
“El vino por primera vez como fotógrafo de alguien que no me acuerdo -le cuenta Don Joaquín, contemporáneo de Horacio Quiroga, en San Ignacio, a su interlocutor. Su padre era uno de los pocos hombres con quien el escritor entablaba charlas-, si me saliera el nombre”.
De quien no se acuerda es de Leopoldo Lugones, el admirado escritor por Quiroga, que lo trae como fotógrafo de su expedición a estas tierras, bancada por el Ministerio de Educación, luego de que pasaran dos años de que Quiroga matase accidentalmente su amigo uruguayo Federico Ferrando.
El hombre, anciano ya, más tarde dirá, con exactitud, que ese viaje le comió el bocho a Quiroga. Tanto, que al poco tiempo, al fracasar su emprendimiento rural en Chaco, compra unas tierras -ayudado por un Estado ávido de ensanchar fronteras agrarias-, las 185 hectáreas en San Ignacio, donde se encuentra enclavada toda su avasallante historia, amasada en lo que después sería la provincia de Misiones.
“Yo estuve cuando llegó con su mujer (Ana María Cires). Sé porqué ella se quitó la vida en la misma casa. Yo era un muchachito, por ahí cerca de 1916 (en realidad fue en el 15) y ella se quitó la vida. Siempre que veníamos de casa, veníamos a buscar cosas al almacén del cuñado de mi hermano. Y un día, me voy a la casa de Quiroga y fui el primero en enterarme de la muerte de su esposa. Estuvo como cuatro días agonizando. Quedó con los dos chicos -Eglé y Darío- y se fue a Buenos Aires. Después volvió con su segunda mujer (María Elena Bravo) y construyó su casa”.
“Su suegra, la madre de su primera mujer era jefa de Correos, era telegrafista, la oficina quedaba atrás de donde ahora está gendarmería. Aún existe la casa de material. Todo eso donde está Gendarmería era de Quiroga.
Cuando vino Gendarmería, en el 38, encontraron ese lugar donde está ahora el cuartel, les quedó chico y le pidieron cinco hectáreas y el esposo de Eglé se las dio. Luego, le pidieron cinco más y él no quiso dar más, entonces le expropiaron. Por supuesto, que le pagaron, le terminaron expropiando todo”.
Don Joaquín, con su memoria algo herrumbrada, explica que Horacio “era de muy pocos amigos, era hosco, se encerraba para escribir. Le gustaba la soledad y andar por la naturaleza, andar por el monte, caminaba mucho. Era de muy pocos amigos. Me alcanzan los dedos de las manos para contar a los amigos que tenía, que charlaban con él. Uno de ellos Isidoro Escalera (cuidador de la casa cuando Quiroga se ausentaba), el más allegado a él. Después Carlos y mi papá, y pará de contar. Muy poquitos. En el año 14 (en realidad 1911) él llegó, se hizo juez de Paz y lo anotó a mi hermano Ramón. Mi papá quería que se llame Hipólito, pero como Quiroga era muy chinchudo y papá se había olvidado el nombre, éste le dijo: ‘Vamos, vamos, apúrese, cómo le va a poner de nombre, bueno póngale Ramón’. Y a las hijas de Benito Dávalos les puso a todas los nombres cambiados, a una de ellas le tenía que poner Dora Bienvenida, él le puso Bienvenida Doré. Hacía lo que quería”.
En primer lugar: fue, y es, importantísimo desde su obra literaria. Porque es el que le dio jerarquía al cuento breve, que hasta ese momento, era considerado inferior a la novela. Esto es a nivel mundial, más allá de que Quiroga es muy querido por nosotros, porque vivió en Misiones. Se da cuando empieza a publicar en las revistas y finalmente por Cuentos de amor de locura y muerte (sin coma, título original de 1917).
Hasta ese momento el cuento no era un género en sí, que tenía una categoría como la novela. Si seguimos con la obra literaria, él escribe en los 57 años, que fue el tiempo corto de vida que le tocó, la obra más voluminosa entre sus contemporáneos. Amén de los cuentos, los poemas y las obras de teatro, que son las más difundidas, escribió sobre Misiones.
Por ejemplo: un libro entero de comentarios sobre la vida en esa época, un libro que acá tendría que reeditarse. Y siempre fue un adelantado. Un libro sobre cine, fue un pionero en realizar crítica de cine. Sabía muchísimo, le interesaban un montón de aspectos, le interesaba todo lo moderno. Porque era un hombre apasionado por los inventos de la técnica.
Como la fotografía, también la moto, ¿no? Un hombre de avanzada. Pero también sobre la teoría del cuento. Hace la defensa del género y es muy famoso su Decálogo del Perfecto Cuentista. Tiene dos volúmenes sobre esto. Eso en cuanto a lo literario”.
Más allá de empezar abordando al Quiroga escritor, a 70 años de su muerte, la escritora Olga Zamboni utilizó el peso de lo escrito por Horacio, sólo para introducirse en uno de los tantos mundos fantásticos dentro de la vida real del hombre: el Quiroga multifacético, capaz de hacer y encarar lo que pinte y cuadre.
