Cooperativa de Trabajo de Ex - Empleados del Frigorífico Minguillón
La esperanza encarnada
Jueves 1ro de diciembre de 2005, por Secretaría de Comunicación y Difusión *

Por Carlos del Frade, desde Rosario. El ex frigorífico Minguillón es el segundo en faena de cerdos en la Argentina, luego de haber atravesado dos quiebras y un cierre de más de cuatro años en la última década. La razón está en la tozuda pasión de los trabajadores que recuperaron la planta, la convirtieron en una cooperativa, la hicieron eficiente y alientan un futuro de pleno crecimiento. Aquí su historia.

Hace dos años atrás, dentro del predio ubicado en la localidad de Moreno, en el Gran Buenos Aires, se produjo la primera faena con sesenta y cuatro chanchos y menos de veinte trabajadores que cobraban cinco pesos por semana. A fines de 2005, hay casi ciento sesenta empleados y la producción alcanza a 30 mil cerdos mensuales. El misterio de semejante milagro económico está en la conciencia de sus obreros. Lo que sigue forma parte de esta postal concreta de la historia política de la esperanza argentina.

Entre pulgas y mates

Aguante, familia y orgullo son las palabras que más repiten los integrantes de la Cooperativa a la hora de contar cómo hicieron para convertir los 132 mil metros cuadrados del frigorífico que estaban atestados de pulgas y con las maquinarias paradas desde hacía años.

Cuando el gobierno de la Alianza marchaba hacia su propia debacle, en octubre de 2001, veinte ex trabajadores, mujeres y hombres del Minguillón, decidieron parir una cooperativa de trabajo. Era el 6 de octubre de aquel año que finalizó con miles de personas en las calles de ciudades y pueblos de la Argentina, con una brutal represión y una seguidilla de cinco presidentes en menos de dos meses.

El estatuto social da cuenta de una ínfima porción de la voluntad de aquellos obreros: Cooperativa de Trabajo de Ex Empleados del Frigorífico Minguillón, fue su denominación. El artículo tercero parece ser una calificación de las ganas de los integrantes al decir que “la duración de la Cooperativa es ilimitada”.

En el artículo quinto aparece la asunción de la historia a través de sus manos: “La Cooperativa tendrá por objeto asumir por su propia cuenta, valiéndose del trabajo personal de sus asociados, las actividades inherentes a cría, engorde, faenamiento, fraccionamiento, envasado y comercialización de animales de granja, porcinos y aves de corral. Producción, transformación y comercialización de productos y subproductos frigoríficos, embutidos, conservas y chacinados. Trabajos generales y específicos del rubro frigorífico (desposte, troceados y faenamiento). Las actividades serán autogestionadas y con recursos propios”.

Era todo un sueño. Una absoluta abstracción. Una irrealidad. Ellos, los veinte socios fundadores, estaban afuera del predio. Apenas sobrevivían a través de changas, remises o la venta de cartones y chatarras. Estaban afuera. No solamente del predio, de los galpones, de las cámaras, sino también de la historia. Sin embargo hicieron la Cooperativa, la constituyeron y se metieron en la planta.

Hay un nombre que se destaca en esta crónica colectiva, es el de Luis Ayala. Dicen y cuentan que no paraba ni un segundo, que iba de casa en casa buscando a las mujeres y los muchachos para contagiarles la idea de crear una entidad porque había que estar preparado no bien abriera el cielo del futuro. Nadie le creía el proyecto de la Cooperativa, pero si le creían a Luis.

Buscaron apoyos en el Municipio de Moreno, en la Legislatura de La Plata, en distintas ciudades y hacia allá iban con la única camioneta que les había quedado a uno de ellos. Sus primeras reuniones fueron en una casa de familia, en una remisería y en un club. Donde podían se reunían para celebrar el orgullo de ser y sentirse todavía trabajadores de la carne, obreros del Minguillón.

Testimonios de organización

Durante los últimos tiempos del gobierno de Fernando De La Rúa, fue el auge de las cooperativas de trabajo, de las empresas recuperadas. “Nosotros fuimos uno de los pioneros, porque nuestra Cooperativa es de octubre y el presidente cayó en diciembre de 2001. Así que en octubre se juntaron un grupo de ex empleados, formaron la cooperativa, hicieron el acta fundacional y bueno, ahí empezaba un poco la historia. Fue hermoso, era la piedra fundamental, ahí empezaba la verdadera tarea y ahora faltaba tener la fábrica”, cuenta Ayala, miembro fundador.

Y recuerda que “la gente de San Sebastián nunca creyó que íbamos a llegar donde estamos, que íbamos a tener la expropiación. San Sebastián estuvo dispuesta para hacernos el comodato y ahí empezaron las tareas, de a poquito fuimos entrando. Lo de De La Rúa fue una ayuda para nosotros, porque en los saqueos se estaban robando cosas de la fábrica así que nos permitieron entrar y cuidar lo nuestro. Empezamos en una oficina, nos fuimos desparramando, ocupando lugares, más que nada para cuidar la planta y así fueron sumándose compañeros, llegamos a ser unos treinta en sus inicios”, apuntó.

Aquel 6 de octubre constituyeron la Cooperativa. Y el estatuto lo decía de verdad: “Fomentar el espíritu de solidaridad y ayuda mutua entre los asociados y cumplir con el fin de crear una conciencia cooperativa”. El documento de identidad de la Cooperativa seguía diciendo que cada asociado tiene derecho a utilizar los servicios de la misma en las condiciones estatutarias y reglamentarias. No había ningún servicio. Era una declaración de principios y esperanzas.

