
Es lo que decía el ex jefe de Policía de Chaco durante una sesión de tortura en la Brigada de Investigaciones (hoy Espacio por la Memoria). El que sufría la tortura era uno de los hermanos Aranda, que ayer realizaron una inspección ocular al ex centro clandestino de detención.
Tal como estaba previsto, los hermanos Carlos (actual Secretario de Derechos Humanos de CTA Chaco) y Julio Aranda fueron los testigos de la inspección ocular que se realizó ayer en el Espacio por la Memoria, donde funcionó un centro clandestino de detención manejado por la Brigada de Investigaciones, durante la última dictadura militar.
La orden fue dada por el conjuez federal Juan Antonio Piñero, en el marco de la Causa Caballero, y a pedido de la querella encabezada por el abogado de Derechos Humanos Mario Bosch.
Es la segunda vez que los hermanos Aranda, oriundos de Corrientes, recorrieron el lugar, ya que el año pasado también lo habían hecho, pero en el marco de los Juicios por la Verdad, tras la orden impartida por el juez federal Carlos Skidelsky.
Además del conjuez, el fiscal general federal Jorge Auat y demás funcionarios, estaban los abogados defensores de los genocidas, entre ellos Carlos Pujol, defensor oficial, y uno de los hijos de Jorge Cardozo, que también es abogado.
Durante la inspección, los hermanos Aranda recorrieron los lugares en los que estuvieron detenidos. Sobre el fondo del edificio, ubicado en Marcelo T. de Alvear 32 -hasta hace unos meses funcionó allí la Administración Provincial del Agua-, hay un primer y un segundo piso: en ambos había calabozos y se torturaba a los presos políticos alojados.
En uno de ellos, no más de un 2 por 2 metros, recordaron que había 16 presos políticos tirados en el piso, boca abajo, esposados y vendados, Justo enfrente de ese lugar estaban las celdas individuales.
“Recuerdo que había una lata de leche Nido que era el inodoro de los 16 que estábamos presos. Cuando la lata se rebalsaba, el orín caía sobre nuestros cuerpos y era motivo de golpizas”, contó Julio Aranda.
En ese “espacio común” otros compañeros eran Carlos Aguirre y Antonio “Caranchillo” Zárate, que es sobreviviente de la Jefatura de Policía, donde también estuvo detenido con Carlos Aranda.
Los hermanos, que estuvieron al mismo tiempo en la Brigada, también recordaron haber visto en las celdas individuales a (Luis) Lucho Díaz, uno de los mártires de la Masacre de Margarita Belén que fue compañero de la escuela de Julio, en Mercedes (Corrientes), de donde son oriundo.
Otros dos jóvenes que vieron fueron: Roberto Yedro, otro correntino asesinado el 13 de diciembre de 1976 durante la Masacre, quien les pidió que avisaran a su familia que estaba detenido y aún con vida; y Roberto Grecco.
Otro momento duro para los testigos fue cuando debieron reconocer uno de los dos sótanos que había en la Brigada, que continúa abierto, inundado con agua, pero que conserva aún algunos de los elementos usados por la patato genocida para torturar a los presos políticos.
Con manchas rojas en la pared, con rastros de dedos (algunos especulan que podrían ser rastros de sangre) que dibujan el horror que padecieron los hombres y mujeres que pasaron por ese lugar.
“Yo lo vi a Víctor Jiménez, estaba colgada del techo con ganchos, atado de la muñeca mientras le pegan con alambres y un cable”, rememoró Julio, quien pasó por el sótano.
El otro sótano está cegado, sin que se sepa a ciencia cierta de qué manera fue rellenado. Éste está ubicado debajo de una oficina que era usada por Carlos Thomas, ex jefe de la Policía de Chaco, y después por las autoridades de la APA que hicieron cambiar el piso original de madera.
“Una vez me llevaron a la oficina y estaban (Jorge) Larrateguy y Thomas (ambos fallecidos). Sobre el escritorio que había, Larrateguy tenía una revólver de gran calibre, me pareció una Mágnum, y un látigo de cuero”, narró Julio.
Quien pasó directamente al sótano fue Carlos: “Las escaleras eran de madera, pero una vez en el ‘hueco’ me descalzaron y me hicieron parar sobre ladrillo molido”.
En medio de esa locura, la patota se ensañó con Carlos: “Éste aguanta, dale más picana decía Thomas, acompañado de Larrateguy”, mientras la máquina de tortura en manos de los genocidas descargaba furiosa la electricidad. La sensación de muerte era constante, los tormentos una rutina.
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