
A cada momento se le repite a la audiencia que el reality del Gran Hermano es sólo un juego.
![]() * Secretario Adjunto de la CTA San Luis. |
Daría la impresión que su animador principal y el medio donde se produce necesitan reiterar constantemente esta afirmación para que las aprensiones que causa en algunos sectores sociales se relativicen y el eufemismo disimule ese letargo por donde se desplaza la vaciedad, el murmullo, el embrollo del rumor y las pequeñas insidias de la conspiración, como si se tratara de un laboratorio que ensaya la banalidad, la duplicidad y el desencanto.
Emergen entonces las preguntas: ¿es sólo un juego donde la virtualidad discurre nada más que en un mero espacio de ficción? ¿será lo inverosímil como aparente parodia del contexto un insalubre reflejo de la realidad? ¿expresa este simulacro de reclusión lo que pudiera estar ocurriendo en buena parte del comportamiento social?.
Porque el juego es recreación, diversión, regocijo, donde no hay lugar para los ahogos de la angustia ni para la exacerbación de las tensiones que produce esa dinámica de los vínculos en el que se sabe que la nominación del otro es el camino para lograr quedarse hasta el final. Final que es la coronación de un éxito cuyo mérito, al parecer, radica únicamente en ir desalojando a los demás con las reservas de la señalación mediante, y con la participación del “plebiscito vinculante” de miles de personas que a la vez, y con el solo objeto de sumarse a las tensiones que provoca la vanagloria de decidir quién se va o quién se queda, le aportan ventajosas ganancias a las compañías de telefonía móvil y al canal mismo.
Allí en la convivencia, donde “el adulador se parece al amigo como el lobo al perro” y en el que la vivencia disuelve los límites sin fronteras en un caleidoscopio de modorras y lubricidades, se urde la solapada trama de cortejos y perfidias que a la vez de concluir en exclusiones, prorrogan la esperanza de los que logran seguir permaneciendo, por lo menos, hasta la próxima estación del desencanto. Mientras, la hueca vaciedad de la desidia estira su letargo como viejas fotografías que se empeñan en reciclar secuencias de análogas imágenes. Y la enorme audiencia sigue, participa, conjetura, infiere, se enoja, aplaude, porque quizá sin ser explícito en la intimidad de sus conciencias, se siente estimulada a continuar delante de las pantallas -celular en mano- por sentir aunque fuese un leve ramalazo de poder en una de las pocas oportunidades de “decisión” que tiene para disponer la suerte de las exclusiones.
Aquí no se dice “que se vayan todos” porque importaría la paradoja de una autoexcusión social que se disgregaría por otros albañales, sin más sentido de pertenencia que la liviandad de su propia desorientación. A lo mejor porque juego y realidad se funden y confunden sin bordes precisos alentados por un fisgoneo que anda estirando el cuello por las esquinas del voyeurismo y esto produzca a su vez cierta identificación porque la audiencia está también adentro de la casa, o se le parece, afuera de ella.
Para más, cada vez que parte alguien es recibido afuera tal si regresara de los límites del mundo allí donde el riesgo hace equilibrio entre la vida y la muerte, o como si volviese de la guerra con los trapos del alma raídos de tanta desventura.
Y vaya si cabría preguntarse si esta recepción de los que están afuera se produce porque son ellos mismos los que se van yendo con el añadido de saber lo que ha ocurrido, y es allí, tensiones mediante, que explota una especie de extraño reencuentro con ellos mismos. Insólita algarabía del destierro donde la libertad se confunde en la euforia de los abrazos, con el revés de los depuestos.
Y la cosa sigue, porque la función del Gran Hermano con miles de ojos adentro de la casa, debe continuar.
El caso es que si esta parodia de convivencia que se desilza cuesta abajo por el tobogán de la decadencia, donde se amanceba el ocio con la disipación, la abulia con la intriga y lo trivial con la apostasía, y que además crispa hasta la saturación los niveles de audiencia, es porque no más que el sentido común debiera indicar que algo no funciona del todo bien en la cabeza de buena parte de la sociedad. Quizá el espíritu de los viejos cromagnones haya regresado y esté pagando una vuelta en el cafetín del desdén y del ocaso.
Más allá de los límites que debieran tener algunos programas o medios de comunicación que actúan como verdaderas “usinas de la idiotez colectiva”, lo cierto es que cabalgamos sobre una etapa de transición en cuanto recuperación de pensamiento y paradigmas.
Regresamos de décadas de ser sitiados por el infecundo desierto del relativismo donde la ruleta del todo vale o del nada es mejor hizo estragos en el pensamiento. Nunca será bastante insistir que peor que un ejército de ocupación es el asedio constante de la nada en la cabeza. Justamente para que la sociedad siga siendo un nadie colectivo sin cohesión, sin identidad, boyando sin destino, y con agujeros para que a cada rato esté naufragando la autoestima.
Es la mejor manera de inyectar somnolencia para que todo siga entumecido y resignado, con las mejillas puestas sin sublevar la vida por causas trascendentes.
No obstante la transición hacia otros paradigmas donde los ominosos resabios del pasado colisionan con valores de otra estirpe, corresponde preguntarnos si buena parte de la sociedad asiste a una convivencia donde el espacio de las ciudades dejan de ser virtuales para transformarse en la cotidiana realidad del Gran Hermano.
Allí pues, golpea también entre nosotros los codazos del individualismo, se despellejan por los cargos en cada turno electoral nominando para la defección a los que no caben en la rosca, se somete con la explotación, el clientelismo y el control social donde el ojo del Gran Hermano está siempre al acecho, y se urden las estrategias más perversas para seguir durando en el poder del que también se está preso.
Habrá que poner el despertador del alma en su máxima potencia. Despertar y sacudirse, si no queremos apagar la luz de un País, o de provincias que no nos alcanzan ni contienen, antes que quedemos todos nominados.
recibir ACTA en tu correo electrónico
Piedras 1065 - Ciudad de Buenos Aires - República Argentina
(5411) 4307-6932 - prensa@cta.org.ar - www.cta.org.ar
sitio desarrollado en SPIP y alojado en www.redcta.org.ar