Al cumplirse 4 años de la masacre de Avellaneda
La CTA participó de los actos de Puente Pueyrredón
Martes 27 de junio de 2006, por Secretaría de Comunicación y Difusión *

Distintas organizaciones que forman parte de la CTA porteña se sumaron al reclamo de justicia por los asesinatos de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, a cuatro años de la masacre en la Estación de trenes de Avellaneda.

Trabajadores de distintas organizaciones que componen la Central, como los estatales, los de la energía y territoriales del Movimiento Desde Abajo, se encolumnaron detrás de la bandera de la CTA Capital y se movilizaron sobre el Puente Pueyrredón, junto a otras organizaciones sociales, sindicales y de derechos humanos.

El objetivo fue rendir homenaje a los luchadores populares y continuar con el pedido de justicia para que los responsables político-ideológicos de la masacre sean juzgados al igual que a los policías que ejecutaron a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.

Además, la CTA adhirió a la propuesta del Frente Popular Darío Santillán, que promueve cambiar el nombre de la estación de Avellaneda, por “Darío y Maxi”.

Memoria

Un grupo de diputados nacionales, encabezados por Eduardo Macaluse del ARI y Claudio Lozano, miembro de la Mesa Nacional de la CTA, presentaron un proyecto de Ley para que la estación Avellaneda del Ferrocarril Roca pase a llamarse "Darío y Maxi", en memoria de los militantes sociales Darío Santillán y Maximiliano Kosteki que fueron asesinados en ese lugar por la represión policial en 2002.

"Sus nombres representan la dignidad y la solidaridad, en contraste con la prepotencia y la crueldad de los poderosos que planificaron y ejecutaron sus crímenes", sostuvieron los autores y agregaron que "el cambio de nombre de la estación constituirá un paso más acompañando al reclamo de justicia, para que sean investigados y juzgados quienes tuvieron responsabilidades políticas y penales al ordenar, avalar y encubrir la acción criminal que terminó con la vida de estos dos jóvenes luchadores sociales".

Darío
Por Tabaré Alvarez*

Darío. Que lo han muerto, dicen. Como en aquella canción que, “señora dicen dijeron, dice mi madre, dijeron, que vieron al guerrillero”. Que lo vieron pasar, que lo vieron a Manuel Rodríguez, muerto asesinado en Til Til, Chile, en 1818. A Darío lo asesinan en 2002. Casi dos siglos. Otro país de este solo país que somos, latinoamericanos. El homenaje, la memoria tiene la misma matriz, desde Tupac Amaru hasta Felipe Vallese y los 30 mil asesinados por la dictadura.

Una noche de hace años, en Catavi, Bolivia, un minero va poniendo sobre la mesa fotos donde se ve como van llevando a un grupo de hombres por un desierto. Eran siete fotos. En la penúltima foto de la secuencia, ya visten sólo calzoncillos, alguno sin nada -los desnudaron para no manchar la ropa y robarla-, uno de los prisioneros tiene las manos en ruego, pide clemencia. Ese es mi hijo, dirá, dijo el viejo minero. En la última foto, ya están los cuerpos desparramados, cadáveres. Como Margarita Belén ¿Dónde está la diferencia? De Til Til a Margarita Belén hay un paso y 200 años.

Bueno. Cuando se recuerdan o miran las fotos de ese aciago día, fotos o imágenes televisivas donde se puede ver a la bestia, verlo siempre cerca de Darío. Esa sucesión de imágenes donde la bestia con uniforme policial, lo tiene en la mira. Lo sigue entre la multitud, una multitud que reclama pan, trabajo, derechos y la bandera de Manuel Rodríguez o el Che, como si fuera una eterna carrera de postas, donde el mensaje a trasmitir es el mismo: el derecho de los pueblos. No a la explotación, no al hambre de un niño. Derechos, al estudio, al trabajo, derechos. A veces, llevar en alto esa bandera, cuesta caro, cuesta algo tan preciado como para que la bestia te persiga entre la multitud y vaya por tu vida.

La mano asesina es la misma. El sicario que dispara el arma, que ha perdido buena parte de su condición humana, conforma la otra línea de la historia: quién asesinó en Til Til, o tiró a Azucena Villaflor desde un avión en vuelo sobre el Río de la Plata, es quién ahora tortura en Guantánamo, que son los mismos que “cazaban negros” en todo el territorio africano o levantaban en los años de plomo, delegados en la fábrica Ford, los desaparecían.

Darío es parte, quedó, por amor al otro, atrapado entre esas dos líneas en la cual viene conjugándose la historia, conformándola.

Entonces, a su memoria.

Y Darío y esa alegría que tiene en la foto que ilustra esta nota. ¿A quién le está haciendo ese gesto? Allí quedó, detenido, fijado para siempre en ser sangre y pueblo. Esta foto nos lo trae con la juventud que le estallaba en todo un futuro que no fue. Y es ahora, nuestro canto, “señora, dicen dijeron, dice mi madre, dijeron, que vieron al guerrillero”. Lo vieron. Verlo pasar, en Margarita Belén, en Til Til, en una tumba sin nombre, siempre, por la memoria, verlo pasar, con esta sonrisa.

Ni olvido ni perdón.

*Artículo publicado en el Boletín del Frente Transversal Nacional y Popular.


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