
A pesar de los muros de barrios cerrados que, como tapaojos modernos, pretenden ocultar y ocultarse de la realidad; a pesar de los paseos turísticos y diversión asegurada, es en ese distrito donde la exclusión se da un festín desalmado y la inequidad es el río por el que algunos navegan en yate y otros naufragan. Es Tigre (no las islas) donde se comprueba que hablar de distribución de la riqueza y de empujar con todo para lograr “organización popular”, son dos ejes fundamentales de una realidad que duele.
En una estación de servicio del centro tigrense, en una tarde soleada, un hombre de elegante vestimenta de campo, compra una revista El Federal y un paquete de cigarrillos de estilo. Paga con tarjeta y se retira en su 4x4. Toma casi el mismo camino que lleva a la casa de Francisca Céspedes. Pero él encara hacia la entrada a un country que está detalladamente separado del terreno de aserrín donde está la casilla donde vive la familia de Francisca.
“Comelo, si querés”, le dice Francisca a Ezequiel, de 9 años, uno de sus 7 hijos. Se refiere a un pan casero, salpicado de azúcar que Ezequiel se lleva como premio por haber laburado juntando la basura del fondo de su casa, con sus hermanitos. Luego Francisca retoma la conversación.
Francisca cuenta que vino hace 7 años de Santa Fe. Llegó al Barrio El Lucero, de Tigre, como muchos de los que vienen del interior de nuestro país, casi por casualidad. La falta de recursos para poner escombros o tierra en los cimientos de su casilla no le impidieron armarse su lugar en el mundo, así que ella y sus vecinos aceptaron el aserrín que traían en camiones. Desechos para el aserradero, relleno para nivelar su terreno. “Hasta que a los chicos le empezaron a salir granos y tuvimos que decirles que no trajeran más. Pero ¿qué iba a hacer? Si nunca tuvimos una respuesta cuando pedimos tierra para rellenar. Cuando fui a pedir, querían los papeles de la casa. Si tuviera tierra o escombros podría agrandar la casa o hacer otra casilla mejor para mis hijos”, dice Francisca, mientras su suspiro parece llegar a soplar en el balcón de una de las imponentes casas del country con el que linda su casilla.
Francisca se consuela al pensar que con el aserrín vienen algunos restos de madera que usan para paliar el invierno, con la ayuda de la salamandra. Este es otro costado de la nieve, el que no tiene una cámara digital para eternizar el momento, sino que sólo busca un poco de calor para la panza.
Es un poco por eso, y mucho más por inquietud, que hubo un merendero en su casa para unos 40 pibes que comían ahí y llevaban alimento a sus casas. Eso hasta que dieron los recursos. Porque además del aserrín, el frío, el hambre, y los chicos, hay que lidiar con los punteros de turno que están cuando quieren estar y juegan al metegol con las necesidades básicas de los más postergados, como hace tanto se dice y tan poco se habla.
Lejos de ser sólo una historia triste, la realidad de Francisca es moneda común en Tigre. Esa desigualdad, ese contraste se une a muchos en esa ciudad que queda a tan sólo 32 kilómetros de la Capital. Esas ausencias, ausencias no sólo institucionales sino elementales: el gas, el agua, las cloacas, la comida -muchas veces. Sin embargo, es la cara más oculta de este distrito en el que la fragmentación no es sólo obra del río.
Para empezar, la estación ferroviaria y sus palmeras, junto al aire acondicionado y la música funcional de un cajero automático próximo al palacio municipal, se asemeja más a una postal norteamericana que a un municipio bonaerense. El casino, el parque de diversiones y el paseo que bordea el río, donde hasta el sol pareciera estar contratado para iluminar distinto y con clubes recelosos incluidos -todo conjurado a través de una inversión millonaria con fines turísticos- se acercan más a la felicidad vulgar que a lo que realmente padecen sus habitantes.
Del otro lado de ese escenario de fantasía, están Carlos Cepeda y Teté Vera. Carlos es el secretario adjunto y Teté de Derechos Humanos de la CTA local. Cuentan, junto a Leticia Burgos, las actividades que se realizan en lo que alguna vez fue una casa de familia, la de Leticia, Carlos y sus tres hijos. “Todo empezó viendo a los chicos del barrio drogarse con pegamento en la esquina. Eran las 8, 9 de la mañana y ellos ya estaban ahí. Se quedaban todo el día”, dice Leticia. “Entonces dijimos de armar una murga”, agrega Carlos. Y así nació “Los Auténticos Descamisados”.
Carlos rememora: “con la murga, los pibes pintaban los instrumentos, hacían los trajes y las galeras, cosían las lentejuelas. Ensayaban. Cuando llega el Corso, hay familias enteras. Y con eso los teníamos ocupados.” Coser lentejuelas para no caer en la droga. Luego añade: “creemos que hay que meter con lo cultural y lo deportivo porque nos da para contener a los pibes. A diferencia de un proyecto productivo, que si no anda, no sirve para nada, lo que tiene que ver con actividades culturales, no los puede frustrar. Porque los pibes no tienen adquirida la costumbre del trabajo. No hay un pibe que salga de la calle y tome así nomás la costumbre de levantarse a las 6 de la mañana para ir a laburar”, afirma Cepeda, mientras Leticia asiente.
Entonces, (y algo aparte: pocas veces se sabe cuando comienza un acto de resistencia y, aquí presentamos un ejemplo), en su casa armaron primero la murga, donde también está Teté y luego el comedor. Comedor donde alguna vez almorzaron unos 240 pibes, gracias al ingenio popular. Después vendrían campeonatos de fútbol, apoyo escolar y otras actividades para los vecinos del barrio Rincón de Milberg. Milberg, justamente, es una de las familias terratenientes que supo haber en esa zona. Como la de los Pacheco, o la de Don Torcuato de Alvear. Y han quedado los nombres, como semillas de las asimetrías.
