
Del archipiélago rosarino: una isla de la fantasía para pocos y muchas otras que están en medio de pesadillas generadas por la pobreza impuesta en los años noventa cuya matriz sigue invicta.
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* Periodista. |
Sarmiento y Córdoba, una de las mitológicas esquinas de la ciudad de Rosario.
Allí, desde finales del siglo diecinueve, existe una tienda de varios pisos, "La Favorita", que al principio era de capitales españoles y constituyó todo un hito en la crónica mercantil de la ciudad y la región y que, entrados los tiempos de las privatizaciones, terminó en poder de capitales chilenos.
En estos días del tercer milenio, la tienda, "Falabella", funciona con la lógica de los dueños de casi todo.
Seguridad privada, derechos privativos del que pueda pagar, privar de lo que sea al que no pueda pagar.
Cinco chiquitos de la comunidad toba, pueblo originario que comenzó a llegar a la ciudad con una de las tantas crecidas del Paraná en los años ochenta del siglo veinte, intentaban vender estampitas en el hall de Falabella.
El jefe de la seguridad privada les tiró gas pimienta.
Los trató como delincuentes. Los pibes tienen entre ocho y once años de edad. Son nenes. Sin embargo, el guardia tenía clara su consigna: solamente tratar como seres humanos a los que vienen a comprar. Los demás son desechables y, potencialmente, criminales. Y así procedió.
Tres mujeres lo vieron. "Los chicos -tres nenas y dos nenes de entre 8 y 11 años de la comunidad toba- fueron tomados del pelo por cuatro guardias de seguridad de la tienda Falabella, quienes los encerraron en un hall que da a la calle Sarmiento y les arrojaron aerosol tóxico en la cara. Una de las nenas pudo escaparse, mientras que los otros cuatro quedaron atrapados. Los dos varones, de 8 y 11 años, se llevaron la peor parte: personal del Servicio Integrado de Emergencias Sanitarias (SIES) debió atenderlos porque presentaban un cuadro de irritación ocular, náuseas y vómitos", repitieron las crónicas periodísticas.
A partir de entonces, la tienda Falabella comenzó a informar que el guardia había sido separado del plantel de la empresa y negaba la identidad del mismo.
Incluso los organismos de derechos humanos de la ciudad que trabajan en el tema, denunciaron que algunos abogados allegados a la firma ofrecieron dinero a las familias de las chicas y chicos para despejar cualquier perjuicio contra la empresa de capitales chilenos.
"Como madre me sentí muy mal. Son criaturas ¿Cómo les pueden hacer una cosa así? Y en el negocio siguieron trabajando como si nada hubiera pasado", dijo Paula Mujica, una de las testigos en diálogo con los periodistas.
Según Cristina Solana, psicóloga y militante de ATE Rosario, "esto es un acto de discriminación y por lo tanto constituye un delito hacia los niños, que además de ser niños, son pobres y son tobas. Es una vergüenza que no podemos permitir", indicó al mismo tiempo que iniciaba una pelea que todavía no terminó.
En los grandes medios de comunicación de la ciudad, en tanto, ya casi no se habla del tema. Falabella es uno de los principales clientes en cualquiera de esos diarios. Parece que simplemente se trató de una "locura" de un guardia desquiciado.
Sin embargo, el gas pimienta y las consignas no formaban parte de la iniciativa personal del empleado sino que expresaba la ideología y la ética de la empresa. Los cinco chicos tobas, en tanto, seguirán sufriendo los embates de los que dominan la ciudad archipiélago.
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