
El único discurso creíble en la Argentina política de los últimos días fue el que pronunció, transida de dolor, la compañera de Carlos Fuentealba, el docente fusilado en Neuquén.
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El único signo de vida en el cuerpo de la Nación fue la reacción de la sociedad neuquina y del país ante la represión criminal de los que luchan por sus derechos. Lo único vivo es esta nueva manifestación de "contrademocracia", como define Pierre Rosanvallón a la expresión directa de las expectativas y decepciones de la sociedad.
Para el pensador francés, hay dos momentos en la democracia: el electoral y las intervenciones ciudadanas que buscan corregir los olvidos, las relajaciones y las desviaciones del poder. Entendamos bien, la "contrademocracia" no es lo opuesta a la democracia sino su esencia, "la democracia de poderes indirectos diseminados en el cuerpo social".
El divorcio entre el discurso político y el de la sociedad es más que evidente. La multitud en la calles lo testimonia. Una muestra palpable de este divorcio es la ausencia de todo dirigente político, con excepción de los dirigentes sociales, en las movilizaciones populares masivas. ¿Alguien vio en la marcha cordobesa a Schiaretti, Juez, Negri, Di Cola, Campana, Giacomino, etcétera? Muchos de ellos sí peleando el primer plano al lado del obispo en la manifestación de fe del Jueves Santo. ¿Qué piensan, verdaderamente, más allá de una declaración fugaz y casi siempre oportunista? Si es cierto su repudio, ¿en función de qué se sienten exceptuados de "poner el cuerpo", como lo hace el pueblo, por una convicción, por un derecho? Hay una vocación de casta en nuestros políticos, cuya "ajenidad", con respecto a la sociedad es la razón de "los olvidos, las relajaciones o las desviaciones del poder".
El asesinato del docente neuquino forma parte de una concepción política que niega los derechos sociales, que niega toda posibilidad de protesta, que considera toda movilización popular como un hecho de violencia y admite la barbarie represiva. No hay dudas de que, como dice la compañera de Fuentealba, fue Sobisch quién jaló el gatillo. No se trata de un "accidente", no se trata de una "excepción", no se trata de un "exceso". Es la consecuencia lógica del pensamiento de los que, en un país de evidentes injusticias, claman por el orden como valor supremo; los que en un país de disparidades hirientes, privilegian el libre tránsito por sobre la lucha por la subsistencia, por el derecho a la protesta. Todos los represores de los que luchan y ponen en riesgo el orden de ciertas digestiones -desde la dictadura del proceso a Sobisch, pasando por De la Rúa-Mestre del 20 y 21 de diciembre histórico, Duhalde de Kosteki y Santillán y una larga lista-, apelan a la figura del "exceso" para explicar lo inexplicable: que la posibilidad de la muerte y de los golpes está en la lógica de su concepción autoritaria y represiva, ligado a una visión económica. El ejercicio de la "contrademocracia" desnuda la unidad del discurso represor. Lo hace explícito. Ellos "confiesan" que lo volverían a hacer. Como lo hace Sobisch, patético, mirándonos desde la televisión.
Neuquén, Santa Cruz y Salta, a través de la lucha principalmente de sus docentes, pero no sólo de ellos, comenzaron a gestar una manifestación de "contrademocracia", cuya esencia no es distinta a las movilizaciones originales de los piqueteros, de las jornadas de protesta de diciembre de 2001, de la acción de los nuevos movimientos sociales. La esencia no puede ser distinta, porque en definitiva lo que está pendiente en el país, desde la restauración democrática es la inmensa deuda social interna, que la dictadura consolidó para implantar el modelo del neoliberalismo hegemónico y que el menemismo llevó al paroxismo.
Es evidente que Kirchner no es Sobisch. Es seguro que no es Menem. Tampoco es De la Rúa. Pero no es menos cierto que la deuda social impuesta por la dictadura y consolidada por Menem sigue pendiente. Como escribe Eduardo Aliverti, entre la situación de los docentes santacruceños y los neuquinos, lo que acaba de marcar la diferencia es un asesinato. Fuentealba -como antes Teresa Rodríguez, Kosteki, Santillán y tantos otros- es sinónimo de represión, pero sobre todo de lucha. La injusta distribución de la riqueza sigue beneficiando a los que ya se beneficiaban.
La desigualdad progresista, como la llama Raúl Zibechi, basa la nueva gobernabilidad en la continuidad del proceso de concentración de riqueza, mezclada con el control de los pobres a través de subsidios y clientelismo. Y con una clase media de obreros y empleados que está pagando los costos de los subsidios a los más pobres y el escandaloso enriquecimiento de los más ricos.
El gran dilema es que la "contrademocracia", como expresión de las expectativas y las decepciones de la sociedad está cada vez más lejos de la democracia, como escenario de la política. Y los sectores populares siguen poniendo los mártires, en grandes explosiones de descontento, pero simultáneamente, cuando se acercan al límite, cuando observan las alternativas, manifiestan como lo recuerda Aliverti, una resignada conclusión electoral: "es lo que hay". ¿Qué pasaría si fuéramos capaces y corajudos, arriesgados y punzantes, y todos votáramos a Fuentealba?
* Periodista, diario La Voz del Interior de Córdoba
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