
George W. Bush ha lanzado su "nueva estrategia" para Irak, que de nuevo no tiene nada. Enviará 21.500 soldados más para contribuir al esfuerzo de pacificar Bagdad.
![]() * Periodista. |
Es obvio que la cifra es insuficiente, toda vez que los jefes militares (amén de preconizar sotto voce la retirada) estiman que sólo un ejército de 400 mil o 500 mil hombres, o quizá más, podría cerrar la ecuación. Y en la actualidad Estados Unidos tiene en Irak a apenas 135 mil soldados.
Lo que sí podría percibirse en la movida del presidente norteamericano es una maniobra de pinzas que apunta por un lado a usar la matanza sectaria en Irak pretextando querer suprimirla, y por otro a poner a la oposición demócrata de su propio país en una posición incómoda.
Si los demócratas se oponen ahora al envío de un nuevo contingente, serán acusados de no ser lo suficientemente patriotas y de desamparar a los soldados que están en el campo de batalla. Si lo aprueban, en cambio, dan al traste con todo lo afirmado durante la campaña que les permitió vencer en las elecciones legislativas y se descolocan respecto de las elecciones generales previstas para el año próximo.
De cualquier manera, en última instancia las perspectivas en el escenario de guerra seguirán atadas a la decisión que se tome en torno de Irán. Esto es, a si se lo ataca o no.
La nueva estrategia norteamericana, que parece estar dirigida a frenar los choques interconfesionales en Bagdad, apuntaría en realidad a liquidar al ejército del Mahdi, la milicia que sigue al clérigo chiíta Muktada al Sader. Éste tiene fuertes vínculos con la rama intransigente del fundamentalismo iraní que ejerce el poder en Irán a través de Mahmud Ahmadinejad.
Muktada, cuyo nombre -o el de su padre, asesinado por Saddam Hussein- corearon los verdugos de este último cuando lo colgaron, sería una pieza clave en un Irak partido en tres, donde las facciones sunita, chiíta y kurda se distribuirían sobre sus propios territorios, previa la limpieza étnica de rigor.
Si no se elimina al clérigo radical como factor de poder, el futuro Irak y su riqueza petrolífera bascularían entonces del lado de Irán, cosa que eriza tanto a los norteamericanos como a Arabia Saudita y a los emiratos petroleros del Golfo Pérsico. Pero Muktada es también una pieza muy importante en el actual gobierno en Bagdad.
¿Cómo resolver este intríngulis, anudado por la misma ocupación? De querer cortarlo por medios militares, eliminando a Muktada y a la facción que lo sigue, harían falta muchos más soldados que los previstos por la última elucubración de la Casa Blanca, pues la frontera con Irán se convertiría en un colador por el que se filtrarían los apoyos para los chiítas.
"The Doomsday Clock". La probabilidad de un choque con Irán acerca peligrosamente las manecillas del llamado "Reloj del Día del Juicio Final" a la hora cero. Los científicos nucleares de la Universidad de Chicago que lo regulan desde 1947 lo acaban de adelantar dos minutos, al advertir al mundo que hay un mayor riesgo de una hecatombe atómica y/o climática y que se acerca los que ellos llaman "la segunda era nuclear".
En efecto, una guerra contra Irán acarrearía casi con seguridad el uso de armamento atómico de parte de Estados Unidos o Israel, que lo usarían para perforar las cavernas o las gruesísimas capas de concreto bajo las cuales los iraníes esconden sus desarrollos en materia nuclear. Y si éstos pudieran tomar represalia contra el ataque con los mismos medios, no cabe duda de que lo harían sin vacilar un momento.
El mundo reingresa así a una pesadilla de la que creyó haberse liberado tras el fin de la Guerra Fría. En realidad no la abandonó nunca, sólo que la había puesto en un segundo plano por el hecho de que la posibilidad de un intercambio aniquilador entre las superpotencias parecía haber quedado excluido.
Pero, al eliminarse esa situación, se generó por primera vez desde 1945 la tentación de volver a utilizar esas armas, pues el poder que las detenta puede emplearlas con impunidad, al no encontrarse expuesto a retaliación alguna.
Ello a su vez empuja a las potenciales víctimas de un ataque de ese tipo a munirse de esos elementos, lo que cierra así una vez más el círculo vicioso.
El siglo 21 no se insinúa con buenos auspicios. La militarización de la política mundial, el cambio climático inducido en gran medida por el hombre y la falta de grandeza de visión de parte de los máximos dirigentes, más la crisis de un sistema económico que profundiza la polarización del planeta entre ricos y pobres, nos acercan al borde de la catástrofe. No serán los individuos como George W. Bush los que nos alejen del precipicio.
* Periodista, publicado en La Voz del Interior de Córdoba
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