El Gran Hermano
Lunes 13 de agosto de 2007, por Enrique Lacolla *

La ignorancia en que la banalización mediática de la cultura ha sumido a millones de seres se puede palpar cuando, al preguntar a muchos jóvenes qué entienden ellos por El Gran Hermano, hacen referencia tan sólo al programa de televisión del mismo título.



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Periodista.

Que recoge las vivencias de un grupo de muchachas y muchachos reunidos para hacer nada en una casa permanentemente vigilada por las cámaras. Éstas los filman 24 horas sobre 24 y difunden, cuando bien les parece a los dueños del espacio, las inanidades que los jóvenes profieren y cuyo vacío intelectual de alguna manera implica una desolación existencial que da pena.

Cuando se pregunta a los jóvenes que siguen este programa o tienen noticia de él de dónde proviene el nombre, no suelen asociarlo a la novela y al autor que inspiraron el título: George Orwell y su libro 1984.

La obra es una premonición de la tiranía mediática que al escritor inglés inspiraron las experiencias totalitarias de la primera mitad del siglo pasado, pero que recién hoy, a 57 años de fallecido el novelista, empiezan a cobrar la dimensión apocalíptica que ese autor les diera.

El ojo que todo lo ve y que todo controla y reprime, emblemático de la vigilancia del Estado policíaco estalinista, en la actualidad ha ensanchado su amplitud de foco hasta extremos que parecían imposibles. Y no, por cierto, en el campo de un entretenimiento huero como el representado por la serie de marras, sino en el del espionaje cibernético a escala planetaria. Éste llega a la intervención -y potencial interdicción- del tráfico informativo y a la vigilancia satelital de cuanta opinión se intercambia a través de las fibras ópticas que tejen la malla comunicacional dentro de la cual vivimos. Malla que puede, eventualmente, sofocarnos.

La Red

Hace poco se promulgó en Estados Unidos la ley que consiente la intervención de las llamadas telefónicas y de los correos electrónicos de los ciudadanos norteamericanos, sin que medie orden judicial alguna.

El decreto fue emitido en el marco del aumento de las prerrogativas del Poder Ejecutivo para “luchar contra el terrorismo”.

La disposición pone negro sobre blanco un tipo de procedimientos que se vienen practicando no bien la tecnología los hizo posibles. Echelon, la mayor red de espionaje y análisis que interviene las comunicaciones electrónicas de que se tiene memoria hasta ahora, intercepta más de tres mil millones de comunicaciones cada día.

Se trata de una alianza de países de habla inglesa que funciona bajo la sigla Ukusa (United Kingdom y United States of America). Con sus casi 200 mil empleados y sus estaciones distribuidas en esas dos naciones y en Canadá, Australia y Nueva Zelanda, Echelon es un Gran Hermano potenciado casi al infinito, frente al cual las elucubraciones más tenebrosas de Orwell pierden cuantía.

La novedad a destacar en la noticia de la disposición sacramentada por el decreto del Ejecutivo es que la inexistencia de garantías legales para preservar la privacidad, que antes afectaba al mundo externo, ahora se aplica también a Estados Unidos, gracias a la disposición presidencial que las anula.

La narrativa sobre el terrorismo con la cual Washington pretende legitimar su política global, sirve entonces para incidir sobre las mismas libertades que el gobierno dice querer preservar.

Las redes del espionaje se tienden, impalpables, por todo el mundo. De hecho, todos estamos “regalados” al visor tecnotrónico de la superpotencia. La única forma de escapar hasta cierto punto de él sería disponer de satélites propios, que permitiesen eludir los nodos gigantes que sostienen Internet, todos situados en Estados Unidos.

El desmantelamiento del plan Cóndor, que podría haber suministrado los vectores para un sistema satelital argentino, fue un golpe dirigido a esa independencia comunicacional en la cual reside hoy gran parte de la soberanía.

Entre Venezuela y Cuba se están fraguando en estos momentos, sin embargo, acuerdos para construir una gran empresa latinoamericana de telecomunicaciones. El know how argentino podría encontrar allí una ocasión para colocarse y participar de un emprendimiento estratégico que es necesario para cualquier proyecto que pretenda construir una alternativa latinoamericana capaz de escapar al diktat del Imperio.

La revitalización de los planes nuclear, misilístico y satelital, despedazados durante la orgía neoliberal posterior a la Guerra de Malvinas, es una carta que Argentina debe jugar, pues podría devolverle un cierto grado de autonomía en la lucha por conquistar, junto al resto de América latina, un destino al que pueda llamar propio.

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