Un mundo al cohete
Miércoles 18 de abril de 2007, por Enrique Lacolla *

Los contornos del mundo moderno y de sus problemas centrales no son muy difíciles de percibir; lo que los hace confusos es el lenguaje alienado de la realidad puesto en práctica por el discurso mediático.



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Periodista.

Y, por supuesto, la deliberada ambigüedad de los discursos políticos, especialistas en resignificar las cosas y en quitarles sentido a las palabras al vaciarlas de su contenido. Como la palabra democracia, pongamos por ejemplo, a la que parece identificarse con el imperio de la economía de mercado y el indudable derecho de las minorías a expresarse, olvidando que es también, esencialmente, el derecho que tienen las mayorías a ser escuchadas.

La práctica de un discurso flou, difuso y blando, que disimula una feroz voluntad de poder, está presente en todos los campos, pero en estos días puede constatarse en una cuestión que a la inmensa mayoría de la gente la tiene sin cuidado, pero que sin embargo es expresiva de cómo, tras voltear la página de la Guerra Fría, sus tendencias siguen discurriendo, asociadas ahora a una volátil situación de crisis energética. Ese tema es el de la pantalla “defensiva” de misiles antimisiles que Estados Unidos se apresta a instalar en los países ex satélites de la Unión Soviética, en Europa oriental.

El argumento norteamericano para defender la instalación de esos artefactos en suelo polaco y en la República Checa es que están destinados a proteger a Europa de los “Estados delincuentes” (Irán, Corea del Norte, quizá Siria) que podrían atacarlos con su cohetería. Los responsables del proyecto aducen que el despliegue de apenas unos 10 emplazamientos antimisiles representa una cantidad insignificante y no supone ninguna amenaza contra Rusia, que dispone de miles de ojivas nucleares.

Si se evalúa la situación en su conjunto, sin embargo, las cosas cambian de aspecto.

En primer lugar, Europa occidental (la vieja Europa, según la despectiva expresión de Donald Rumsfeld) no ha formulado ningún pedido de protección que entrañe una medida de ese tipo.

En segundo término, los misiles balísticos que eventualmente pudieran ser lanzados desde Irán o alguno de los otros “Estados delincuentes” no deberían cruzar el territorio polaco o checo, sino más bien el espacio mediterráneo. En el caso de Corea del Norte, no necesita para nada de Europa para direccionar su artillería, que debería tener por objetivo a Corea del Sur, Japón o el extremo norte del hemisferio americano.

El destinatario de la empresa misilística norteamericana no puede ser otro que Rusia, por lo tanto. Se puede sostener que, en este momento, esa pantalla antimisiles no podría parar la balística rusa de ninguna manera, pero esto puede no ser tan cierto de aquí a unos años. Y el precedente de un avance de Estados Unidos hasta los umbrales mismos de su antiguo rival habría quedado sentado y estaría en vías de convertirse en un hecho consumado.

Costo

Con esto queda demostrado el costo de la política de Mijail Gorbachov y sus primeros sucesores de la era post soviética, así como el sentido en última instancia defensivo que había tenido el “glacis” de países satélites generado en 1945 por la URSS durante la conferencia de Yalta.

Sorprende, por otra parte, la pasividad con que la “vieja Europa” contempla estos ejercicios militares en un espacio geoestratégico que bien puede reclamar como propio. En este sentido, parecería estar dando razón a Rumsfeld, pues semejante actitud (o falta de actitud) testimoniaría una carencia de voluntad política asociable a una inexorable decadencia.

Es posible, sin embargo, que por simple inercia el problema termine involucrándola de una u otra manera en él. Rusia puede inducirla de forma indirecta a tomar cartas en el asunto a través de la extorsión energética: Europa occidental depende en gran medida del suministro del petróleo y el gas rusos. Y la dimensión militar del tema tampoco puede ser dejada de lado; aunque las cosas pueden no ofrecerse en los dramáticos términos en que se planteaban en los tiempos del Pacto de Varsovia, el peso militar de la aplanadora rusa siempre ha poblado el imaginario europeo.

La historia gravita con frecuencia de manera súbita e impensada en los desarrollos del día a día. La intransigente actitud polaca respecto de Rusia, que bloquea el margen de maniobra de la Unión Europea hacia el gran vecino del Este, ¿no devuelve a la memoria el verano de 1939, cuando la negativa de Varsovia a tratar con Moscú paralizó las iniciativas anglofrancesas para entenderse con Stalin y abrió el espacio para el pacto Ribbentrop-Molotov?

Desde luego, las expectativas actuales no son ni remotamente tan dramáticas, pero están informadas por el mismo tipo de tendencias.

Irán

Otro espacio donde la confusión deliberada reina es en el Medio Oriente. A propósito del problema palestino desde luego, y desde hace mucho tiempo, pero en este momento sobre todo en el absceso que la política estadounidense ha creado en torno de Irak e Irán.

Si prestamos atención al discurso “bushiano” el propósito estadounidense es restablecer la democracia y aposentar a la región en unas condiciones donde imperen la armonía, el desarrollo y los instrumentos democráticos de gobierno. Los hechos, por supuesto, dan un mentís constante a esta afirmación. Pero el discurso propagandístico insiste en ese “principio de orquestación” -como calificaba Josef Goebbels a la repetición desde diversas perspectivas de una mentira hasta convertirla en verdad- no tanto para lograr este objetivo como para enturbiar los verdaderos propósitos de la presencia norteamericana en la región.

¿Se trata en efecto de instaurar la democracia o alguna clase de orden viable o más bien de la administración de un caos controlado en el que se derramará la sangre de chiítas, sunitas y kurdos, hasta englobar a Irán en el estropicio y eliminarlo perdurablemente como factor de poder? Las fuentes del petróleo podrían ser sorbidas entonces hasta su última gota, sin pretensiones locales que incidan más allá de cierto límite en el costo del producto y, por consiguiente, en la creación del margen de ganancia, principio sacrosanto que sustenta al sistema capitalista como a un todo.

La apuesta es tan alta que la opción nuclear para “acabar” con el problema iraní está siendo tomada muy en cuenta.

No cabe hacerse ilusiones en este sentido. Nada hay que pueda detener al complejo de fuerzas que maneja las grandes resoluciones de la política mundial. Cuando mucho, el caos que seguiría a una intervención de este carácter arriesgaría provocar una gran indignación popular a nivel mundial, pero no hay, en el concierto de las potencias vigentes, una decisión de salir al paso de semejante enormidad con el único factor que sería capaz de disuadir a la fuerza agresora: una réplica equiparable a la magnitud del golpe que propinaría.

Los próximos días, semanas o meses nos ilustrarán sobre la evolución de esta política, verdadero trasfondo de las declamaciones del democratismo al uso. Y la inminencia del ataque podrá evidenciarse a través del montaje de alguna provocación y, sobre todo, del uniformamiento mediático y del incremento de la neblina informativa.

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