Angelelli de todos
Viernes 3 de agosto de 2007, por Washington Uranga *

El asesinato del obispo Enrique Angelelli, ocurrido el 4 de agosto de 1976, no puede ser visto de manera aislada, sino como parte del contexto de persecución que instaló la dictadura militar y que también tuvo como destinatario a un sector de la Iglesia Católica comprometido con las luchas populares.



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Periodista y docente de la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA.

El 4 de julio de 1976, en el barrio de Belgrano, en Buenos Aires, cinco religiosos palotinos fueron asesinados. El 18 de julio del mismo año, los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville corrieron la misma suerte en El Chamical, en La Rioja. El obispo de entonces, Enrique Angelelli, decidió ir al lugar, iniciar por su cuenta las investigaciones y denunciar los motivos de los asesinatos. El propio Angelelli había reunido pruebas que daban cuenta de que los curas de El Chamical habían sido sacados de la casa en la misma noche de su muerte por varios hombres armados que vestían de civil y que mostraron credenciales de la Policía Federal.

Al día siguiente los sacerdotes fueron encontrados acribillados a balazos en las afueras del pueblo. Uno de ellos tenía evidentes signos de tortura. El 25 de julio un grupo de encapuchados se presentó en parroquia de Sañogasta buscando al párroco. No lo encontraron. El cura, advertido por el obispo, había abandonado el lugar .

Entonces la comitiva asesina dirigió sus pasos hacia la casa de un militante cristiano, laico y perteneciente al Movimiento Rural, Wenceslao Pedernera. A este hombre de 38 años lo ametrallaron a la vista de su familia.

El asesinato del obispo Enrique Angelelli, ocurrido el 4 de agosto de 1976, no puede ser visto de manera aislada, sino como parte del contexto de persecución que instaló la dictadura militar y que también tuvo como destinatario a un sector de la Iglesia Católica comprometido con las luchas populares. Angelelli sabía que estaba sentenciado a muerte. Además de las amenazas recibidas, él mismo había visto una lista de presuntas víctimas en la que estaba incluido. Los sacerdotes le habían pedido que dejara La Rioja. Sin embargo, decidió permanecer y hacerse cargo personalmente de la investigación por los asesinatos de los curas de El Chamical.

El 4 de agosto en la carretera que conduce a la capital riojana y a la altura de Punta de los Llanos, Angelelli murió ultimado a golpes con piedras después de que su camioneta volcó a raíz de un accidente provocado y él, accidentado pero aún con vida, quedó sobre el pavimento. La policía bloqueó la zona e incautó el vehículo. Apenas pocas horas después la carpeta con toda la documentación probatoria que Angelelli había logrado reunir sobre el asesinato de los curas Longueville y Murias estaba en el despacho del ministro del Interior de la dictadura, general Albano Harguindeguy.

El pueblo cristiano de La Rioja transformó a Angelelli en mártir desde el momento mismo de su asesinato y más allá de cualquier reconocimiento formal eclesiástico o de procesos judiciales falseados o truncos. Otros, también no católicos, lo incorporaron a sus propias banderas. Quizá recordando que ese cura cordobés que llegó a La Rioja para ser obispo, lo hizo diciendo que "quiero comprometerme con ustedes y ser un riojano más", y lo fue hasta la muerte. En esa misma ocasión les había pedido a sus fieles católicos que "oren para que sea el obispo y amigo de todos, de católicos y no católicos, de los que creen y de los que no creen, pero que luchan contra las injusticias".

La historia de un asesinato disfrazado de accidente

Enrique Angelelli había nacido en Córdoba el 17 de julio de 1923 y fue ordenado sacerdote en Roma el 9 de octubre de 1949. Desde 1961, por decisión del entonces papa Juan XXIII, fue designado obispo auxiliar de Córdoba y desde 1968 el papa Pablo VI lo hizo titular de la diócesis de La Rioja. El 4 de agosto de 1976, después de muchos enfrentamientos con el poder y tras el asesinato de dos de sus curas, Juan de Dios Murias y Gabriel Longueville, la muerte lo sorprendió en una ruta riojana.

El gobierno militar siempre habló de "accidente" automovilístico e incluso se echaron a correr rumores acerca de la impericia de Angelelli para manejar. Las autoridades de la Conferencia Episcopal anunciaron "investigaciones", pero nunca se apartaron dela versión oficial o bien dejaron, en todo momento, instaladas las dudas acerca de la muerte de una figura que ciertamente les resultaba molesta y que poco antes, en 1975, había afirmado que "ser hombres de la luz es no evadirnos de nuestra realidad y construir nuestra historia con los demás".

Para Miguel Hesayne, obispo emérito de Viedma y uno de los que siempre defendieron la tesis del asesinato y del martirio, "de acuerdo a la documentación judicial, la certeza moral del asesinato de Enrique Angelelli ha logrado la certeza judicial a tal punto que la Corte Federal establece, en forma indudable, circunstancias que no pueden ser materia de controversia y califica judicialmente el caso Angelelli, en forma definitiva e incontrovertible, homicidio calificado". Para el obispo queda probado que "la camioneta (que conducía Angelelli y en la que también viajaba su secretario Arturo Pinto) fue encerrada por la izquierda al momento que se produce una explosión; que el cuerpo del obispo Angelelli quedó ubicado a veinticinco metros del lugar final de la camioneta, con el cuerpo extendido y los pies juntos, mostrando en ambos talones pérdida de la piel sin ningún indicio de golpes o contusiones en el resto del cuerpo. Por eso, se infiere que fue arrastrado hasta el lugar mencionado por intervención de los autores del hecho; que la camioneta presentaba una goma desinflada, cuya cámara tenía un corte de trece centímetros, lo que no fue causa del vuelco, según la pericia mecánica practicada".

Todos estos datos abonan lo que Hesayne denomina "la patraña criminal del accidente provocado por una falsa maniobra que habría cometido el obispo Angelelli en ese momento".

Pero el obispo de Viedma ofrece un testimonio más al hablar de "un hecho que hace poco tiempo se me ha transmitido" y que es "sumamente elocuente y que presume participación personal de las Fuerzas Armadas y de seguridad, directa o indirectamente, en el asesinato del obispo Angelelli". Relata Hesayne "el testimonio de la religiosa enfermera diplomada que cumplía guardia en la morgue del hospital de la ciudad de La Rioja ese día de la muerte del obispo. Le tocó limpiar el cadáver del obispo Angelelli y al darlo vuelta en la camilla, se sorprendió por un orificio muy hondo en la nuca del cadáver". Sigue diciendo Hesayne que "ante la exclamación de sorpresa de la religiosa enfermera, dos oficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad que se encontraban de custodia, de inmediato la retiraron de lo que era su tarea habitual, ordenándole textualmente: "Hermana, usted no ha visto nada’".

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