De la Sota y el palco de La Perla
Miércoles 21 de marzo de 2007, por Alexis Oliva *

¿Puede subir al palco de La Perla el próximo 24 de marzo un gobernante que culpó a las Madres de Plaza de Mayo porque "no cuidaron a sus hijos"?



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Secretario de Comunicación y Difusión de la CTA Córdoba Capital.

Si es que va, el gobernador José Manuel de la Sota se sentirá bastante molesto cuando el 24 de marzo próximo tenga que flanquear al presidente Néstor Kirchner en el palco del ex campo de concentración de La Perla en el III Cuerpo de Ejército, que desde ese día será convertido en espacio para la memoria del terrorismo de Estado.

Es posible que una masiva rechifla repudie la presencia del mandatario cordobés en un acto que actualiza las contradicciones ideológicas del Partido Justicialista que quedaron desnudas en vísperas del 24 de marzo del 2004, cuando Kirchner no invitó a los gobernadores al acto en que la ex Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) fue declarada museo de la memoria.

“Yo he sido torturado, preso político y siempre le pedí a Dios que no me dejara tener resentimientos, porque creo que el ’nunca más’ lo tenemos que construir con memoria, pero con toda la memoria y no con una parte", sostenía un resentido De la Sota, en franca adhesión a la hasta entonces oficial teoría de los dos demonios.

En vísperas del acto del 24 de marzo de 2004 en la ESMA, Hebe de Bonaffini había desafiado: “Si van ellos (los gobernadores peronistas), no iremos nosotras”. Y el mandatario cordobés no se privó de retrucar: “Las madres no cuidaron a sus hijos”, emulando aquella terrible frase publicitaria de la dictadura: “¿Usted sabe dónde están sus hijos?”.

Días después, en el congreso del Partido Justicialista tensó la cuerda ideológica interna al reivindicar al secretario general de la CGT en los años 70, José Ignacio Rucci, lo que generó una ovación de los compañeros ortodoxos.

Su pertenencia a esa ala derecha del peronismo resulta doblemente incómoda en el contexto actual, signado por la revisión de los crímenes del terrorismo de Estado, incluso los perpetrados con anterioridad al golpe por el justicialismo fascista enrolado en las AAA.

Basta tener en cuenta que en septiembre del 1974, el mismo mes que asume la intervención federal de Córdoba el brigadier Raúl Oscar Lacabanne y es asesinado por las AAA el ex vicegobernador Atilio López, De la Sota asume con 24 años la Secretaría de Gobierno de la Municipalidad de Córdoba. Políticamente confiable, la conducción del municipio había permanecido intacta después del golpe de estado policial conocido como el “Navarrazo”, que había derrocado en febrero al gobierno de Ricardo Obregón Cano y López, enrolados en el peronismo revolucionario.

Incluso, tiempo antes del golpe militar, el actual gobernador integró la agrupación “De Pie Junto a Isabel”, que pretendía sostener a la presidenta María Estela Martínez de Perón.

Acerca de su condición de “preso político” y “torturado” por la dictadura caben algunas aclaraciones. De la Sota estuvo efectivamente preso desde que un día después del golpe se presentara espontáneamente en el Cabildo hasta el 24 de diciembre de 1976. Fue alojado en la Unidad Penitenciaria Nº 1 de barrio San Martín, donde ingresó sin indicios visibles de tortura. En todo caso, el peligro que corrió no fue precisamente a manos de los represores. Tanto en el pabellón 6 como en el 8, los integrantes de organizaciones guerrilleras allí alojados, a pesar del terror reinante, le espetaron a los guardias: "A este tipo se lo llevan de acá o lo hacemos boleta". Lo ingresaron entonces al pabellón 9, donde un grupo de presos políticos se condolió de su situación y lo recibió en su celda.

Finalmente, por gestión de su entonces suegra, Victoria de Zanichelli -viuda del ex gobernador radical Arturo Zanichelli-, ante un teniente coronel, De la Sota es trasladado a la cárcel de Encausados, donde estaban los funcionarios peronistas más confiables para el régimen, y quedó a disposición del PEN hasta su liberación.

Su historia política desde la vuelta a la democracia registra un episodio progresista. Después de la rebelión carapintada de Semana Santa de 1987, cuando Raúl Alfonsín impulsó la polémica ley de “obediencia debida”, De la Sota pronuncia desde su banca en la Cámara de Diputados de la Nación un elocuente discurso: “No creo que reinstalando los miedos se pueda construir una sociedad. Los argentinos demostraron que habían enterrado en Semana Santa los fantasmas del pasado”, dijo el cordobés en una de las frases más destacadas.

Pero su derrotero posterior convierte a esa intervención en un simple acto de oportunismo opositor.

Coherente con la ideología con que inició su carrera pública, hizo ingresar a la política y al PJ al liberal Domingo Cavallo y a Roberto Urquía, uno de los dueños de Córdoba; ya como gobernador impulsó la re reelección de Carlos Menem; fue socio y patrocinador político de Germán Kammerath; emprendió un vasto proyecto privatizador (finalmente frustrado); ordenó reprimir una protesta de desocupados en Cruz del Eje; vació de contenido y debate el Poder Legislativo; acosó sistemáticamente a la libertad de prensa, y fortaleció el aparato policial y penitenciario al punto de ser bendecido por Juan Carlos Blumberg y el Manhattan Institute.

De modo que seguramente De la Sota estará incómodo en el palco de La Perla, pero sobre todo porque su historia política no tiene nada que ver con el modelo de país con que soñaban los más de dos mil argentinos que fueron víctimas de ese campo de exterminio.

Alguien debería decirle que no suba.

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