La rebelión de los nadies
Jueves 15 de febrero de 2007, por Hernán Vaca Narvaja *

En general, el riocuartense es apático, indiferente y reacio a movilizarse. Pero en los últimos años, el buen momento del campo aumentó la brecha entre ricos y pobres.



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Director de revista El Sur de Río Cuarto

Río Cuarto es una ciudad de paradojas. De matriz conservadora, fue fundada por el Marqués Rafael de Sobremonte, a quienes no pocos consideran el emblema del político corrupto que se fugó con las joyas de la Corona; la plaza principal de la ciudad rinde homenaje a la figura de Julio Roca, el conquistador del desierto (o el mayor asesino serial de indígenas, según se mire); y pese a haber nacido en Sampacho, una localidad cercana, también hay placas de bronce para recordar al ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, ícono de la Revolución Libertadora.

En general, el riocuartense es apático, indiferente y reacio a movilizarse. En la ciudad, como en el resto del país, conviven la opulencia y la miseria, la fastuosidad y la pobreza. Pero en los últimos años, el buen momento del campo aumentó la brecha entre ricos y pobres.

Una explosión inmobiliaria sin precedentes llevó por las nubes el costo de la tierra y en cada terreno baldío disponible se construye un nuevo edificio. Villa Golf, el barrio semicerrado donde vivía Nora Dalmasso, es un reducto de paz. Pero también el sitio elegido por los “nuevos ricos” que dejó el menemismo y los potentados que le deben su nueva condición social a la devaluación y el consiguiente boom de la soja.

El crimen de Villa Golf puso blanco sobre negro la idiosincrasia de parte de una sociedad que pasó de la depresión a la opulencia en los últimos años. Y también dejó en evidencia el matrimonio siempre vigente entre dinero y política.

Río Cuarto es una ciudad de paradojas, pero no de “perejiles”. Las dos mil almas que se autoconvocaron el último viernes para repudiar el accionar policial y judicial tras la detención del pintor Gastón Zárate sorprendió a todos: fue espontánea y masiva.

La última vez que los riocuartenses salieron a la calle para reclamar fue durante los fatídicos días del “corralito” de Domingo Cavallo y Fernando De la Rúa. Entre gritos y cacerolas, Río Cuarto ganó protagonismo nacional por sus recordados y violentos escraches al Concejo Deliberante y a las viviendas de legisladores y políticos vernáculos.

Era la clase media. El viernes 9, en cambio, primaron los sectores más humildes de la ciudad, convencidos de que al imputar a un humilde pintor de obra del crimen que conmovió al país, la Justicia riocuartense estaba dando en realidad una clara señal -una más- de su compromiso con el poder: la improvisación policial, la falta de pruebas concretas, sumadas al comienzo de un año electoral, exigían una respuesta política: un detenido. Y el “perejil” elegido para atribuirle el crimen y dar vuelta la página provino del sector social más vulnerable de la sociedad. La detención de Zárate corta una vez más el hilo por lo más delgado.

Lejos de despejar las dudas en torno al crimen de Nora Dalmasso, tiende un manto de sospecha sobre prácticamente todos los actores de esta apasionante novela por entregas: sobre los fiscales, que se dejaron llevar por los investigadores que llegaron desde Córdoba (apenas pisó suelo riocuartense, el fiscal Marcelo Hidalgo reflotó la hipótesis de la violación, que había sido prácticamente descartada por los peritos forenses); sobre los investigadores, porque habrían armado la acusación en base a testimonios inducidos mediante el apriete y la extorsión; a los abogados querellantes, porque salpicaron a medio Río Cuarto con sospechas infundadas en el afán de mantener la expectativa mediática y así obligar al asesino a cometer un error; sobre el Gobierno, porque pese a haber relevado a la cúpula policial y al elenco político del área de Seguridad, sigue mostrando una exasperante improvisación en la materia.

Río Cuarto, la ciudad conservadora, pacata y mansa, dijo basta y se convirtió en un ejemplo para el país. Y protagonizó así otra increíble paradoja de las muchas que nutren su historia: mientras el círculo íntimo de Nora Dalmasso se mantuvo siempre en silencio para resguardar la “moral” y el “decoro” de la víctima, una multitud -nutrida mayoritariamente de gente humilde- se movilizó espontáneamente para exigir la libertad del joven acusado de haberla asesinado.

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