“Yo ingresé acá el primer día que me autorizó San Sebastián, y en enero de 2006 van a hacer cuatro años que estamos. Éramos siete los que entramos el primer día”, recuerda Orlando Parera aquel día de 2002. “Nos quedábamos a hacer guardia, después llegó la Gendarmería. Nos quedamos porque queríamos trabajar acá, como trabajamos tantos años y podía ser un buen futuro para nosotros”, cuenta Orlando.

El problema mayor fue cuando aparecieron los saqueos y muchos desesperados se metieron entre las ruinas del Minguillón para llevarse lo que quedaba de la maquinaria. Fue entonces que tomaron una decisión valiente y carente de lógica. Decidieron defender el lugar. Le pidieron permiso a la Gendarmería que había sido destinada a la planta y empezaron los turnos de guardia.

Laura Nagel es la actual presidenta de la Cooperativa pero en los días del aguante tenía la indispensable función de traer pan y facturas. “Cuando me inicié con la cooperativa estaba trabajando en una panadería, donde había entrado para lavar las latas y terminé en lo que dicen la cuadra haciendo la parte de pastelería, cuando yo venía de allá siempre traía pan o facturas, lo que me daban lo traía para acá. En ese tiempo todos pasábamos necesidades pero acá había mucha gente con más necesidades que yo, porque por lo menos tenía un trabajo, hacía changas”, recuerda Laura.

Hacia 1999 la fueron a ver y le contaron que podía existir algún inversor para reabrir el frigorífico. A comienzos de 2001, cuando Laura estaba convencida que no volvería al frigorífico, la llevaron a una nueva reunión de eternos esperanzadores. Eran siete personas.

“Juntábamos moneditas para poder empezar a hacer los trámites, había gente que nos decía que estábamos completamente locos, después también juntábamos para hacer canastas de comestibles y las rifábamos y así nos iniciamos. Hubo gente realmente buena, porque nos conectamos con una persona de la política de acá y nos mandó a hablar con la gente de secretaría de PYMES. La verdad que era una gente genial, el Ingeniero Martínez y González, que ahora están en el INTI. Ellos nos ayudaron a tratar de reactivarlo, como empresa privada surgió el tema de cooperativa y así comenzamos”, apuntó la proveedora de facturas y panes después de hora.

La chancha

Hay un notable decidor de cuentos en la Argentina, Luis Landriscina, que hizo famoso una narración que tiene como protagonista a una chancha.

Al llegar el período de celo, era necesario buscarle un novio. Con mucho esfuerzo y después de varios intentos, lograron que la chancha pudiera subirse a una camioneta para transitar las huellas del campo y arribar hasta el chiquero en donde esperaba su galán. La chancha no quería saber nada con subirse a la camioneta.

Tampoco era sencillo el viaje porque se trataba de un animal de gran porte y la zaranda del camino movía los kilos de la chancha de un lado a otro provocando más que una zozobra en el conductor de la camioneta.

Durante varios días repitieron el cansador rito de subir la chancha a la camioneta y transitar kilómetros en busca de un amor que no se daba. Hasta que el dueño de la chancha le dijo a su mujer que no daba más. Que lo despertara en caso de incendio y siempre y cuando el fuego estuviera cerca de la cama. Si no, tampoco. Pero en medio de su siesta, el productor fue despertado con desesperación de parte de su mujer.

- ¡¡¡La chancha, Ignacio, la chancha!!! -gritaba su mujer.

- ¡¿Qué pasó?! -se despertó indignado el cansado productor de cerdos.

-  ¡Está muy nerviosa!...

- Dejala si después no pasa nada... ¿Qué hizo ahora de distinto?.

- Se subió sola a la chata...

El cuento es una radiografía de la lucha cotidiana de los que sobreviven a través de la cría de animales y también una demostración de los distintos climas que ofrece la vida en el obstinado deseo de gambetear las dificultades. Para las mujeres y los hombres del Minguillón, aquella primera chancha después de la desolación tenía un carácter fundacional, de allí que aparezca en casi todos los relatos de los actuales asociados a la Cooperativa.

Y como en el cuento de Landriscina también hubo una chata, la camioneta que le había quedado a Carlos Skocic fue el medio con la que trajeron a la chancha hasta el frigorífico a orillas del Reconquista. Era una prueba de fuego. Porque no solamente la chancha serviría para ganarse algunos pesos sino también para demostrar hasta qué punto seguían funcionando las maquinarias del Minguillón. Una verdadera procesión siguió el destino del animal. Hasta que surgió la primera carneada de chorizos que luego fueron vendidos en la plaza de Moreno. Y la mayoría de los compradores decían algo que luego se convirtió en un verdadero argumento de venta: “Tiene el mismo gusto de los chorizos Minguillón”.

Carlos Skocir recordó que a la chancha la fueron a comprar atrás de Cascallares. “En realidad estábamos entusiasmados por probar todas las maquinarias, así que hicimos la faena de la chancha como si fuera una faena como las que estamos haciendo ahora. Calentamos el agua, queríamos probar todo, la noria, las sierras y fue algo muy lindo porque anduvo todo perfecto, saltamos de alegría”, recuerda el obrero.

La primera faena “fue algo hermoso. Lloramos tanto. Había mucha emoción. Cuando vi la faena, no podía parar de llorar, no lo podía creer, decía: pellízquenme porque me parece que estoy soñando”, cuenta Dora al recordar la famosa anécdota de la chancha. La primera chancha.


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