
En forma creciente, las mujeres se animan a trabajar en la construcción. El Instituto Provincial de la Vivienda de Mendoza tiene un programa por el cual contrata beneficiarias de planes sociales para levantar casas. Esta oportunidad fue tomada por el Movimiento Triple Frontera (MTF-CTA) que formó una cooperativa para darle vida a este sueño.
Las mujeres han logrado meterse en un rubro de trabajo hasta ahora exclusivo de los hombres. Aunque parezca extraño, el mal llamado “sexo débil“ empuña el pico, la pala, carga ladrillos y levanta paredes para sumarse al ejército de trabajadores de la construcción.
En Mendoza por una mezcla de profunda necesidad y ganas de insertarse en el mundo laboral hay mujeres que están aprendiendo el oficio de albañiles, formando un nuevo filón laboral. Hasta ahora al menos la incursión de las damas en la construcción está ligada a la convocatoria del Estado y no de la iniciativa privada.
Esto porque el Instituto Provincial de la Vivienda (IPV), junto con el Ministerio de Desarrollo Social, idearon un programa que convoca a hombres y mujeres que son beneficiarios de planes sociales para trabajar como albañiles con capacitación extra. La propuesta incluye el pago de un sueldo sin perder el beneficio de los 150 pesos que cobran por el plan social.
Los proyectos incluyen la construcción de centros de integración comunitaria, una especie de salones de usos múltiples que el Estado está construyendo por los barrios; además el plan propone la construcción de viviendas en grupos de cuatro de 54 metros cuadrados cada una destinadas a los propios beneficiarios.
“Para esto las mujeres y hombres interesados, además de cobrar un sueldo, pueden aprender un oficio y tener la casa propia”, explicó Oscar Núñez, encargado de llevar adelante el proyecto del IPV. Deben reunirse y conformar una cooperativa donde como requisito impuesto por el Estado la mitad de los integrantes deben ser beneficiarios de planes sociales, explicó el arquitecto.
En total -completó Núñez- hay 85 cooperativas en la provincia donde, en promedio, 30% de sus integrantes son mujeres. Hasta ahora han terminado la construcción de 20 centros comunitarios mientras que hay 12 en ejecución y está prevista la construcción de 15 más. En cuanto a la casas, hasta ahora hay 20 en ejecución.
Si la obra no supera el plazo previsto, que es de entre seis y ocho meses, cada uno de los integrantes de la cooperativa se asegura un sueldo de 805 pesos por mes, completó Núñez. Esto porque el Estado destina un monto fijo para cada obra y se va pagando a los obreros por certificación de avance de obra. Como en algunos casos las obras avanzan lentamente porque la mayoría de los beneficiarios no son profesionales de la albañilería, cobran mucho menos de lo previsto.
Esta incipiente incursión de las mujeres en un oficio de hombres hasta ahora es sólo por necesidad, pero podría convertirse en una alternativa laboral sólida si se tiene en cuenta que hay rubros específicos de la construcción donde entra en juego no la fuerza sino el trabajo de precisión.
Por eso en las terminaciones de la obra fina (pegar cerámicos, hacer detalles), las mujeres pueden hacerse un lugar dentro de este rubro, sostuvo el arquitecto.
“Gano menos que de empleada, pero el trabajo me parece lindo”, dice
Jésica Evangelina Olguín, 27 años, Cooperativa Triple Frontera-CTA. “Me enteré de la posibilidad de trabajar acá porque participo en el movimiento de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), nos contaron que podíamos trabajar en una obra y dije ‘¿por qué no?’. Preguntaron quién quería y yo dije que sí para sorpresa de muchos. Soy soltera y tengo un hijo de 5 años, no tengo casa, vivo con mi papá y mi hermana. Al principio les pareció raro que eligiera este trabajo, y aunque gano menos que como empleada doméstica, me parece lindo”.
“A mí me enganchó la idea de que voy tener mi propia casa, pero después quiero seguir haciendo esto”, agregó convencido.
“Los compañeros nos tienen demasiada paciencia, nos enseñan y colaboran con nosotras, pero como aprendemos rápido, les vamos a terminar dando una patadita”, dijo con una mirada cómplice a sus compañeras.
“Aprendimos de todo, a zanjear, a armar columnas, levantar paredes y pegar cerámicos”, contabilizó esta chica.
“Vendía tortas, pero aprendí a hacer este trabajo y me gustó”. Relata Graciela González, 27 años, Cooperativa Triple Frontera-CTA
“Yo no tenía un trabajo fijo, hacía tortas para vender como contraprestación por el plan social que recibo, para la CTA. He trabajado en fábricas en la temporada de verano o como empleada doméstica, pero este trabajo me gustó; yo no tenía ninguna idea de todo esto, pero aprendimos. Estoy casada, tengo dos nenas de 8 y de 5 años y no tengo casa, vivo con mi suegra. Al principio a mi marido no le gustaba nada que trabajara acá, decía que era muy pesado y que llegaba muy tarde a la casa, pero después se acostumbró”, contó.
“Al principio me resultaba pesado, terminábamos molidas, pero ahora nos hemos puesto cancheras; ya aprendimos tanto que ahora los muchachos nos mandan a nosotros y ellos no quieren hacer nada”, ironizó entre las risas de todas.
“Ahora tengo ganas de seguir, cuando logre construir mi casa voy a seguir trabajando porque hay muchos compañeros que también necesitan techo, voy a seguir poniendo pilas hasta donde llegue”, remató.
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