Mandato histórico
Genocidio y terror como política de Estado
Jueves 23 de marzo de 2006, por Secretaría de Comunicación y Difusión *

Por Hugo Yasky*. El golpe del 24 de marzo de 1976 significó la irrupción violenta de los que portando el estandarte de la defensa de los valores occidentales y cristianos, tomaron por asalto el gobierno para ponerlo, una vez más, al servicio de los representantes de los núcleos más reaccionarios de las oligarquías locales. Ese golpe formó parte de una contraofensiva que se fue gestando a nivel internacional, ya que quienes ejecutaron la tarea de producir un genocidio y de instalar el Terror como política de Estado, no eran piezas sueltas de un entramado nacional, sino que respondían a un plan que tenía la conducción, el monitoreo e incluso, en algunos casos, la participación directa del Pentágono y la Casa Blanca.

El objetivo buscado era ponerle freno a un proceso de movilización popular que fue fermentando desde mediados de la década del 50. En efecto, la “resistencia peronista” constituyó parte de la génesis histórica de ese movimiento que fue incorporando distintas expresiones de la izquierda y reconfigurando así, un pensamiento nacional impregnado de las ideas del socialismo y de los aportes teóricos de quienes en la década del 60 lideraron los movimientos de Liberación Nacional.

En ese momento, la noción de Tercer Mundo se expresaba en un proceso de fermento popular que asumía distintas formas de disputa por el poder, desde la lucha armada hasta la experiencia del gobierno democrático de Salvador Allende en Chile. Se vivía en una especie de vértigo histórico que se sintetizaba en la idea de que la humanidad “marchaba al socialismo”. Idea compartida incluso por algunos sectores del poder tradicional, que se sentían amenazados por lo que pensaban era la impronta de los tiempos.

Paralizar la fuerza del movimiento popular

El terrorismo que se instaló como Política de Estado ejercida desde la llamada Junta Militar -y en eso se diferenció notablemente de otros golpes anteriores- buscó producir una conmoción brutal que paralizara la energía del movimiento popular y que produjera un infarto masivo capaz de detener la historia. La reconstrucción de la memoria colectiva debe permitir advertir que había un conglomerado de fuerzas y expresiones disímiles, que les sumaban en su diversidad una extraordinaria vitalidad al movimiento popular.

En ese mosaico sobresalía una clase trabajadora que ganaba un protagonismo que los sectores de las clases dominantes comenzaban a ver como amenaza. El país, por el propio desarrollo de sus fuerzas productivas, iba generando cordones industriales donde esa experiencia producía formas de organización y de lucha que iban alumbrando una conciencia de clase en ascenso y en expansión hacia sectores tradicionalmente catalogados como de “clase media”. Se gestaba un movimiento apoyado en una poderosa estructura sindical que, aunque muchas veces jugó vinculada a los sectores de derecha del peronismo, aún así le daba fuerza propia y protagonismo al sector obrero. Esas férreas organizaciones gremiales, más otras experiencias que disputaban por ganar terreno en las mismas, como las “coordinadoras”, que conducían los sectores más beligerantes y lúcidos de los cordones industriales, iban conformando el escenario de una clase trabajadora potente, participativa, con un alto grado de conciencia, y con una fuerte vocación para incidir en la definición de los procesos globales de la Nación.

Junto a esto estaba la efervescencia estudiantil y la proliferación de organizaciones que iban captando elementos de la clase media en el plano de la militancia universitaria. Lo mismo sucedía en los medios de comunicación y en el ámbito de la cultura y del arte, donde se iban asumiendo posiciones cada vez más comprometidas con el movimiento social. Esto abrió paso a la aparición de experiencias de organización política que rompían con la hegemónica subordinación a los partidos políticos tradicionales. Un ejemplo, que muchas veces permanece oculto, es el hecho de que en Misiones, en la última elección que se realiza antes del golpe, gana el Peronismo Auténtico, un movimiento popular surgido desde el fermento de la rebelión contra la hegemonía de la derecha en el PJ.

Encontronazo histórico

Todo esto componía, en el 76, un cuadro que generaba, en amplios sectores de la población, incluso en sectores de clase media baja y algunos de clase trabajadora, una suerte de vértigo, de crispación, que fue capitalizado en términos de lo que los “grupos de tareas” contrainsurgentes denominaban “acción psicológica”. La dinámica febril de las luchas sociales pero, sobre todo, la acción violenta de la Triple A y el grado de “exhibición obscena” con que muchas veces espectacularizaba el asesinato de militantes populares, fueron generando condiciones como para que en algunos sectores de la sociedad se llegara a imaginar erróneamente, que la irrupción de los militares abriría cierto remanso que permitiría recobrar la “normalidad” de una vida menos sujeta a la exacerbación cotidiana. Ese era el discurso del orden con que la derecha fue aislando a los que pugnaban por la transformación social en una sociedad fatigada en medio de las turbulencias de una etapa en la que se enfrentaban fuerzas que estaban en un virtual empate. Porque estábamos en un momento donde, como se suele describir en los manuales, lo viejo que se resistía a morir, no tenía la suficiente fuerza en lo político como para imponerse a lo nuevo, que trataba de abrirse paso pero que tampoco terminaba de instalarse como parte de una nueva realidad. Estábamos en ese particular encontronazo histórico de fuerzas antagónicas, que ha caracterizado los procesos revolucionarios de la humanidad, cuando se produjo la irrupción de los militares como último recurso de los grupos dominantes para producir un vuelco violento en esa correlación de fuerzas. Fue entonces que se utilizaron las armas que la Nación tenía para defenderse a sí misma, justamente en contra de los intereses de la propia Nación. Creo que es la gran impostura histórica de quienes han vuelto las armas contra sus propios hermanos en nombre de la defensa de una sociedad “occidental y cristiana”, que no era otra cosa que el taparrabos que utilizaban los dueños del poder para tratar de preservar el orden que pusiera a salvo la perpetuación de sus privilegios.

