
Uno de los especialistas más prestigiosos de la ciudad del carnaval explicó cómo y cuánto contaminará la pastera Botnia cuando comience a funcionar. El primer testimonio riguroso sobre un problema que todos imaginan pero nadie dimensiona. “Los asambleístas están defendiendo este lugar de una amenaza real, no de una cosa abstracta; mi aporte les da una base sólida y un fundamento riguroso al reclamo”, adelanta.
El ingeniero químico Gerardo Preisz, profundiza en el tema que lo convoca: la contaminación que provocará el funcionamiento de la planta de pasta de celulosa, propiedad de la sociedad anónima Botnia, colocada en el margen oriental del Río Uruguay, en la localidad uruguaya de Fray Bentos, frente a las costas de la ciudad argentina de Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos.
Preisz, ex decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad Nacional de la Patagonia, cobró protagonismo en la discusión ambiental de la región cuando publicó en el diario gualeguaychuense El Día un artículo revelador donde abordó una arista del problema hasta entonces olvidada: la cantidad de contaminantes que la pastera más grande y sucia del mundo escupirá durante los cuarenta años que tiene previsto estar en actividad. “Nadie negaba que será algo perjudicial, pero no se sabía en qué medida; por eso quise cuantificar un juicio cualitativo en el que todos coincidían”, subraya.
Las deducciones de Preisz -que, se sincera, lograron sorprenderlo aún con su basta experiencia en la materia- , tienen de cimiento información de carácter público, que está “perfectamente tipificada en el informe de impacto ambiental de la empresa finlandesa Botnia SA y en un documento de la Dirección Nacional de Medio Ambiente (DINAMA) de Uruguay, que contiene algunas consideraciones críticas sobre el emplazamiento de la pastera y recomendaciones para mitigar y reducir los niveles de contaminación”.
Según Preisz, el objetivo de su informe fue “calcular los valores acumulativos”, porque en las tablas presentadas por Botnia al Gobierno de la República Oriental del Uruguay “figuran los distintos contaminantes, ya sean del medio líquido como del medio gaseoso, expresados en unidades que no dan una idea del impacto ambiental”. Es que la empresa, si bien exhibió la concentración de elementos nocivos en unidades válidas de concentración, evitó hablar del caudal -por hora, por día o por año- para relativizar al máximo la magnitud del volumen de deshechos que se van a depositar en el aire y en la tierra.
El catedrático advierte, entonces, que, cuando se hacen los cálculos correctos, se llega a la conclusión de que aceptando los valores propuestos por la empresa, tras cuarenta años de funcionamiento, se verterán 680 mil toneladas de contaminantes por los afluentes líquidos; y 67 millones por las emisiones gaseosas de la chimenea.
Si se tienen en cuenta los valores anteriores, explica Preisz, “la contaminación va a ser mucho más severa desde el punto de vista gaseoso, es decir por los productos que salen de la chimenea que por los productos que van a ingresar al seno del río, aunque estos últimos producirán una serie de trastornos, tanto desde el punto de vista térmico como fisicoquímico, es decir, producirán alteraciones severas del agua”.
Pero, por otro lado, desarrolla Preisz, dentro de los contaminantes que van a tirarse al Río Uruguay, los cuales van a quedar circunscriptos al lecho del río, donde sedimentarán, “habrá dioxinas y furanos, compuestos químicos poco solubles en el agua pero muy solubles en lípidos; lo que significa que los peces van a actuar como bio-concentradores y, luego de ser pescados y consumidos, como transmisores de esas sustancias al cuerpo humano”.
En sucesivas pruebas se han demostrado que la incorporación de dioxinas y furanos provoca en las personas enfermedades de diversa naturaleza y gravedad, entre las que se encuentra el cáncer y otras patologías mortales. El sector más vulnerable es de las embarazadas, ya que son propensas a sufrir deformaciones fetales.
