Isla Maciel: Fuego y 12 familias sin nada
Crónica de un incendio
Viernes 24 de agosto de 2007, por Nadia Mansilla *

Hubo un incendio en un conventillo de Isla Maciel. Eso dijeron los noticieros. Apenas 12 familias que se quedaron sin hogar. Isla Maciel. Un barrio suburbano, otra vida, otro clima social y para males, con fama de frontera. Isla Maciel, frente a las torres del Puerto Madero, un barrio casi yanqui enquistado en Capital Federal.

A la Isla -que no es isla-, se llega en bote y por 75 centavos. Riachuelo por medio. El “puente negro” es la escultura que separa estos mundos.

“Cuando escuchamos la sirena siempre salimos a ver, porque el cuartel de bomberos está a 2 cuadras de acá. En la vereda, vimos las llamas.

"Entonces salimos corriendo hasta el conventillo y empezamos a tirar agua entre los mismos vecinos, además de los bomberos”, dice el Chaqueño, que así se presenta en una charla acompañada por mate dulce y comentarios que asienten y remarcan la solidaridad de los vecinos de Isla Maciel. Lejos, muy lejos de la fama que tiene el barrio, que sólo es noticia con la muerte de por medio.

Igual pero otro mundo

Llueve en Isla Maciel.

Llueve y en el Galpón de las Madres, como conocen a ese lugar que alguna vez fue una fábrica de sierras, cada uno aporta su pieza del rompecabezas que se formó esa mañana, la primera de agosto, en la que las llamas despiadadas se llevaron todo. En el Galpón que dirige Noemí Vera, estaban asistiendo a un taller de albañilería. Uno de los pibes, se lamenta porque su perro antes iba a cagar solo y volvía y ahora está desorientado. Dice que su madre está en el convento, probando algunas de las ropas que donaron los mismos vecinos de Maciel.

En el Convento, un centro religioso parecido a una escuela y donde se desarrollan diversas actividades, hay algunas de las 12 familias que se quedaron sin hogar. Los chicos están en los juegos del patio, a pesar de la lluvia y de los retos. Los más grandes están en uno de los salones. Algunos acomodan los colchones todavía forrados en plástico, otros están sentados, comiendo galletitas. Todos esperan. Se les ve en la cara que esperan. Esperan esperanzas.

Son nada más que 12 familias. Aparecen representantes municipales con preguntas sin respuestas, o un tanto insidiosas. Ellos contestan, con el hilo de voz que les queda. Lo han perdido todo. ¿No se entiende? Ni los documentos pudieron salvar. Tampoco las fotos, los dientes que se le cayeron a los chicos o aquel boleto que recordaba un viaje de visita a la familia en alguna provincia. Todo se fue con el fuego.

Lo que no borra el fuego.

Y sigue lloviendo. Berardo Verón tiene 57 años. Lleva vendadas las manos y las orejas. “Vivía ahí desde el 1º de mayo del 81. El 1º de septiembre del 68 vine de Corrientes. Como todos, en busca de un futuro mejor. Soy sólo, no tengo hijos. Pensaba jubilarme dentro de poco y volverme, para quedarme hayá hasta el final. Pero ahora no sé qué voy a hacer”. Son lamentos de un hombre: Berardo Verón. Luego agrega que el apoyo de sus compañeros de trabajo en la empresa de seguridad lo mantiene fuerte. Y los vecinos también: “Todos dieron, ayudaron. A mí no me gusta mucho, pero qué voy a hacer si se me quemó todo, no salvé nada. Perdí todo, como los demás.

Una señora con más arrugas que pelos en la cabeza sirve matecocido para combatir el frío. Con eso y con unas estufas eléctricas que no dan más. Mientras tanto, Gonzalo Leiva cuenta que vino de Paraguay hace 17 años, que conoció a su mujer hace siete. Fue entonces a Isla Maciel, donde vivía ella. Tienen dos hijos de 7 y 3 años. “Yo soy gastronómico. Ayudante de cocinero. Pero, vea, con esto del incendio no puedo ir a trabajar. Con mi señora estamos buscando un lugar donde vivir, así que vamos a empezar de nuevo.

¿Aquí en Isla Maciel?

Sí, claro.