El golpe de 1976 interrumpió un proceso que no hubiese podido ser detenido de otra manera que con un baño de sangre. 30.000 desaparecidos y una cantidad incalculable de vidas rotas, por las distintas formas de represión y de exilios que se desataron brutalmente. Ese fue el precio que nos hicieron pagar quienes se sintieron amenazados por aquella ola creciente de demandas, por esa juventud que no se podía poner en caja, por ese fermento tan rico que significaba el encuentro de las culturas de los viejos trabajadores portadores de la memoria histórica de la justicia social, con los jóvenes plenos de ansias de rebelión y de justicia.

Un hecho nuevo, que le dio una enorme fuerza al movimiento popular, y cuyo signo distintivo fue la confluencia de la clase media con la clase trabajadora. Marcando una gran diferencia con lo sucedido en 1955, momento en que la clase media pudo ser instrumentada por los sectores más reaccionarios de la sociedad y por el propio Departamento de Estado yanqui para fortalecer la posición de las oligarquías locales.

Esta confluencia fue el signo distintivo de los tiempos que corrían en la década del 70 y que la dictadura militar vino a abortar.

El golpe: cabecera de playa del neoliberalismo

A mediados de los 70, aquellos que desde el imperio estaban pensando el mundo con una mirada estratégica, comenzaron a ensayar las bases de lo que después fue el neoliberalismo en su expresión más cruda. En sus estudios teóricos caracterizaban al estado keynesiano como esas estrellas que todavía vemos brillando pero que hace rato dejaron de emitir luz. Según ellos, y luego se encargaron de demostrarlo brutalmente, estábamos viviendo los últimos fulgores del aquel estado benefactor. El proceso militar vino a producir la amputación del desarrollo industrial que venía teniendo el país. Preparó, si se quiere, el cadáver para la mortaja que después, en los 80 y mediados de los 90, produciría la aplicación de las políticas neoliberales en su estado salvaje. Por aquellos años, muchos de los que gobiernan hoy en los EEUU, eran jóvenes intelectuales o políticos que escribían libros y artículos que, en el mismo medio político estadounidense, eran considerados como expresiones totalitarias de una ultraderecha que jamás tendría chances de expresarse en políticas reales. El golpe de Estado en Argentina, el de Chile, la guerra de los contras en Nicaragua y las dictaduras que asolaron nuestro continente y otros, fueron cabecera de playa para la extensión al terreno económico de estas ideas.

Los “chicago boys” fueron en los 90 lo que los militares en los 70, en términos de destrucción de las perspectivas que marcaba el movimiento social. El golpe de estado significó una tremenda derrota, no sólo para el campo popular. Marcó un nuevo y atroz retroceso. Volvió a impregnar de sangre la historia de una Nación cuyo pueblo una y otra vez fue sometido a boca de fusil por los grupos dominantes. Produjo un tajo desgarrador en nuestra juventud. Destruyó lo que en ese momento millones de jóvenes, en la Argentina y en el mundo, habían tomado como legado propio de su tiempo y de su edad: abrirle paso a las utopías sociales. El golpe produjo un daño que todavía hoy estamos intentando restañar. Quienes trabajamos en las escuelas vemos muchas veces esa destrucción en la falta de horizontes, en esta especie de ideología bonsái de vivir “día a día” y de sobrevivir sin referencia a modelos éticos históricos con utopías de construcción social.

La recuperación del mandato histórico

Sin embargo, a pesar de las derrotas y las cicatrices que sufrimos, hay una disputa cultural y una lucha política que los militares y la oligarquía han perdido. La supremacía militar fue diluyéndose por las flaquezas políticas y a medida que quedaron al descubierto las atrocidades del genocidio. Y en esto juegan un papel trascendente, que quizás todavía no dimensionamos en la adecuada perspectiva, lo que significó la resistencia de las Madres de Plaza de Mayo. El juzgamiento de las cúpulas militares y el haber logrado la restitución de la memoria y de un principio elemental de justicia con la desactivación de las leyes que consagraban la impunidad, en gran medida es producto de esa resistencia.

Un pueblo, que masivamente va a rememorar los treinta años saliendo a la calle, y una creciente cantidad de chicos y jóvenes que cada año marchan hacia la Plaza de Mayo, demuestran que las reservas de nuestro movimiento popular siguen intactas. Demuestran que estamos en condiciones de recuperar, en el marco de lo que está sucediendo en otras naciones de América, el mandato histórico que no se diluyó en la pólvora que gastaron los militares en la Argentina y en los países de nuestro continente. Estamos en condiciones de construir nuevas victorias para el movimiento popular.


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