En tanto, por la parte gaseosa, el ingeniero invita a “imaginar el paisaje” con una “chimenea de 120 metros de altura y 20 de diámetro - equivale a 300 metros cuadrados - donde va a salir una columna de humo a más de 170 grados centígrados y a una velocidad 74 kilómetros por hora”. Esa corriente perniciosa, según sus estimaciones, va a adquirir cierta altura y dependerá de las condiciones reinantes en cada momento para determinar la precipitación al suelo, la cual, afirma Botnia, cubrirá un radio de 60 kilómetros alrededor de la fábrica.
“La figura que pude imaginar es la de un paraguas, donde la chimenea sería el eje del paraguas o el mango. Los gases y polvos van a subir a cierta altura y luego sufrirán un proceso de decantación en forma de paraguas”, figura Preisz.
Pero por más simpática que resulte la metáfora del paraguas, amplía el especialista en este asunto, no hay que olvidar que “entre los productos que saldrán habrá anhidro sulfuroso que, con el vapor de agua que también va a contener los gases, se va convertir en ácido sulfuroso, que una parte pasará a ácido sulfúrico cuando se oxide con el ozono de las capas superiores, que es mucho más agresivo que el sulfuroso, y cuando se precipite se va a producir lo que mundialmente se conoce como lluvia ácida”.
Como se sabe, el tiempo, la lluvia ácida produce los deterioros más diversos sobre la población, las edificaciones y la vegetación; un proceso lento que corroe de una manera silenciosa cuanto encuentra bajo su abrazo. Además, el ácido sulfúrico se juntará con nitrógeno y aumentará su agresividad y poder de destrucción. Ahora, en contraposición con el ejercicio mental anterior, es imposible imaginar a la ciudad del carnaval del país cuatro décadas después de ese continuo castigar del cielo.
Después, agrega Preisz, “habrá gases que, sin ser nocivos, serán netamente olorosos, como el hidrógeno sulfurado; se van a hacer sentir a una distancia que todavía no está determinada y van a producir un impacto altamente negativo en la masa turística que esta ciudad recibe año tras año”.
En el suelo se dará un proceso parecido al pronosticado para el medio acuático. “Las dioxinas y furanos también van a salir por la chimenea. Al ser más pesados que el aire, desde el punto de vista molecular, tarde o temprano van a empezar a caer sobre la superficie terrestre, donde tenemos los pastos, que es el alimento para el ganado. Cuando éste coma pastura con dioxinas y furanos, los va a incorporar a su grasa, y cuando nosotros comamos su carne los vamos incorporar a nuestro organismo. También van a aparecer en la leche y en todos sus derivados”.
Esa situación ya está haciendo y hará que muchas empresas de primer nivel, de suma importancia en el país, estén advirtiendo a los productores que de ponerse a funcionar la fábrica dejarían de comprar leche. Otro sector que también será realmente afectado por la misma causa será la industria apícola. Entre Ríos es una zona avícola por excelencia, quizá la más importante del país en producción, y se ha comprobado que las gallinas que consumen dioxinas ponen huevos con dioxinas.
“Sabemos muy bien que la Unión Europea hace controles muy exigentes de dioxinas y furanos, por lo que esa mercadería comenzará a ser detectada. Hasta puede llegar a ser rechazada cautelarmente. Esto genera un panorama negro para el futuro económico de una gran parte de la provincia”, analiza Preisz, quien es un gran conocedor de los mecanismos y lógicas del comercio internacional, por su amplia trayectoria en el ámbito privado a nivel mundial. “Los importadores no van a trazar con un círculo 60 kilómetros exactos, en general, por seguridad, se toma una medida mucho mayor, de dos o tres veces más”, puntualiza.
En la actualidad, Preisz es parte del Grupo Técnico Interdisciplinario (GTI) de la Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú. El GTI comenzó a funcionar la semana pasada -aunque la idea data de septiembre de 2006- y tiene como objetivo abordar la problemática de las pasteras desde un punto de vista tecnológico, analizando los métodos de fabricación y las consecuencias de la intromisión de residuos y afluentes extraños a la región.
Fuente: Eduardo Andrés Aller, enviado especial al Río Uruguay, con la colaboración de Gustavo Carbone, Director del diario El Día de Gualeguaychú.
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