Carlos Ferreres, Departamento de Discapacidad de la CTA
La voluntad
Miércoles 29 de agosto de 2007, por Martín Fedele *

Las circunstancias que arrastraron a Carlos Ferreres a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas merecen ser reputadas: en su acción por rescatar a un hombre que se ahogaba en las aguas de Mar del Plata, el espigón de rocas le propinó un traumatismo de médula que lo dejó hemipléjico. Tenía 18 años, en el verano de 1973.

A fuerza de entereza y tratamientos médicos y una familia dispuesta a todo, Carlos recuperó gran parte de la motricidad en su cuerpo: volvió a la vida, dijeron todos; vecinos y amigos en su casa de Parque Patricios.

Las aulas de la Facultad de Letras fueron la primera expresión social en pasarle factura a su condición de lisiado. Obstáculos elementales para su fatal compañera, la silla de ruedas: escaleras, pupitres, sanitarios. La misma jodida mueca de las calles, el mismo desdén de trenes y peatones, cordones y colectivos. Y entonces rajó de la Universidad, sin rencores, y se fue a laburar a la contaduría de una pequeña empresa.

La militancia política no era novedad en la vida de Carlos: un joven de izquierda, con agitadas inferiores en la Escuela Secundaria. Ni el accidente ni la silla de ruedas mosquearon su temple militante. La fina lectura discurrió mansamente, participó de reuniones y actos políticos, disfrutó del cine, soportó la desaparición de amigos y amigos de otros amigos, (amparó a los clandestinos) y celebró, al fin, la caída de la dictadura.

Laburante, sujeto revolucionario argentino, discapacitado, hincha de Huracán, Carlos formó hogar y comenzó a palpitar el nervio de hacerse Hombre... Esa broma de mal gusto que significó el menemismo fue demasiado para su talante político. Y entonces, ahí, apareció la CTA.

Trabajadores y organizados

“El gobierno de Menem estaba destruyendo el país”, recuerda Ferreres, “el desguace del Estado, las privatizaciones, la eliminación de leyes laborales básicas. Todo aquello era insoportable, vergonzoso”, apunta. Y sigue: “Ya en el año 92 comenzaba a hablarse de una nueva central de trabajadores. Estaba la resistencia de los compañeros de ATE, la lucha de los docentes, y tantas otras expresiones sindicales decididas a enfrentar el programa político de Menem.

Junto a un grupo de compañeros discapacitados vimos en la incipiente organización CTA un lugar donde acercar nuestros problemas, nuestras propuestas, nuestra convicción ideológica y nuestra vocación militante. Y así lo hicimos: en el año 94 nos fuimos hasta la sede de la avenida Independencia a entrevistarnos con Víctor De Gennaro”.

Lejos del estilo sumiso y edulcorado de las ONG (Organizaciones No Gubernamentales) Carlos Ferreres insiste en resaltar los contenidos ideológicos que dan forma al Departamento de Discapacidad de la CTA. Y dice: “La discapacidad está estrechamente ligada a las condiciones sociales y políticas de un país. La inmensa mayoría de los discapacitados provienen de las clases bajas, donde el hambre y la pobreza extrema dejan secuelas para toda la vida. También los accidentes laborales son una de las principales causas de la discapacidad: el trabajo en negro, la flexibilización laboral, la ausencia de leyes que protejan la salud de los laburantes, son todos factores promotores de la discapacidad. Entonces -señala- no podemos desconocer los orígenes políticos del problema; por lo tanto, las soluciones deben ser también políticas”.

El enfoque “clasista” de los trabajadores aporta una nueva dimensión a la situación de la discapacidad en nuestro país. “La participación de los trabajadores es fundamental”, asegura Ferreres. La discriminación, la postergación de derechos, el oprobio social, aparecen de manera descarnada cuando un discapacitado intenta ingresar al mercado laboral. No existen políticas públicas que promuevan el buen vivir de los discapacitados argentinos. Tampoco ayudan las leyes vigentes: son escasas y magras y nadie las cumple, ni el Estado ni el sector privado. “Discapacidad y discriminación van de la mano”, enfatiza el compañero, “es un tema olvidado, escondido, el reflejo de una sociedad que prefiere no ver aquello que la incomoda y la atemoriza: una de las grandes deudas de la Democracia argentina”.

Si la sociedad civil es el espejo de una cultura determinada, el arte bien puede retratar la «cara maldita» de esa misma sociedad. Y así surgen en la charla el Informe sobre ciegos de Sábato y El jorobadito de Roberto Arlt y la infinita galería de tullidos que pueblan las películas de Leonardo Favio. “Borges era ciego y Cervantes era manco”, bromea Carlos, sin olvidar la sordera de Beethoven. La conversación se pone demasiado interesante: mal momento para comenzar a desplegar las habituales preguntas de eso que llaman entrevista periodística.


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Redacción

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