
La forma como uno habla es una de las marcas identitarias más fuertes. Nos coloca una etiqueta que va a influir en el lugar social que ocupamos. La construcción del Estado argentino estuvo ligada a la imposición del castellano y de una cierta forma hegemónica de hablarlo. Así lo dice la integrante del Equipo Educación y Multiculturalidad, CTERA-Universidad Nacional de Luján.
¿Qué significa una lengua para una persona y para un pueblo?
Tanto por lo que traemos en cuanto a dotación biológica como por lo que somos, seres básicamente sociales, el lenguaje y la comunicación son centrales en la vida de los seres humanos. Desde que nacemos estamos expuestos a la interrelación con el mundo y con los otros, y esa interrelación en gran medida se hace a través de alguna lengua. Inclusive, hay mucha gente en el mundo que desde que nace está expuesta o va adquiriendo más de una lengua. A uno le parece que ser bilingüe o multilingüe es una cosa rara, pero parece ser que en el mundo los raros son los que son monolingües. De alguna manera, esta percepción tiene sus raíces en el hecho de que en nuestro país, como en otros países del continente, siguiendo la tradición europea la construcción del Estado estuvo muy vinculada -y la escuela en esto ha jugado un papel muy importante- a una sola lengua. Todo el mundo tenía que hablar castellano, pero no se tendía hacia el bilingüismo, a sumar esta lengua a las demás, no era “y castellano”, sino “o castellano”, una relación de oposición. El castellano por encima de cualquier otra lengua, y las demás tienen que ser olvidadas, no existen, no sirven para ser parte de esa nueva sociedad.
¿Qué consecuencias ha tenido esto?
Ha llevado a que mucha gente haya dejado de ir hablando su propia lengua. Eso no sólo pasó con los indígenas sino con muchos grupos de inmigrantes, aunque en estos casos normalmente siguen teniendo un referente de la lengua de herencia en otro lugar. En esto entran a funcionar los sistemas de valoraciones vinculadas con el ejercicio del poder, el pensamiento civilizatorio, el prestigio social, etc. Circunscribiéndonos a los pueblos originarios que estaban acá, y que siguen estando (con o sin su lengua originaria), para muchos la única opción para sobrevivir, como individuos y/o como grupos, ha sido aprender el castellano e ir olvidando la propia lengua, la de sus padres y abuelos. La han dejado de usar en los espacios esenciales para que se siguiera reproduciendo, en la familia y la comunidad, y por lo tanto se fue debilitando la transmisión a sus hijos. Claro que, por otro lado, hubo y sigue habiendo diferentes grados de resistencia a ese abandono de un elemento identitario tan importante. Un ejemplo de ello son los innumerables esfuerzos que, en los últimos años, vienen realizando muchos pueblos originarios por revitalizar y desarrollar la lengua propia.
¿Cómo operan esos sistemas de valoraciones?
Una de las primeras cosas por las cuales a uno le ponen una etiqueta es cuando abre la boca y habla: “éste es de tal lugar o de tal clase”. Esas etiquetas no son neutras, según la que a uno le pongan eso va a influir en el lugar social que se ocupa, en la propia imagen. Pensemos que son etiquetas que reproducen ideologías. Cuando alguien dice “ah, éste es santiagueño”, por ejemplo, no es neutro; en nuestra sociedad decir que es santiagueño trae acumulado un montón de cuestiones que tienen que ver con la ideología y con el lugar en el que, desde el pensamiento hegemónico, se los ha puesto a los originarios de Santiago del Estero. La forma como uno habla es una de las marcas identitarias más fuertes, la cuestión es cómo está valorada esa identidad. Por ejemplo, la identidad en tanto hablante del francés está prestigiada, por lo tanto difícilmente un inmigrante francés o sus descendientes vayan a perder totalmente su idioma, por el contrario: van a intentar seguir reproduciendo esa lengua porque los hace sentir bien, porque alimenta una identidad positivamente valorada. No pasa lo mismo con los inmigrantes bolivianos o paraguayos ¿no?. Uno tiende a pensar que la lengua es principalmente un medio de comunicación, pero no es sólo eso. Por su papel en la constitución de la identidad, en el fenómeno lingüístico están involucradas las políticas e ideologías desde donde se constituyen las sociedades. Ante un proyecto hegemónico de sociedad, cada lengua va a estar valorada de acuerdo a las necesidades de ese proyecto. Lo mismo sucede con las diferentes variedades de una misma lengua: algunas son legitimadas socialmente, otras no.
