Militancia y Movimiento
Miércoles 15 de noviembre de 2006, por Juan Carlos Giuliani *

“Muchacho, el pueblo recoge todas las botellas que se tiran al agua con mensajes de naufragio", dijo Leopoldo Marechal.



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Secretario de Comunicación y Difusión de la CTA.

"El pueblo es una gran memoria colectiva que recuerda todo lo que parece muerto en el olvido. Hay que buscar esas botellas y refrescar esa memoria”, añadió el gran escritor.

Los pilares de la CTA son la igualdad, la democracia y la soberanía. La calle fue la base del poder de la CTA y lo continuará siendo. Para la Central, y así lo aprobó en dos congresos nacionales de delegados, la sociedad requiere de un nuevo movimiento político-social para reparar la crisis de representatividad que agobia a los partidos del régimen. Para terminar con la dominación, el hambre y la pobreza es fundamental la construcción de la fuerza organizada de los trabajadores. Y ello no se consigue sin militancia convencida de que se puede dar vuelta la taba. Militancia: compromiso de vida con un proyecto colectivo. Testimonio que es preciso resignificar en base a la legitimidad que otorga representar los intereses populares.

El 17 de noviembre de 1972 se produjo uno de los hechos más trascendentes en la historia argentina del siglo veinte: el regreso de Juan Domingo Perón tras 17 años de exilio y proscripción. El acontecimiento, que se caracterizó por una masiva participación de la juventud, es recordado como el "Día del Militante". Esa juventud protagonizó la campaña del "Luche y Vuelve" que será decisiva para concretar el regreso de Perón. Esa generación de militantes, que se convertiría en el blanco preferido del terrorismo de Estado, había participado en el Cordobazo y otras puebladas y hacía sus primeras armas políticas movilizando en la campaña del "Luche y vuelve".

Después vino la noche, la represión y la muerte. La lucha por sobrevivir al horror. La militancia popular -sus mejores cuadros- fue diezmada por la tiranía oligárquico-militar. Requisito indispensable para aniquilar la justicia social e imponer el neoliberalismo en la Argentina.

El retorno del sistema institucional enhebró una cadena de frustraciones que tornaron en ilusoria la vigencia de una democracia social y participativa. La claudicación del “alfonsinismo” ante los grupos de poder, las leyes de la verguenza y su amañada propuesta de fundar un tercer movimiento histórico liderado por la clase media universitaria. La Renovación Peronista (versión domesticada del peronismo que abandonaría su carácter de Movimiento de Liberación Nacional a favor de la aceptación del establishment). Menem y la profundización del saqueo y la corrupción perpetrado por un dirigente surgido de las entrañas del movimiento nacional. La Alianza y la construcción, una vez más, de un movimiento político mediático centrado en la clase media profesional, sin sustento social entre los trabajadores y excluidos, ni apetencias de transformación. Diciembre de 2001 pondrá al desnudo en su trágica dimensión el fracaso de la partidocracia liberal obediente al Imperio y la elite oligárquica.

La degradación de la política

La militancia de la tiza y el carbón, abnegada, capaz de dar la vida por una causa justa, fue reemplazada por los manipuladores de encuestas, los asesores de imagen y los operadores políticos, gerentes inescrupulosos dispuestos a realizar la tarea que sea menester para seguir trepando en la escalera de la fama. El puntero y su inmensa red de clientelismo político suplantó la pasión de militar por un proyecto nuevo de sociedad. La degradación del sistema aún perdura. La impúdica capacidad de la mayoría de la dirigencia política y social para reciclarse detrás del poder de turno resulta altamente demostrativa de que el perro sigue siendo el mismo. Sólo ha cambiado de collar.

Ya se sabe, no hay proyecto de transformación social sin la clase trabajadora organizada y sin el concurso de los otros sectores que abonan el campo popular. Hemos aprendido lo suficiente como para tener claro que ningún cambio profundo puede encararse sin esa poderosa herramienta que se llama organización. Por eso es necesario que empecemos a cerrar el capítulo en el que cada uno tiraba para su lado. Hay que empezar a tirar juntos en una misma dirección.

