
Viene bajando del norte para intentar realizar su cometido. Trae consigo su andamiaje ideológico. Se arropa en una suerte de prolongación de aquella Alianza para el Progreso con que nos obsequiara John F. Kennedy unas décadas antes. Como aquél, viene cargado de generosidad y buenas intenciones, de remedios liberalizadores. Trae, a fin de cuentas, una reactualización más del antiguo anhelo del imperio yanqui, y cuya pretensión ya sintetizara el presidente Monroe -entonces sin mayores eufemismos- con su célebre “América para los américanos”.
Aunque si Bush no tiene más remedio que rescatar del olvido aquella antigua “Alianza” de miras continentales, tal vez ello se deba a que ya no se atreve siquiera a nombrar sus más recientes fracasos.
El ALCA: ¿recuerdan? Lo enterramos en la III Cumbre de los Pueblos celebrada en Mar del Plata en noviembre de 2005. Lo enterramos cuando deberían estar ratificándolo todos los países a los que pretendía engullir. Más de una década antes, allá en 1994, los indígenas de Chiapas le plantaban cara al predecesor inmediato del ALCA, el TLC, que, no obstante, el Méjico neoliberal firmaría con EE.UU. Las condiciones que ese Tratado impuso al hermano país del norte implicaron lo que hoy está a la vista de todos: destrucción de la pequeña y mediana industria, de los proyectos cooperativistas, etc., en pos de la implantación de firmas transnacionales; surgimiento de maquilas donde las condiciones laborales se han retrotraído a las del principio de la era industrial, con jornadas de 14 y 16 horas y ningún derecho laboral; las mafias de todo tipo; la miseria por doquier y la inmigración como última recurso de los pobres ante la falta de perspectivas. Ése es el plan que viene a retomar Bush, el del saqueo de lo mejor y más rentable de cada uno de los países de América Latina. A cualquier precio: de la gente ya se ocupará la naturaleza, entiéndase la muerte prematura del pobre, del enfermo de cualquier cosa, la droga, los pobres matándose entre sí y si no, en última instancia, se construirán más muros allí donde haga falta, que los pobres caben en los discursos pero luego estorban.
Más allá de las razones electoralistas que lo empujen a visitar el “vecindario”, Bush no dejó el rancho desde donde contempla sus huracanes barre-pobres sin mayor motivo. Es que tuvo que emprender el camino de los alquitas. Sin embargo, no está tan claro que también quieran emprenderlo los países latinoamericanos. ¿Hablamos de Venezuela? Mejor oigamos qué nos cuenta Chávez desde el estadio de Ferro. Los alquitas con que viene instigando EE.UU. desde la derrota del ALCA apuntan a cerrar acuerdos bilaterales. Pero ya ahí, cerca del norte, se le da vuelta la tortilla. En Costa Rica 200.000 manifestantes se volcaron recientemente a las calles para impedir la entrada en vigor del TLC. El diputado José Merino del Río declaraba recientemente que “el país está a las puertas de un diálogo nacional amplio, una gran concertación para forjar una nueva Costa Rica, o de lo contrario al borde de una confrontación social”. Así, mientras en ese país se organiza el campo popular, en Ecuador, Rafael Correa asume la presidencia y convoca a conformar un tribunal internacional que juzgue qué hacer con la deuda externa que oprime la economía de su país (en la reciente película Bamako se ficcionaba igual escenario en relación con la deuda impuesta al continente africano). Convoca asimismo a repatriar los capitales sudamericanos dispersos por todo el mundo para viabilizar el nacimiento de una banca capaz de financiar un desarrollo para los pueblos en Latinoamérica. En este sentido, Argentina y Venezuela cerraban recientemente un acuerdo que, sumado a otros tantos, dará nacimiento al Banco del Sur... De todo ello imaginamos que nos hablará también Correa junto a Chávez en Ferro. Bolivia, por su parte, ha emprendido el camino corajudo de la nacionalización de todo lo que se robaron.
Estos rumbos nuevos apenas esbozados aquí -que de distinta índole y determinación marcan una ruptura con la ola de políticas represivas y neoliberales de la década de los noventa- no son sino el reflejo de la lucha interna que se da en el seno de cada uno de nuestros países. Una lucha en que las clases populares resurgen a pesar de todo y vuelven a tener voz a través de múltiples y variados órganos representativos, de los cuales la CTA es un ejemplo fehaciente. De nuestra capacidad en avanzar hacia mayores grados de organización, así como en mantener el pulso firme y atajar los envites de un neoliberalismo en declive pero no por ello inofensivo, dependerá hacia dónde se decante la balanza. Pero como ya venimos demostrando hace cierto tiempo, se puede.
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