Los asesinos del profe
Lunes 9 de abril de 2007, por Arturo M. Lozza *

Carlos Fuentealba -lo imagino- era como uno de los profes de mi hijo, querido por los alumnos, el preferido porque los entendía y era abierto al diálogo; además, no comulgaba con formalismos estúpidos derivados de la disciplina escolástica.



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Por eso nunca había rubricado amonestaciones, escuchaba, movía al debate, al conocimiento. Hasta que un sargento fascista, torturador, asesino, le apuntó a la cabeza y lo mató. Los otros de la policía lo felicitaron por la certeza del impacto. Se escuchó luego gritar a una mujer; “asesinos, están matando a los maestros de sus hijos”.

Pero ellos, educados para matar, están acostumbrados a escuchar cosas por el estilo, no los afecta, son ciegos de conciencia.

Al sargento lo metieron en prisión, algo así como un resguardo ante las iras del pueblo, un abogado se acercó y le aconsejó que no hiciera declaraciones, es posible que lo suelten a los pocos meses y lo vuelvan al servicio, como había sucedido antes.

En 1997 y 1999 el sargento fascista tuvo condena por torturador, montaron el circo y después lo retomaron en la policía: había sumado méritos para ser parte del batallón especial, el de la élite.

El sargento fascista tenía que cumplir solo cuatro años de cárcel, pero el fallo no quedó firme porque se presentó un recurso ante la Cámara de Casación que el Tribunal Superior de Justicia nunca trató.

Así fue como el sargento fascista pudo ese día de manifestación docente, en plena actividad represiva, cuando desde el poder les dejan airear los goces más brutales, apuntar con la escopeta y disparar a la cabeza del profe preferido de los alumnos que pedía por salarios en esa ruta neuquina.

Cabe señalar que ese mismo Tribunal que no colocó en prisión al sargento fascista y cuyos componentes son parte del sistema de impunidad del régimen, es el mismo que, junto al gobernador Jorge Sobisch, le viene negando aumentos de salarios a los trabajadores judiciales en huelga, también, junto a los docentes y estatales.

Esta es, pues, la impunidad que sigue vigente en Neuquén; este es, pues, el terrorismo de Estado que sigue vigente en Neuquén; esta es, pues, la “obediencia debida” de un cuerpo policial al que los regímenes sucesivos sostienen porque sirve de reaseguro a un sistema corrupto, podrido. Esa, con su muerte, fue la última e inolvidable lección que ha dado a sus alumnos el profe Fuentealba.

Lo que sucedió en Neuquén, sin embargo, podría haber ocurrido en Buenos Aires, Santa Cruz, Salta... De sargentos fascistas están llenos los cuerpos represivos. Cuando se los descubre ante la reacción de la gente, se los suele inhabilitar, y al poco tiempo -mecanismo judicial de impunidad mediante- se los reincorpora.

¿Cuántos uniformados presos hay actualmente? Que lo digan. Mataron mediante “gatillo fácil” a cientos de jóvenes, fueron instrumento de la dictadura genocida, torturaron, tiraron al Riachuelo a criaturas, están en el negociado de la droga, coimean, asaltan, dejan zonas liberadas al delito, aporrean con saña a los trabajadores que piden mejores condiciones de vida, realizan todo tipo de vejámenes en las cárceles. ¿Y cuántos policías están en la cárcel? Que lo digan.

En el Poder Judicial sigue presente la impunidad. Actualmente existen 253 procesos por crímenes de lesa humanidad, pero apenas seis han sido condenados en juicio, cuatro por apropiación de bebés. Desde la anulación del “punto final” y la “obediencia debida” los únicos condenados hasta ahora fueron el “Turco” Simón y Miguel Etchecolatz.

En los Tribunales federales existe una Cámara de Casación que tiene una Sala 4, la que, por sus afinidades ideológicas con los militares del “proceso”, es denominada “Sala Militar”, es algo así como una justicia militar funcionando con chapa de Poder Judicial de la Nación. Pues bien, ese es solo uno de los lugares donde quedan frenados los juicios a través de mecanismos burocráticos.

Jueces nombrados por la dictadura y el menemismo, afines ideológicamente a ese neoliberalismo represor subsistente en las entrañas del poder, siguen activos. Y digamos que para desactivarlos existen mecanismos legales, aplicables ahora, que podrían tomarse y que no se toman porque hay unos cuantos que se hacen los osos. Se rasgan las vestiduras, dan muestras de dolor (más aún en etapas electorales), pero no apelan a las cláusulas de los propios códigos y leyes que ellos mismos aprobaron.

En fin, la impunidad esta vez apuntó a la cabeza del profe Fuentealba. Hace siete meses hizo desaparecer al testigo Julio López. Y si no cambiamos el curso de esta historia, los sargentos fascistas nos seguirán esperando a la vuelta de cualquier esquina.

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