
El Día del Periodista rinde homenaje cada 7 de junio a la aparición de "La Gazeta de Buenos Ayres", creada en 1810 por orden de la Primera Junta de Gobierno y redactada por Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan José Castelli.
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* Secretario de Comunicación y Difusión de la CTA Córdoba Capital. |
No por casualidad los más auténticamente revolucionarios entre aquellos revolucionarios patriotas que derrocaron al virrey Cisneros.
"¿Por qué se han de ocultar a las Provincias sus medidas relativas a solidar su unión, bajo nuevo sistema? ¿Por qué se les ha de tener ignorantes de las noticias prósperas o adversas que manifiesten el sucesivo estado de la Península?... Para el logro de tan justos deseos ha resuelto la Junta que salga a la luz un nuevo periódico semanal, con el título de la Gazeta de Buenos Ayres", escribió Moreno en aquel primer número. Y fue en Córdoba donde el "Primer Congreso Nacional de Periodistas" estableció en 1938 el 7 de junio como Día del Periodista.
Eso dicen los libros de historia.
Noticia es el relato de todo aquel acontecimiento en que se vea afectada la vida, que involucre a mucha gente, que ocurra cerca en el espacio y en el tiempo, que tenga proyección a futuro, conflicto, protagonistas importantes, relevancia social, entre varios otros "criterios de noticiabilidad". Lo que en otras palabras significa que las noticias tienen que hablar de la gente y servirle a la gente. Eso dicen los libros de periodismo.
En este país por el que soñaron, pelearon y ofrecieron sus vidas los patriotas de Mayo, mueren cien niños cada día por hambre y enfermedades de raíz social, causas absolutamente evitables en un país con menos de 35 millones de habitantes, el cuarto exportador de alimentos del mundo, con recursos potenciales para darle de comer a 300 millones de personas.
Eso dice la realidad: en el país de las vacas y el trigo, muere de hambre un niño cada 14 minutos. Pero en lugar de ocuparse de ese drama que concentra los más importantes "criterios de noticiabilidad", las tapas de los diarios muestran el devenir de nuestros créditos tenísticos en Roland Garros, el exótico paseo por La India del Gobernador de Córdoba José Manuel De la Sota y su novia, los puntos de rating que marcó la danza del caño de una vedette en el canal que -obvio- pertenece al mismo grupo económico que es dueño del diario que da esta "noticia".
Eso dicen las tapas de los diarios mientras mueren cien chicos por día. ¿Significa esto que los periodistas están haciendo mal su trabajo? No necesariamente. Ocurre que ya no son periodistas los que deciden qué porción de la realidad aparece en la tapa de los diarios.
Son los hombres de negocios los que definen la noticia actual. Y los periodistas, los verdaderos periodistas que resisten el cotidiano embate de los hombres de negocios sobre su trabajo, hacen lo que pueden.
Hacen lo que pueden contra la autocensura empresarial, contra el lobby político y económico, contra la persecución judicial, contra la precarización laboral, contra toda la nueva batería de variados recursos con que el poder cuenta para silenciar a los verdaderos periodistas.
Pero siempre fue difícil dar las noticias que son noticia. Es más, hace tres décadas hubo una época oscura en que era mucho más difícil mantenerse fiel a la noticia y a la verdad, lo que le costó la vida a un centenar de periodistas. Uno de ellos se llamó Rodolfo Walsh y "fue el mejor de nosotros", suele decir Osvaldo Bayer.
Un año después del golpe de Estado que inauguró esa época oscura, Walsh publicó una Carta Abierta a la Junta Militar, donde desnudaba el terrorismo de Estado e informaba que "quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror".
Quince mil es exactamente la mitad de la cifra total de desaparecidos que dejó la dictadura en los siete años y medio que duró. También revelaba Walsh en esa Carta que el terrorismo de Estado tenía como correlato una política económica que "sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales".
En medio de la censura explícita, la desinformación y la persecución, y con las limitaciones técnicas de la época, Walsh se las arregló para investigar y denunciar que en 1976, el año más duro de la dictadura, ya habían asesinado a la mitad de sus víctimas totales. Y por qué las habían asesinado. Walsh envió su carta el 24 de marzo de 1977, día del primer aniversario del golpe.
Al día siguiente lo mataron. O sea, lo mataron en definitiva por la misma razón que hoy mueren cien niños por día. Una vez le pregunté a Patricia Walsh qué cosas escribiría Rodolfo, su padre, si estuviera vivo. "Creo que escribiría sobre deuda externa, lavado de dinero, concentración de grupos económicos, distribución de la riqueza en la Argentina...", conjeturó. -¿Sería un periodista "exitoso" si viviera hoy?
Mi viejo nunca tuvo un mango -dijo Patricia entre risas-, porque no quiso tenerlo. Porque tener un mango hubiera significado aceptar cosas que le ofrecían muy insistentemente en la década del 60 y del 70, como ser jefe de redacción o director de alguna publicación que estuviera colaborando con el régimen de turno. Como nunca aceptó tener ese nivel de colaboración, siempre fue lo que se llama un periodista independiente, un periodista por la suya. El resultado fue que vivió siempre muy pobremente.
Otra vez le pregunté a Sergio Ciancaglini, editor del portal www.lavaca.org, por qué había optado por largar todo y crear un medio alternativo siendo un periodista reconocido e incluso habiendo desarrollado un trabajo digno y comprometido en varios medios de la prensa hegemónica.
"Es que yo no me hice periodista para ser virrey de la sección Política, o emperador de Economía. A mi me gusta escribir, salir a la calle, y cuando vas ocupando jefaturas terminás convirtiéndote en una especie de jefe de personal y dejás de ser periodista", contestó Sergio. Y agregó que los grandes medios empresariales "antes todavía creían en el periodismo... Hoy son un medio de extorsión. Y un periodista que quiera decir la verdad, no tiene lugar ahí".
Tal vez la lucha para reconciliar a la noticia con la verdad y con la vida tengamos que empezar a librarla en las redacciones, para independizarlas de esos virreyes -y sobre todo de los reyes- que han puesto a sus medios al servicio de un modelo de país que condena a muerte a cien niños por día. Para que algún día podamos no dar esa noticia, no porque no nos dejen, sino porque ya no ocurra.
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