El significado de la Biblioteca Nacional
Miércoles 27 de junio de 2007, por Horacio González *

Mucha gente me pregunta por la Biblioteca Nacional, antes y después de la polémica, que fue bastante notoria.



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Filósofo, docente y director de la Biblioteca Nacional.

Tanto que cuando voy a tomar un café al bar de la esquina de mi casa, el Británico (que ha sido reabierto), los parroquianos me preguntan - ¿Cómo va la Biblioteca?

Suelo responder que es un potro salvaje cabalgando en el fango... y después me arrepiento un poco decir eso, porque efectivamente corcovea mucho y hay al mismo tiempo posibilidades de ser pensada como una de las grandes instituciones culturales del país. De hecho ahora lo es por el sólo imperio de su presencia simbólica. Eso que alguna vez se me ha criticado de llamarla un encadenamiento de símbolos, me parece que la mantiene y enhebra los momentos de su vida por el sólo hecho de recordar a su fundador Mariano Moreno, la presencia de Borges, de Bruzac, que estuvo cuarenta años (hay que estar cuarenta años en una institución argentina, es el sueño del pibe del político). Pero este era un personaje extraño, una especie de Káiser de la política argentina porque su condición de francés le permitía impartir improperios y lucidez por todos lados, como gran pensamiento del orden conservador de la argentina.

La biblioteca atesora hoy, digo la palabra tesoro porque como en un banco, es propio para designar los libros que se guardan. Atesora buen parte de la memoria del país hecha libros, hecha texto, hecha escritura. Hay libros escritos en los márgenes de puño y letra de San Martín (eran sus libros), están los libros que Borges escribió de puño y letra también en las márgenes, con su letra apretadita, chiquitita. ¿Esto qué quiere decir? Están los libros relevantes de la historia del libro y, al mismo tiempo, está la historia de cómo fueron leídos, dramatizando el hecho de que un libro siempre encuentra a su lector, y muchos de esos lectores escriben en los márgenes en un intento -a veces irónico o impropio- de extender el libro más allá de lo que el libro dice. Que es un poco la idea del libro, extenderlo hacia otros confines.

La Biblioteca Nacional es todo eso, guarda cosas que incluso ahora se encuentran, no porque no se sepan que están y que viejos empleados no la recuerden, sino que cada uno que llega de repente se sorprende -como es mi caso- que ahora se encontró un manuscrito, un poema inédito de Oliverio Girando. Pero lo encontré yo, se encontró para mí, hay viejos empleados que sabían que existía. Pero yo digo “encuentro” porque en realidad contiene inesperadamente, por el solo peso de su presencia acumulativa, sorprendente documentos de la vida intelectual, cultural y científica argentina.

Esto es el encadenamiento de símbolos: es el peso que hoy determina todo lo que se debe hacer en materia de modernización. Para terminar digo que esta palabra pesa, porque también con recordar a Mariano Moreno no alcanza, pero si hiciéramos una modernización técnica inevitablemente va a tener, y ya tiene, el signo de una informatización más adecuada, con el software adecuado (esa palabra hoy forma parte de nuestro lenguaje)

Es decir, con qué decisiones vamos a actuar en función de un sistema de acumulación de datos, que al mismo tiempo sea una base destinada a tener una fuerte discusión en el mundo de los lectores que consultan los libros. Pero esa articulación entre el pasado y presente, como diría el viejo Antonio Gramsci, o sea su legado y al mismo tiempo su modernización, es uno de los grandes empeños de cualquiera que esté en la Biblioteca Nacional.

Esa articulación de su aspecto cultural con su aspecto técnico, nos lleva al gran problema de la Biblioteca Nacional, que no puede ser un mero armatoste anacrónico, que es el problema de cómo articular las grandes tradiciones del mundo moderno en términos de tecnologías con las grandes tradiciones del mundo clásico y moderno que son los grandes legados culturales.

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