
2001 fue un punto límite. Frente a la grave crisis social en el CELS habíamos impulsado el fortalecimiento de nuestro programa de trabajo.
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Fortalecimos en derechos económicos, sociales y culturales y la invitación a formar parte del FRENAPO enriqueció la práctica del derecho, que era nuestro espacio conocido, con la perspectiva que brinda formar parte de una gesta colectiva.
Era evidente la falta de expectativa dentro de la inercia política que se estaba viviendo. Era imprescindible producir un quiebre que despertara al sistema político. Por ello, una de las ideas con las que se movió el FRENAPO era la de estimular la democracia, favorecer la construcción democrática, la ciudadanía. No era un reclamo de asistencialismo, era algo diferente, porque se asentaba en la idea de un derecho.
Y por eso votaron más de tres millones de personas. El FRENAPO satisfizo una necesidad muy clara de la sociedad. Por un lado la necesidad social. Fue una invitación bien recibida porque era lo que mucha gente estaba reclamando.
Por otro, la certeza de que se trataba de un derecho. Y finalmente, fue el despertar de un cierto letargo, que permitió instalar el tema de la pobreza y el tema de la riqueza en la agenda pública.
El día después del cierre de las mesas fue una fiesta. Porque fue la constatación de que no nos habíamos equivocado. Votaron más de tres millones y eso significaba que habíamos hecho una convocatoria masiva, que había llegado a todo el país, y que habíamos podido producir una respuesta y una organización importante.
Y a los dos días se produjo el desenlace del gobierno de De la Rúa con las movilizaciones a Plaza de Mayo, la represión, los asesinatos en todo el país. Sobre esa movilización se montó una operación política en la que el FRENAPO no tuvo arte ni parte.
En esos días se dieron muchos movimientos simultáneos. La movilización del FRENAPO con una concepción de ampliación de derechos. La operación política de Duhalde y Alfonsín y por otro lado la concepción insurreccionalista de una serie de partidos políticos de izquierda.
Todo eso repercutió en el interior del FRENAPO y lo dejó sin reacción en el momento de su mayor éxito.
Frente a eso, el resto del FRENAPO no tuvo capacidad de respuesta y se desarmó una experiencia muy valiosa que queda como un hito en el tiempo, como una marca a tener en cuenta. Fue una toma de conciencia sobre todo lo que se puede hacer cuando hay organización, cuando hay voluntad, cuando hay claridad en la elección de un objetivo, cuando se subordinan las particularidades a la consecución de ese objetivo.
Cuando se vinculan las necesidades sociales con la concepción de derechos y con la ampliación de espacios de construcción democrática.
Pero también mostró, su absoluta fragilidad interna por lo que queda un sabor agridulce.
Terminar con la pobreza y ampliar los márgenes de participación democrática sigue siendo un objetivo colectivo absolutamente válido. Lo que probablemente haya perdido vigencia es el tipo de organización que instaló el tema en la agenda. El FRENAPO cumplió su ciclo allí.
Luego de cinco años, ha habido pasos de recuperación económica, social, de participación popular, de reconstrucción institucional, de justicia por los crímenes del terrorismo de Estado que marcan una línea para nosotros alentadora.
El tema de la distribución del ingreso sigue como la gran asignatura pendiente del sistema político argentino. Si bien ha habido avances, no podemos conformarnos con eso. La Argentina fue un país que tuvo una estructura social igualitaria, una distribución de 50% y 50 % del ingreso entre el capital y el trabajo y ahora estamos muy lejos de eso. El FRENAPO instaló el tema de la distribución del ingreso en la agenda social pero el sistema político no lo ha resuelto. Sigue pendiente.
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