¿Qué ha sucedido con las lenguas de los pueblos originarios?
En Sudamérica, con la llegada de los españoles se dan distintas dinámicas; unas lenguas originarias subsistieron, otras fueron “tragadas” por el castellano, según el tipo de relación que se estableció en cada lugar y en cada momento de la historia. Hubo distintos tipos de estrategias de los indígenas ante los conquistadores, que llegaban con conceptos, con una visión del mundo y con una lengua muy distinta, y que establecieron relaciones fuertemente asimétricas y conflictivas.
En algunos casos, la lengua propia se mantuvo en diferentes ámbitos y para diferentes usos sociales. Es decir que, ante el conflicto, algunas personas reaccionan intentando reforzar y/o mantener las relaciones hacia el interior del grupo mediante la lengua. En otros casos, la lengua originaria deja de ser hablada, porque es tan drástica la dominación y la estigmatización, y tan fuerte la necesidad de hablar la lengua del conquistador (la necesidad de “integrarse”), que la socialización de las nuevas generaciones se empieza a realizar en esa lengua dominante, y después de dos o tres generaciones ya no queda más que memoria de la lengua propia. Peligrosamente, esta dinámica se viene dando cada vez más rápido desde mediados del siglo XX, no sólo en nuestro país sino en todo el mundo.
De cierta manera, siempre quedan rastros, por ejemplo en la toponimia. Todas las sociedades nombran los lugares y esos nombres suelen ser muy persistentes: pensemos, por caso, en las denominaciones de muchas de nuestras provincias, como Catamarca, Jujuy, Tucumán, Chaco, Chubut; de ríos como Paraná, Iguazú, Uruguay, Limay, de montañas como los propios Andes o Chalten, de lugares como Calingasta, Nonogasta, Yapeyú o Tilcara. En los topónimos es posible rastrear lenguas de las que hoy no se tiene memoria o no han quedado registros. O cuyos sistemas de registro no tienen las mismas características que tiene la escritura que usamos nosotros y por lo tanto nos resultan difíciles de decodificar. Otro lugar donde quedan rastros es en la lengua dominante. Cuando pueblos diferentes se “encuentran” es frecuente tomar palabras de la otra lengua para nombrar conceptos y elementos culturales nuevos: eso sucede y ha sucedido siempre, en distintos grados. Del mismo modo, cuando muchas personas aprenden otra lengua pueden ir quedando palabras o algunas formas de construir de la primera lengua en la segunda; con el tiempo esos elementos se “mimetizan” tanto que terminan siendo considerados por los hablantes como formando parte de la lengua. ¿Cuántos de nosotros sabemos que palabras como cancha, pucho, jacarandá, tomate, yapa son originarias de lenguas indígenas?. Esta es una de las fuentes de las diferencias en la forma de hablar el castellano en distintos lugares de Latinoamérica.
Es la pérdida de una construcción humana, de un producto histórico específico de la humanidad. En una lengua está la historia y la cultura del pueblo que la habla. De alguna manera, es parecido a la pérdida de la biodiversidad. Pero más grave ya que implica una creación humana, está más allá de la biología. Y si es tremendo pensarlo en tales términos, es peor aún si lo pensamos en términos de lo que decíamos antes: en tanto vinculación de la lengua con la vida social, con la identidad. Es una agresión a los derechos humanos elementales. La desaparición, o quizás más propiamente el asesinato, de una lengua tiene implicancias a todos los niveles, más allá del objeto-lengua en sí. Tiene que ver con el pasado, con la historia, tanto como con el futuro, de los pueblos.
Por Claudia Rodríguez Paoletti. Revista La Educación en nuestras manos de SUTEBA-CTA.
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