Gonzalo se va con otros hombres a traer la mercadería con la que se cocinará guiso de lentejas para los están parando en el Convento. La mujer dice que su marido no va a trabajar hace una semana. El incendio fue el día anterior y ella está perdida en el tiempo. El pibe más chico, Gonzalito, llora y una nena más grande, Selena, le muestra su muñeca nueva para distraerlo, parta cortale la lágrima. Luego Selena nos dice que ahora no puede ir a su casa porque “está muy sucia” y que cuando esté limpia va a volver ahí con su mamá y sus hermanitos. Selena se va, sin despegarse de su muñeca.

Algunos caen en la cuenta de lo sucedido. Humo es su pasado. Son apenas 12 familias y buscan un lugar donde llorar sin que los vean. Otros hacen del dolor un combustible y no paran de ordenar, limpiar o cebar mate.

¿Qué pasa en el barrio?

Un poco más distendidos y de vuelta en el Galpón de las Madres, se habla de Isla Maciel. Cuentan de los orígenes del barrio, nacido a la vera de los astilleros, cuyos trabajadores se instalaron ahí y ahí formaron sus familias y fueron testigos del crecimiento de la mano del General y luego, la decadencia más perversa. Dejaron de ser ciudadanos. Son de la Isla. Esto no lo dicen.

Antes era una fiesta. Comer un asado dominguero aunque la plata escaseara, luego iban en caravana a ver jugar a San Telmo. Algunos comprando en cuotas el equipo de audio bien potente para escuchar cumbia y vieron cómo de a una fueron cayendo las industrias de ese cordón lleno de prosperidad que fue el límite entre Capital y Avellaneda. Era vida.

Hasta que cerraron los astilleros, los frigoríficos y las cuotas del equipo ya no pudieron pagarse. Se potenciaron los índices de deserción escolar y la droga se multiplicó en las esquinas. Entonces Maciel gestó una fama que sus habitantes lamentan cuando buscan un trabajo, necesitan una ambulancia o cuando el remís para ir al hospital se niega a venir. “Así también nos marginan”, dicen casi a coro. Y se esfuerzan en negar todos los adjetivos que se usan para referirse al lugar al que ellos pertenecen.

Las calles de Maciel señalan el frío y el receso escolar de mediados de año. Aún así, el invierno no impide que en las veredas se sienta la cumbia y se perciban las teles encendidas.

Ahora una garúa finita oscurece las callecitas con casas de chapa, iguales a las de La Boca. Mientras tanto, el galpón permanece con las puertas abiertas. Gernte va. Gente viene. Pasan, saludan, toman unos mates y se van. Otros se quedan. Hacia el mediodía el perfume de la comida recién hecha supera al del Riachuelo. Las torres del barrio yanqui y el olor ocre, olor a fierro oxidado del agua. Con eso se convive.

Son muchos para el almuerzo, pero restan fideos para quienes quieran un segundo plato. “Pero esto es así siempre. Los pibes que se rescataron y ahora están trabajando, salen del laburo y vienen, ayudan. Algunos están terminando el secundario a la noche. Y a la salida vuelven a pasar. Creemos que nuestra familia no termina con quien no tiene nuestro apellido, o con las mujeres de nuestros hermanos. Acá podemos mandarle un mensajito de texto a un vecino si queremos que venga a tomar mate con nosotros”, dice María Vera, una de las hermanas de Noemí.

María tiene 27 años. Vive en el barrio desde que nació. Tuvo su primer hijo a los 16. Cuenta que a la mayoría de sus amigos de la infancia los mató la policía y otros tantos están presos. Pero ella jura que en Maciel es feliz y que jamás se iría del barrio: “Isla Maciel sólo es noticia cuando balean a alguien acá. Sabemos que eso es para destruir a la clase trabajadora porque devasta historias de barrios”.

Luego toma la palabra Morena Segovia. Nació en Quilmes y hace 5 años vino a Isla Maciel. “Para mí hace una eternidad que estoy acá y no me pienso ir de acá”. Morena describe aspectos del barrio. Habla de las 20 manzanas que conforman lo que en realidad no es una isla sino un pedazo de tierra bordeado por el Riachuelo y alguna vez rozado por un arroyo: que los pibes se llenan de ronchas por los desechos que afectan al agua, que la salita no da abasto, que el paco no avanzó tanto porque los mismos pibes se rescataron. Morena, tan dulce como su nombre, es la única mujer que asiste al curso de albañilería que en el Galpón se dicta.

La noche golpea, achata las casitas. Todavía sale un humito azulino entre los restos del conventillo. Llamas y 12 familias a la lona. Miran y se vuelven al refugio. Habrá que comenzar. Lo harán.

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