Fueron sepultados los restos de Silvia Giménez, militante del PRT-ERP
Homenaje a una mamá necia
Viernes 9 de marzo de 2007

Había sido identificada por el Equipo de Antropología Forense en una fosa individual NN del cementerio de Avellaneda. Su hijo, Emiliano Guido, convocó a su entierro en el cementerio de La Plata como forma de reivindicar su vida y su lucha.

Silvia Noemí Giménez empezó a re-aparecer cuando Emiliano dejó Bahía Blanca y se fue a estudiar a La Plata. De antes, tiene como recuerdo explicaciones confusas mezcladas con fantasías borrosas. Desde ese momento hasta el último domingo 25 de febrero, Emiliano recorrió un camino de rompecabezas, en el que se fueron uniendo las partes de la palabra mamá. De una mamá que le arrancaron a los 15 meses de haber nacido.

Por eso el entierro de Silvia celebró su vida, reconstruyó su militancia, la alegría de la sonrisa que muestra esa foto de la gacetilla que su hijo redactó para homenajearla. “La propuesta es compartir un acto reivindicatorio de mi madre militante y su compañero del alma, Raúl; y, por supuesto, tómese como una grata excusa, de los 30.000 compañeros desaparecidos: los mejores hijos del pueblo argentino, sus inquebrantables soldados. La política, la voluntad de poder, la voluntad de cambiar las cosas a favor de los de abajo fue, justamente, el fuego interno que movilizó su vida, lo que la proyecta más allá de la muerte; en cada gesta irreverente, en cada causa solidaria”, decía en la invitación.

En el cementerio de La Plata, entre su familia, compañeros de militancia de ella y su esposo, también desaparecido, Raúl Alfredo Guido, los compañeros de HIJOS con quienes Emiliano compartió la búsqueda y continuó la lucha, compañeros de su militancia estudiantil, organismos de Derechos Humanos, amigos, organizaciones sociales, el equipo de antropología forense, que con su trabajo identificó a Silvia enterrada como NN en el cementerio de Avellaneda, restituyeron la identidad a una luchadora del PRT-ERP que, hasta entonces, formaba parte esos 30.000 que desaparecieron, que nos quitaron, los asesinos de la última dictadura militar argentina.

Se dijo lo que se debía decir. A Silvia y a Raúl los mataron por su compromiso, por haber resignado la facilidad de una vida predecible para intentar construir otra, en otro sistema. Así aparece Silvia, como una compañera que se reencuentra con quien entienda qué significó su decisión de ser soldado de esa causa. Que se reencuentra con Emiliano que escribe en su lápida, hermosamente moldeada por las manos de la muralista Cristina Terzaghi, “Que madre necia me ha parido, nadie puede matarla. Ella es mi sangre y el pueblo que da pelea. Hasta la Victoria, compañera.”

Por sobre la gran cantidad de adhesiones que recibió el homenaje, hubo dos cartas que dibujaron un puente que atraviesa 29 años, los que hace se llevaron a Silvia y a Raúl. Una de ellas, nos devuelve a Silvia de la forma más humana y familiar; es la de su hermana, Liliana Giménez. La otra, redactada y leída por Sofía Caravelos, quien militó con Emiliano en HIJOS, la une a su generación de militantes y la recupera desde la tarea incansable de abrazarlos, abrazando su lucha.

La “carta de una hermana a la otra”, como Liliana misma la tituló, fue escrita desde Bahía: “He faltado a la cita, a la cita de nuestro reencuentro, aquel que pactamos a lo largo de esos años, cuando tu vida y la mía se entretejían en la tibieza de una familia y en la simpleza de lo cotidiano”

Alicia, una de las primas de Silvia y de Liliana, sostuvo la voz a través de la emoción para poder terminar de leer el retrato de una niñez compartida y una adolescencia donde se iba labrando el ímpetu del carácter que llevó a Silvia a tomar una decisión clara a la hora de elegir entre todas las vidas posibles. “...la adolescencia nos sorprendió preguntándonos el porqué de la infancia desnuda de pan y abrigo, con papá explicándonos desde las palabras y validándolo con los hechos que se podía y se debía pensar en un mundo mejor”.