No alcanza con que cada uno busque “un lugar bajo el sol”. No alcanza si los esfuerzos de los militantes se agotan en conseguir una banca más en el Congreso. Los cargos, concebidos como espacios de poder, sólo servirán si logramos que respondan a una política, a un proyecto. Los triunfos aislados y los logros individuales sirven de poco.

La cuestión se presenta al revés: si nos esforzamos por unirnos y organizarnos en torno a un proyecto común, no sólo obtendremos espacios de poder en un futuro, sino que estaremos en condiciones de utilizarlos para empujar la transformación revolucionaria con la que siempre estuvo comprometida la clase trabajadora.

Y esto no se puede conseguir sin organización. Sin empezar a juntar lo que tengamos, que no será mucho, pero que no es tan poco. Se trata de saber articularlo en un sólo puño que golpee donde más duela y en el momento justo. De rechazar las políticas que nos dividen y se benefician alimentando nuestras contradicciones secundarias. De propiciar fórmulas de resolución de disputas que favorezcan lo más posible la unidad política del pueblo. Esto nos permitirá contener a muchos compañeros hoy inactivos y otros que miran la multiplicidad de pequeñas realidades aisladas, y a veces enfrentadas, sin poderlas entender.

Una organización de masas, militante, amplia, fuerte y protagónica será también imprescindible para encauzar la acción política de muchos jóvenes, hijos de la experiencia de 2001, que pueden visualizar a la CTA y al movimiento político, social y cultural como el camino para ser libres como Nación.

En estos tiempos políticos es necesario volver a cumplir un papel transformador. Porque otro no nos interesa y dejaríamos de ser nosotros. Sabemos que no es una sola cuestión la que debemos revisar, reelaborar, discutir y reconstruir. Pero tenemos que señalar una en especial: la imperiosa organización de cuadros, activistas y dirigentes medios. En otras palabras: la construcción de una militancia organizada.

Reconfigurar la fuerza propia

Esta recomposición de la fuerza propia no la concebimos como un simple y fugaz ejercicio teórico. Pretendemos, por el contrario, avanzar en sólidos entramados organizativos en los aspectos político, social y cultural, a fin de configurar una expresión política integral de los trabajadores al servicio exclusivo del pueblo, de sus sueños y de sus intereses, formulando como propuesta política un auténtico proyecto de liberación.

En estos marcos de clara referenciación histórica e ideológica, la construcción social, política y cultural puesta en marcha conlleva otros objetivos: la necesidad de estructurar ámbitos abiertos, plurales y multisectoriales de participación popular para ir sentando las bases de una herramienta organizativa que nos permita dar respuestas coherentes y satisfactorias a la complejidad que presenta el conflicto social.

La disputa cuerpo a cuerpo con la ideología dominante se dará en el territorio. De allí la importancia de robustecer la presencia de las organizaciones territoriales en el seno de la CTA, para compartir con las organizaciones sindicales, de derechos humanos, juveniles, etcétera, el desafío de sostener una alternativa de poder real y viable a los grupos hegemónicos.

El saqueo y la depredación de que fueran víctimas la Nación y el pueblo argentinos ha generado un sistema de privilegios para el bloque de poder vergonzante, que constituye un auténtico cáncer para nuestra Patria y para el conjunto de la sociedad. Esta estructura de prebendas y privilegios ha devenido en un capitalismo depredador, cuyo protagonista central es una elite oligárquica configurada en un complejo entramado de intereses económicos nacionales y extranjeros. Todo proyecto que se precie de responder a los intereses de las mayorías populares y al interés nacional, debe obligatoriamente dar cuenta de esta realidad incuestionable y señalar a esta elite oligárquica como el enemigo principal de la clase trabajadora, el pueblo y la Nación.

El nuevo movimiento político, social y cultural debe recuperar la savia de la militancia, la mística de ser parte de un proyecto colectivo, la cultura de la solidaridad y la identidad histórica que nos emparenta con las mejores tradiciones de lucha de nuestro pueblo. Salvo los corruptos y los genocidas, todos estamos convocados para intervenir en este proceso de cambio que rejuvenece la esperanza.

Es indispensable una agresiva redistribución del ingreso mediante un ataque directo a los intereses de la cúpula empresarial confiscadora, rentística y genocida para recomponer las fuerzas materiales que permita, a su vez, la gestación de un terreno fértil para el renacer de un nuevo proyecto de poder nacional, popular y revolucionario.

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