“A mí el aspecto que me fascina, es la pasión por la acción. El espíritu de aventura. El emprendía acciones, macheteaba, plantaba, podaba, injertaba, aclimataba especies, destilaba vino de naranjas. Era carpintero, albañil, tallaba, hacía su propia canoa para ir a navegar, cazaba. Una acción tan variada. Y a la par escribía. Cómo lo hizo, eso es lo que uno se pregunta. Y escribir en esa época. Más allá de esa leyenda negra que hay entorno a Quiroga, la de las múltiples muertes. Está el hombre de profunda vitalidad. Yo lo llamo el Homosaber. A pesar de sus episodios trágicos, siguió para adelante. La muerte sí, lo perseguía, pero él no se dejaba agobiar”.
Hasta que, antes de dejarse aniquilar por la agonía lacerante de un cáncer, decide eliminarse bebiendo cianuro.
“Pero el otro capítulo que me ilumina es el de su libertad. Su espíritu libertario. Su ir a contracorriente, que lo hace actuar a contrapelo de las normas establecidas. Por ejemplo su vestimenta. Aparecía delante de los escritores sin camisa, con un machete en la mano. La moto que se hizo, manejar la azada y ser al mismo tiempo miembro de los círculos intelectuales más prestigiosos de Buenos Aires. El casarse con jovencitas (la segunda esposa, compañera de secundaria de Eglé). Un modelo muy libertario, que iba a contrapelo de las normas, que hizo que hasta hoy en San Ignacio, alguna gente, lo recuerde mal. Me imagino el escándalo que sería en el pueblo dormido de San Ignacio, de aquella época, un espíritu tan libre como el de Quiroga”.
“Considero A la deriva como un cuento perfecto. Después un cuento muy misionero, Los Precursores. Otro admirable es La Insolación. Quiroga escribió cuentos perfectos. Contaba la historia, iba derecho al grano, un estilo muy directo, y la pincelada del paisaje, brevísima y justa. Por ejemplo: en A la deriva, cuando el hombre está muriendo en la canoa, aparece el Paraná coloreado por el ocaso, una pincelada breve, que le daba todo un sentido simbólico al texto.
Ahora, curioso es lo que decía Borges. Ese Borges... ¿no? Decía que Quiroga era un invento uruguayo... Era muy cómico... las cosas que decía Borges. Decía que escribía mal, que era un invento uruguayo... cuando ya era argentino”.
El ex director de la Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones, Rodolfo Capaccio, docente de la Licenciatura en Comunicación Social, prefirió abordar la escasa importancia que se le da en Misiones a la obra de Horacio Quiroga, cuando cree que fue el que configuró la imaginación de los argentinos en cuanto a la selva.
“El entró en mi cuando leímos el cuento A la deriva, en el segundo año de la secundaria en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, Mercedes, sin tener la más pálida idea de que en algún momento de mi vida iba a vivir acá. Esas cosas te marcan, porque una de las más grandes virtudes de Quiroga, más allá de las habilidades narrativas, ha sido el presentar la selva misionera a la Argentina, en aquella época. Con los misterios, como un ámbito cerrado e inaccesible, pero con un atractivo profundo. Y creo que eso ha perdurado en el imaginario argentino. Y buena parte del turismo que viene de otras regiones, viene con esa idea de la selva”.
Capaccio detalla que Ezequiel Martínez Estrada, su biógrafo en El hermano Quiroga, cuenta cómo el cuentista hacía proselitismo sobre esta zona, cuando estaba fuera de Misiones. “Hacía esa ambivalencia sarmientina, porteño en las provincias y provinciano en Buenos Aires. Creo que, en buena medida, dejó esa visión de la selva. Los empresarios del turismo tendrían que valorar eso, los empresarios misioneros de todo tipo. Lo que pasa es que el empresariado lee poco. Esos aspectos tienen mucho que ver, el turismo se alimenta del imaginario y Quiroga alimentó ese imaginario.
“El era un escritor profesional, porque vivió de la literatura. La literatura misionera es sólo una parte de lo que escribió, de sus relatos. Pero es, tal vez, la que le dio mayor prestigio, un aura de escritor de los misterios de la selva, en aquella época. El escritor de la selva, como Rudyard Kipling con El Libro de las tierras vírgenes. Siempre la asociación estuvo. Cuando muere Quiroga, el diario El Territorio, a los dos días publica: ‘Murió nuestro Rudyard Kipling’”.
“La lección de Quiroga no debe desperdiciarse, nos enseñó anticipadamente que es esencial la comprensión de lo americano, que debemos manejar un espacio geocultural propio como símbolo básico de autenticidad. El paisaje americano está lleno de sentido y son riquísimos y superlativos sus tipos humanos.
Así nos enseñó en toda su obra, pero muy especialmente en los libros publicados en una década brillante, que va de 1916 a 1926. En 1917 aparece Cuentos de Amor de Locura y de Muerte y en 1926 Los Desterrados, libro magnífico en el que el hombre misionero y su paisaje se adueñan por completo de la creación, libro pleno de unidad en el que la realidad misionera es la protagonista.
La recordación de Quiroga debe tener anualmente un sentido profundo. Es el reaseguro de nuestra identidad, en estos tiempos en que se nos ofrece como modelo a seguir, una filosofía decadente, que proclama la muerte de los sujetos; débil y enfermiza, que se conforma con la parodia y el simulacro, que sostiene la aceptación acrítica de una realidad ajena...”.
Fuente: El Diario Primera Edición de Posadas, Misiones
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