
"Cuando empecé la escuela en los libros, en los dibujos, aprendí que el mundo era grande. Me miraba a mí, a mi gente, a mi familia y me dolía mucho. Y bueno, la que ligaba, porque yo era el mas preguntón en casa, era mi madre. Ella tenía la paciencia de explicarme.
Por Julia Chiappari *
Hasta los 20 años sufrí muchísimo porque no entendía. A partir de aquí pude darme cuanta y revalorizar ¡Cuánta razón tenían en festejar y mostrarle a su Pachamama los felices que eran y sentirse orgullosos de ser hijos de la Madre Tierra y del Sol!"
Reportaje a Pablo Quibal, Comunidad kolla-aymara
Pablo proviene de una familia de pastores de Purmamarca, Jujuy, que desde tiempos muy antiguos se dedicaron al cuidado de cabritos y a la siembra de maíz y papas. Llegó a Buenos Aires por el 71 para aprender algún oficio. Fue testigo y parte de todo lo que pasó. Reside en Quilmes, es albañil. Recupera y transmite el conocimiento de sus ancestros.
Antes de pedir hay que dar
El mes de febrero es el tiempo festivo para nuestra gente y coincide con el Carnaval. Pero la gente lo hacía desde hace miles de años. La explicación está si consideramos a la Pachamama un ser vivo. ¿Cuándo una madre está feliz?. Cuando ve feliz a su hijo. Y el hijo demuestra su felicidad haciendo una fiesta, cantando, danzando, comiendo, bebiendo, ratos, días y hasta semanas. Estamos obligados a hacer estas fiestas porque existe una Ley, no escrita, que se llama “Ayni” o Ley de reciprocidad que establece como una obligación: “antes de pedir hay que dar”. La Ley de reciprocidad nos habla de cómo se cumple y cómo se organiza la producción y la redistribución, y tiene que ver con un estado comunitario total, pero con un estado organizado socialmente, científicamente. Había que producir y después separar la semilla para comer en invierno y para la solidaridad. Estaba todo previsto. La fiesta era para consumir y la obligación era que no podía quedar nada, sólo lo que estaba reservado. Los excedentes se tenían que consumir, lo contrario al capitalismo que impone “acumular”. Colón, en el primer viaje que hace, escribe que cuando van llegando ve tierra sembrada, y yo digo: si ve tierra sembrada es de gente que trabaja. Y dice que ve gente que grita alborozada cuando los ven, y nadan hacia ellos felices, y cuando descienden les traen agua, alimentos. ¿Qué están haciendo?, justamente esto de la reciprocidad, están ofreciendo, porque es su naturaleza, es su organización social de “dar” siempre, jamás “pedir”. Dar y dar lo mejor, porque suponen que es gente como ellos. Muchos dicen que ellos pensaban que llegaban los Dioses y no es así porque si llegaban los Dioses ellos no tenían por qué ofrecerles nada. Si ofrecen es porque se dan cuenta que no pueden tomar agua salada y le ofrecen agua, los esperan con frutos, con alimentos, eso es la reciprocidad. Hoy, a un viajero, cuando se llega a una casita o a una comunidad perdida en los cerros todavía está eso de darle lo mejor. La mejor cama, la mejor manta para que se tape, el mejor maíz. Es algo milenario que quedó.
Causa y efecto
Nuestros ancestros nos dijeron que “somos la tierra”; no somos sus dueños. De la tierra venimos y a la tierra volvemos. Nuestro sentido es de pertenencia a la Madre Tierra. Y tenemos que defenderla con todo lo que ello implica: el cuidado de su medio ambiente, de toda su biodiversidad. Por eso es necesario, mediante la memoria, recuperar como cultura todo ese conocimiento ancestral acerca de cómo nos manejábamos con la naturaleza. Es decir, yendo siempre al encuentro de los cambios climáticos. Siempre avanzando hacia estos fenómenos. De esa forma los cambios de clima no nos afectan. Eso hace que nos preocupemos acerca de cómo hicieron los antiguos, de cómo trazaron los calendarios que tenemos, que son distintos al Calendario Gregoriano y al que nos plantea este sistema que impera hoy en la Argentina. Lo nuestro es mucho más rico. Por eso es importante que lo recuperemos en su totalidad.
