
Postales de “La Ciudad Feliz”, Mar del Plata, en la provincia de Buenos Aires. La meca del turismo de las mayorías argentinas durante décadas.
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* Periodista. |
Allí, en “La Ciudad Feliz”, abrazada por las aguas del Atlántico, tres noticias tuvieron como protagonistas a nenas y nenes.
Pero las informaciones no hablaban de la felicidad, sino de todo lo contrario.
La primera postal sostenía que un grupo de chicos que tiene entre cinco y doce años se metieron en un jardín de infantes y se llevaron juguetes e instrumentos musicales.
La policía siguió la huella de tan peligrosos delincuentes y recuperaron lo robado. Entre el botín se encontraban ositos de peluche, ladrillos plásticos y alguna flauta.
“Tras obtener la orden de allanamiento, los policías se constituyeron en el domicilio de los menores, y los sorprendieron jugando con los elementos sustraídos”, dice el texto de la nota.
Los pibes estaban jugando en sus casas y fueron allanados por los integrantes de La Bonaerense. Una desmesura que, en realidad, coincide con el tamaño de la hipocresía. Ciertos sectores sociales muestran su indignación ante pibas y pibes mientras naturalizan el saqueo de delincuentes de guante blanco.
El segundo hecho tuvo como protagonistas a dos chicos de diez años que ingresaron a un local de venta de ropa. Llevaban sus manos en el bolsillo y simularon tener un arma. Sacaron diez pesos y no llegaron muy lejos. Un cliente los detuvo. También fue en Mar del Plata, “La Ciudad Feliz”.
Apuntaban con el dedito metido en el bolsillo, dijo la dueña del local.
Para un joven oficial de la policía, esta era la tercera vez que trasladaba a los pibes a la comisaría de la zona.
El hombre se quejaba con el argumento del sentido común impuesto por las minorías que manejan casi todo: "Tenemos un gran problema con los menores. Es el cuento de la buena pipa; los detienen, los vienen a buscar los padres, y al rato están en al calle otra vez". Y agregaban las voces indignadas que “tenían un fuerte olor a pegamento”. Es el criterio de la cobardía impuesta desde las grandes usinas de justificación del status quo, desquitarse con el que está al lado, con el piquetero, con los pibes, con los desocupados, con los empobrecidos; jamás contra los explotadores, los desocupadores, los especuladores.
De acuerdo a cifras oficiales del primer estado argentino, la provincia de Buenos Aires, existen doce mil chicos internados por orden judicial.
La mayoría por cuestiones sociales y un poquito más del diez por ciento, alrededor de mil trescientos de esos pibes, ingresaron por algún hecho penal.
De esta ínfima minoría, “el 80 por ciento de los involucrados en casos delictivos tiene entre 16 y 17 años, el 10 por ciento tiene 15 y el restante 10 por ciento, menos de 15”, apunta la información aparecida en los diarios de “La Ciudad Feliz”.
Y la tercera postal de la ciudad balnearia por excelencia, fue que dos pibes menores de diez años intentaron asaltar un negocio polirrubro armados con una pistola de juguete.
Tres historias de ángeles exiliados de un paraíso privatizado. Chicas y chicos ausentes del territorio de la sonrisa, la inocencia y la dulzura de un alfajor de chocolate. Pibas y pibes que, en definitiva, a pesar de tanto mandato violento que los intenta narcotizar, prefieren arriesgarse jugando porque no quieren que nadie pierda del todo porque ellos están marcados por el dolor de venir siendo castigados quién sabe desde cuándo. Pibes de la ciudad que hace rato no es feliz.
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