“Y años más tarde me confesaste perturbada que habías conocido al amor de tu vida; a Raúl “El tero” Guido y que con él comenzarían a recorrer el camino de la lucha por aquel mundo de iguales del que hablaba papá. En esa lucha, me explicarías más tarde, se abandonan muchas cosas: el bienestar económico, el sueño de la casa propia, la seguridad de una profesión, pero....aclaraste conmovida, hay algo a lo que no pudimos renunciar...¡vamos a tener un hijo!”

Las palabras de Liliana trajeron como cachetada necesaria la realidad de una falta que atravesó a la familia, de un duelo postergado que no le permitió estar ahí, presente “Mamá murió de pie, esperándote, Papá escondido en el hueco de un sillón, esperándote. Te pensé de día, te soñé de noche, te lloró mi razón, te buscó mi corazón”. Pero terminó asegurando “Querida hermana, cuando mi razón logre explicarle a mi corazón que estás, parafraseando a Silvio Rodríguez, “entre aquellos elegidos que no caben en la muerte”, iré a la cita corriendo, feliz, a llevarte mi más bella flor”.

Y, después, las palabras de Sofía que iban a cerrar el encuentro. “Muchas veces he imaginado el último instante de la vida de mis viejos. Qué se le pasó por la cabeza. Qué último grito silencioso dieron. Quizás sea una extraña perversión, o quizás sea un ejercicio, que me obliga a repasar, como recurso indispensable, sus vidas”, disparó desde su carta.

Siguió leyendo de un papel entre sus manos firmes “Empecinadamente, nos hemos propuesto aparecerlos. Aparecer a cada uno de los 30000 compañeros desaparecidos, a hombres y mujeres, y también, claro, a las organizaciones que los contuvieron. Sus vidas, antes del tiempo en que los desaparecieran. Para proveernos de un pasado, con continuidad en el presente (...) Y así, construimos a nuestros viejos, los aparecíamos íntegros; ni bronces ni demonios, ni lastimosos fantasmas, ni mesiánicos alucinados. Hombres y Mujeres, madres y padres, estudiantes, obreros, amigos, militantes revolucionarios, artistas, compañeros de trabajo, delegados, vecinos, hijos, soldados”

Y en un relato tenaz de las experiencias que unieron a los HIJOS en sus vidas individuales, primero, y como organización, después, terminó con las palabras más bellas, certeras y dignas para esa jornada.

“No hace mucho, un niño amigo, a propósito de una muerte muy cercana, preguntó, porqué se plantaban a las personas que se morían. Y me pareció una interpretación del entierro muy hermosa. Que me voy a permitir usar hoy con Silvia. Sembramos el pasado porque queremos una memoria fértil. De la que nazcan otras luchas, como ramas de un mismo árbol. Que Silvia no nos deje descansar en paz, no creo que ella le guste estar quietecita. Que ella y los 30.000 compañeros, sean el humus desde donde crezca la organización, la crítica, la imaginación, la revolución. Su militancia, su vida, su historia, sus sueños no desaparecieron. En los que luchan, en los que no negocian, en la voz y en la sangre del pueblo Silvia está.

“Hijos me enseñó a llamar a las cosas por su nombre. A mis viejos militantes. A los desaparecedores: asesinos. Yo no olvido ni perdono, ni a los milicos, ni a todos los que durante estos 30 años perdonaron, con leyes y honores y quisieron que esta historia se pierda en el olvido. El orgullo de sus vidas y de sus muertes, nos corre por las venas como su sangre y los amamos. Y creo que no debemos terminar en silencio. Debemos terminar con aplausos, por la mamá de nuestro compañero Emiliano, por Silvia y Raúl, por los 30000 desaparecidos y por Julio López”. Y entonces, un gran aplauso final.

Una luchadora fue plantada el domingo 25 de febrero por su hijo, Emiliano. Fue regada con lágrimas de bronca por la ausencia y con la convicción, inquebrantable, de que es apareciéndola en su integridad, la mejor forma posible de rendirle homenaje.

Fuente: Inés Barboza

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