Por otra parte, como secretaria de Derechos Humanos, Teté centra sus actividades en la prevención del VIH-SIDA. Cuando con la murga, y con ella de vedette -“la tenías que ver, re producida, era una diosa que acaparaba toda la atención”, cuentan- entregaba preservativos desfilando por las calles del barrio, aunque por aquel entonces no estaba en la CTA y fue de esa manera que se comenzó a acercar a la Central. “Porque creo que la única manera de pelear contra la falta de justicia, es siendo muchos, haciéndonos fuertes así”, asegura Teté.
Teté continúa enumerando las acciones que lleva adelante, focalizadas en el HIV y el SIDA. Son unas cuantas las que se están haciendo y tantas más gestionándose. Pero no es casualidad que oriente sus gestiones en esa área que afecta a un sector particularmente vulnerable de la población tigrense. Teté es travesti y pertenece a la Liga Bonaerense de Diversidad Sexual.
Del nombre de pila y el sexo que consta en su DNI, poco importa. Lo que aquí es relevante es la decisión de poner sus sentimientos por sobre las imposiciones. Las de la naturaleza y las de las clases sociales. Por eso reparte, junto a sus compañeras, preservativos por las casas del barrio: “Como no hay una política concreta de prevención y te dan vueltas por todos lados para darte preservativos, los entregamos nosotras y listo”, resume en una charla acompañada por unos sánguches y una gaseosa que trajeron los pibes que colaboran en el comedor barrial.
Mientras tanto, por la vereda pasan cuatro chicas en dos bicicletas. Y otros dos llevando una garrafa. “El invierno acá es jodido y bastante peor sin gas”, señalan. Por otra parte, cuentan que alguna vez una medida de fuerza convocó durante casi 3 años sin cesar. Fue porque pretendían trasladar el hospital local de Tigre Centro a Pacheco, a un imponente pero reducido edificio. “Hubo muchas marchas, varias veces hicimos una radio abierta, y se tomó el Concejo Deliberante. Hasta marchamos un domingo”, relata Cepeda.
En consecuencia, el hospital zonal cambió de sede. Los trabajadores no se movilizaron en vano. En vez de cerrarlo, el antiguo edificio quedó como un centro de salud de considerables dimensiones. Aunque se asemeja a un retroceso atroz: de 270 camas a 160; de 30 cunas a 8 para los más de 300.000 habitantes de ese municipio, repartidos en 220 km².
Más cerca, hace algunas semanas, hubo movilizaciones igual de contundentes, en reclamo ante el agua que salía de las napas de la escuela 21. Toma y corte de ruta mediante, se logró llamar a licitación para las obras que deberían haberse realizado en ese establecimiento en su debido momento.
“Así estamos”, dicen, cuentan. No es poco lograr los objetivos por lo que se reclama. Tampoco es simple convivir en la pobreza, con la ostentación a metros de distancia. El mayor enemigo para frenar la inequidad social es la inconciencia, la ceguera, el no poder aprehender que Tigre también es Argentina.
Lo repetimos. La particularidad de Tigre, comparado con otros distritos del “territorio”, es la brutalidad de las desigualdades sociales. Eso es “zona norte”. Por eso contamos de las 4x4 y una casilla montada sobre una montaña de aserrín. Y aquí hemos mostrado como resisten los compañeros. Y mujeres especiales, mujeres formadas en sus raíces solidarias. Es, son pueblo, también CTA. Para ellas, pelear por el merendero o una salita, contiene el gesto de ponerle fichas a un futuro que, saben, se gana con dureza cartonera, cada día. Todos los días.
“El pasado 17 de noviembre no me dejaron entrar a la fábrica”, dice Guillermo Carrera. No fue obra del azar: menos de una semana antes, había sido electo secretario gremial de la CTA Tigre en las elecciones del 9 de noviembre.
“Tenía un lugar que generaba críticas”, expresa Carrera, como si sus inquietudes justificaran el despido. Había sido delegado por el Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA) desde el año 97 al 04. Luego comenzó a acercarse a la CTA, movilizado por la construcción de un modelo sindical distinto. Se interesaba en las discusiones políticas, como una forma de amenizar el trabajo: “Las de fábrica son tareas monótonas, aburridas. Pero yo me entretenía pensando cosas y discutiendo sobre métodos y condiciones y medioambiente de trabajo”.
Carrera llegó a la Ford en el 94, a los 28 años, por esas benditas vueltas de amigos y familiares que abren una puerta laboral: “En Tigre, está toda esa cuestión de entrar a trabajar en la Ford, porque da prestigio y sensación de pertenencia y eternidad. Da la sensación que vas a estar toda la vida”.
Por eso, ese viernes maldito, su vida y la de su familia -compuesta por su esposa y sus dos hijas de 13 y 17- dio un giro de 180 grados. No sólo se vio afectada su vida cotidiana con el hábito de ir a la fábrica esfumado, ni porque su economía se ajustó irremediablemente: “Las expectativas, las esperanzas están en un subeybaja todo el tiempo. Es complicado, no solo porque no hay un sueldo en blanco que permita la obra social ni la tranquilidad a fin de mes, sino porque uno se siente constantemente en deuda y recibiendo favores. Porque ahora nada es producto del esfuerzo directo, como uno está acostumbrado desde siempre”, expresa apesadumbrado, un tanto detenido en que esta batalla no hay empresa inescrupulosa, ni sindicalismo vendido que se lo gane. Y sabiendo que su caso fue uno de los pilares con los que se expuso la falta de libertad y democracia sindical ante la OIT en la 96 Conferencia Internacional, en Ginebra, realizada el mes pasado.
Redacción
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