La Madre Tierra es sagrada, es decir que tiene vida. Como tiene vida también se cansa y requiere descanso. Por eso la rotación de los cultivos. Nuestros ancestros nos decían que la tierra goza, se alegra y es feliz por el fluir del agua y de los ríos. El agua es la “sangre” de la madre tierra. El Sol y la Tierra conforman una “dualidad” inseparable. Gracias a esta conjunción surge la vida. No los consideramos Dioses, estamos hablando del movimiento de la materia y de la influencia dentro de lo que es el Cosmos, de esa dualidad que produce la vida. Decimos que de esa primera dualidad nacen otras dualidades. Gracias a esa conjunción Sol y Tierra, por ejemplo, se puede sembrar, se puede cosechar, y nacen otras dualidades como frío-calor, hombre-mujer, noche-día, dulce-salado, causa-efecto, macho-hembra, y así una infinidad de dualidades. Todo tiene una razón de ser. Sabemos de la importancia de armonizar. De acuerdo a la armonía o conflicto que haya en esas dualidades termina el período de abundancia o de escasez. Con esto tiene que ver la cusa-efecto de lo que es el trabajo. Hay unos mandamientos en idioma cunasini que se convierten en un Dogma aplicable, y que dicen: “Ama kella”, no seas perezoso, “Ama lulla”, no seas mentiroso, y “Ama sua”, no seas ladrón. No ser perezoso tiene que ver con la continuidad del esfuerzo que llevaba producir. No ser mentiroso tiene que ver con la ciencia en la organización del trabajo, porque la ciencia no miente. Por eso se preocupaban en conocer la materia, el movimiento, el cosmos, para ser certeros en las cosechas. Para hacer las cosas que hacían era demasiado el esfuerzo que ponían, y no tenían que equivocarse; no engañarse, no mentirse. No ser ladrón tiene que ver con la organización misma, o sea la igualdad y la justicia en los derechos y obligaciones. Los pueblos realmente trabajadores más conocen a la madre naturaleza porque han estudiado sus cambios meteorológicos, han dado sus calendarios exactos, han aprendido a repartir los meses lunares y han llegado a una exactitud matemática tal que uno se maravilla.
Tiempo y espacio
El espacio está considerado en tres partes. El espacio de arriba, lo que llamamos el Hanakpachap que es el espacio cósmico; el Kaipacha es el espacio terrenal en el cual nosotros estamos a nivel; y el Ukupacha que es el mundo de abajo. Bajo estos aspectos también nos movemos. Tenemos que ver con estos tres puntos. Pero eso lo tenemos que conjugar con lo que es el tiempo. Porque hablamos de tiempo y espacio. El espacio es todo el entorno, es la patria, es la tierra que pisamos. Ese es el concepto de “Pacha”. El tiempo vendría a ser la historia. Toda nuestra vida que se desarrolla en ese espacio va trazando una historia. De acuerdo a cómo sea, debemos considerar también causa y efecto.
Organización matriarcal
La organización matriarcal elevó al ser humano. En algún momento esos seres humanos se desparramaron por el mundo y llegaron a América con esa organización. Y quedaron con esa organización mientras que en Europa en algún momento se perdió. Se impuso el patriarcado que aplastó a la mujer, le puso un pie en la cabeza. Eso trajo la propiedad privada, el individualismo, trajo todo lo negativo para el ser humano. Cuando se llega al patriarcado se impone el monoteísmo, un solo Dios y encima masculino, porque ése es el que le da autoridad al patriarcado, al hombre. Esto se globaliza, porque los musulmanes, los judíos, los cristianos, los budistas, en todos el Dios es varón. América se salvó, todas las deidades eran femeninas. Por eso esa forma de ser de la gente cuando llegaron los españoles. Yo creo que el debate debería ser volver a las Diosas Madres, sensuales, al tipo de organización matriarcal que existía antes de la llegada de los conquistadores y colonizadores. Debería ser un desafío para todas las mujeres. Creo que volver a humanizarnos pasa por ahí. Por eso opino que para salir de esta situación de país fragmentado y a punto de desaparecer es necesario recapacitar y hacer algo, “tallar y dar de vuelta”.
* Revista La Educación en nuestras manos de SUTEBA-CTA
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