las organizaciones contra las privatizaciones, Previsionales o el MST, desnudaron un debate que atraviesa a todo el arco popular latinoamericano: Cuál es el rol de los movimientos sociales en este marco de democracia formal que hay que traspasar para abrir los caminos de una nueva sociedad con igualdad, democracia y soberanía.

No sólo lo que pasó estaba en juego, sino el futuro que exige más discusión política y organización del campo popular, concientes de que no habrá cambios sin fuerza propia y protagonismo para arrebatar los beneficios de esos grupos minoritarios pero poderosos que siguen llevándose sus ganancias a costa de los padecimientos de nuestra gente.

Punto de inflexión en este segundo tiempo, que exige explicitar estrategias sin sectarismos ni superficialidades, profundizando el compromiso de construir fuerza propia organizada y consciente para el cambio, sin temores ni vergüenza de las propuestas de transformación.

Sólo dos semanarios y una revista escapan al control de las empresas de comunicación del poder hegemónico del Brasil (cualquier semejanza con nuestro país es pura coincidencia), que también controlan el mensaje televisivo que ya ha comenzado a demostrar que el triunfo de Lula no es tal, desnudando las limitaciones y debilidades del campo popular, aplicando la premisa que el poder nos descarga sin anestesia: cuando perdemos, perdemos, y cuando ganamos, también perdemos.

Un Lula enojado tuvo que enfrentar al periodismo diciendo que el que ganó fue él y que se tomaría todo el tiempo que sea necesario para los cambios ministeriales, soslayando el intento de determinarlos por los medios de comunicación.

Más que nunca sentí que hay un “nosotros” y un “ellos”, pero que se confunden permanentemente por falta de una discusión profunda de la política pues han logrado instalar que ésta sólo es la proclamación de candidaturas. Sin embargo, a la hora de la verdad, aparecen con fuerza los militantes de las organizaciones sociales y sobre todo, el pueblo. Ese pueblo que volvió a dividirse entre pobres y ricos, ese odio que se manifestó para mí como un cachetazo cuando se atacaba sin empacho a las limitaciones físicas de Lula. Un agravio sólo comparable al odio gorila que terminó justificando en nuestro país tanta sangre.

También es cierto que la alegría y plenitud que sentían los militantes populares por el deber cumplido abría paso a la confianza que esta elección y la que ocurrirá en diciembre en Venezuela, marcan un piso en esta realidad latinoamericana de la que no retrocederemos.

En noviembre de 2005 se expresó un rotundo No al ALCA y la consecuente humillación para Bush y para su proyecto hegemónico. Ahora es necesario avanzar para consolidar la Unión Sudamericana, el ALBA, la comunidad de Naciones o como se lo denomine, pero que implica necesariamente otro tipo de sociedad que termine con el hambre, la pobreza, y la desocupación en nuestro injusto continente, y signifique el principio de autonomía y felicidad de nuestros pueblos.

No olvido que cuando tuve la satisfacción de participar en la firma del Consenso de Buenos Aires en 2003 entre Brasil y Argentina, Lula sentenció: “Nuestros gobiernos no van a ser rescatados por haber logrado la gobernabilidad de nuestras patrias en crisis, sino si hemos sido capaces de derrotar el flagelo del hambre de nuestro pueblo”.

Eso está pendiente, queda como mandato y esperanza que como él mismo lo ha dicho el partido tiene dos tiempos: el primero hay que tratar de no perder por goleada y en el segundo hay que ir por el campeonato.

La autoconciencia de la propia fuerza, y el protagonismo que se vivieron en los últimos días deben marcar y garantizar ese rumbo consolidando una oportunidad que no nos van a regalar.

La fiesta final en las calles no desconoce el desafío, sino más bien la sensación de sentirse parte de un todo con los otros para enfrentar con alegría lo porvenir y también recuperar el orgullo y la felicidad que como pueblos nos merecemos.

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