Neuquén:
No sólo petróleo
Lunes 3 de septiembre de 2007, por Nadia Mansilla *

Fuentealba. Nunca asesinado nunca muerto, mira desde los esténciles que colorean las paredes neuquinas. El maestro asesinado está todavía en esa inocencia que todos conocen. Sobisch también, como memoria de esa muerte. Luego, alerces y manzanos, aún en pleno invierno, conforman paisajes que son como te imaginaste el paraíso. Prosperidad en los barrios ricos.

En otro lado: miradas perdidas, fuertes, pertenecen a caras angulosamente mapuches y llevan pieles erosionadas por el clima desértico. El petróleo que alguna vez nuestro y que ahora se va en camiones, sólo dejando pueblos fantasmas. Desigualdad por donde se mire. Destellos de un pasado que fue mejor cuyos protagonistas se niegan a abandonar la mejor arma que tienen: su trabajo. Esto es Neuquén. O casi. Se olfatea tensión en el aire.

Está el centro, los barrios cerrados por decantación de piel, la movida, la noche, la tranquilidad detrás del aire acondicionado. Restoranes. Es Neuquén. Nos fuimos. Como para agarrar la provincia desde afuera, la periferia.

500.000 es el número de habitantes de toda la provincia. 250.000 en la ciudad Capital.

Ahora vamos por más, vamos a intentar a entrar en el significado de esta tensión, de este símbolo del maestro reflejado en cada muro, en cada guardapolvo.

Las Tomas

“Se vino la crecida y se me llenó la casa de agua. Vivía a la vera del río, sin gas ni luz, en Paso de los indios. Entonces me enteré de esta toma y me vine para acá, con el hijo de mi hija, la mayor. Y aquí estamos”, dice doña Rosa -una doña Rosa muy lejana a aquella preocupada por la inseguridad. Es Añelo, departamento del Neuquén. O habría que decir un pequeño pueblo en el medio del desierto. Rosa tiene 54 años y 4 hijos. Quedó viuda. Su marido murió de cáncer de pulmón. “El médico nos dijo que era por el cigarrillo. Pero yo sigo fumando. Es que a veces calma el hambre y el frío, por sobre todo la angustia.”

Sus colchones salen a tomar un poco de sol. Pasaron la noche, como todas las noches, sobre el piso de tierra que junto a una veintena de personas tomó esa zona al lado de la ruta provincial Nº 7 hace meses. Tierra que estaba reservada para que se establezcan empresas en el Parque Industrial. Tierras fiscales. Ahí nomás, a unos metros, decenas de camiones trasladan combustible. Una de las casillas, hecha de chapa y maderas, alerta “Al que se acerque sin permiso, lo voy a cagar a corchazos”.

La voz, cerca, una carpa. Así se toma un terreno: existe la necesidad, existe el derecho, existe la tierra. A tomarla, instalarse, resistir y pelear por quedar. No gratis, pero sí que les permitan acceder a una forma posible de pagarlo. En Neuquén no hay casas para pobres, ni tierra. Un déficit habitacional reconocido por el gobierno provincial; faltan 50.000 viviendas. El 10 por ciento de la población, a la intemperie. Es parte de la tensión.

Vamos teniendo nombre

Otra vez en la ruta. Cerca de Neuquén Capital, en Plottier, unas 68 familias crearon otro asentamiento. Lo llamaron “Toma Fuentealba”. La mayor parte de los ocupantes son jóvenes, con trabajo, que no superan los 30 años y ya con un par de hijos. Si bien por decreto se prohibieron las tomas en la ciudad de Plottier, -“No pueden prohibir eso, ni la pobreza ni la necesidad”, afirma uno, con la voz cansada- los todavía pibes se organizaron en el barrio y decidieron tomar esas tierras como única alternativa de no seguir viviendo en las casas de sus padres. Ahora están firmes bajo el lema “los 68 o nada”, porque desde el Municipio les proponen un loteo social que los llevaría a una zona más árida aún y que sólo incluiría a familias con determinada cantidad de hijos, sin trabajo u otros requisitos que dejarían afuera a muchos.

La asamblea de la toma se niega y se resiste a aceptar esa propuesta. Claudicar sería, para algunos, volver a vivir con sus parejas, sus hijos y sus hermanos y sus padres. “Esta toma es lo más parecido a algo digno”, dice Cristian, 28 años y 2 hijos, que llegaron luego de esperar 7 años para que vengan. “Decidimos tenerlos para no volvernos viejos por esperar por la casa”. Mientras David, de 22, asevera que todavía no quiere tener hijos “para no andar con los chicos tirados por ahí”. Un alquiler de un monoambiente en Plottier sale unos 600 pesos. “Yo soy albañil, gano 1000 pesos. Si tuviese que alquilar, no comería”, opina otro de los ocupantes.

Ocupar es tomar posesión, apoderarse. La toma es la necesidad de tener un terreno, a como dé lugar. Para eso se cargan con un mate y un tronco que se quema lento, en el medio de la tierra, entre los que alguna vez serán los patios de sus casas. Y agrega Cristian “Mientras a nosotros nos quieren sacar de acá y mandarnos a la barda, cerca del cementerio, más allá del río se están construyendo barrios privados con cancha de golf. A nosotros nos tienen así porque no somos clientes para el creciente mercado inmobiliario, pero tenemos derechos y no pueden faltarnos el respeto así”, señala Cristian con el mayor de sus hijos a upa.

En camino otra vez.

Entre Plottier y Añelo está San Fernando del Chañar. Zona de chacras que el invierno ha pelado. La ruta, con tanto desierto que marea, se condimenta con algunos chivos. Nos cuentan entonces la historia de la familia Faúndez, en Chos-Malal, que desalambró el campo donde llevaban a caminar a los suyos. La tierra es del que la produce, se dijeron, y a fuerza de fustazos, a lo indio, la recuperaron. En la ruta hay también un denominador común al resto de los caminos argentinos: imágenes de Namuncurá y del correntino Gauchito Gil. Bocinazo para que cuide el viaje y a seguir adelante.

San Fernando del Chañar abre sus puertas y en vez de recibir con un mate, invita a un impiadoso viento patagónico. Seco, como las pocas palabras que otorga Pamela Lezama. Tiene 21 años, unos hermosos ojos marrones y dos chicos. Vivía con sus suegros hasta que... otra vez la toma de tierras como única alternativa. En este caso las de una multinacional frutera que tenía hectáreas sin usar, mientras que familias como las de Pamela no accedían a su espacio propio. Se organizaron, también, en su barrio. Luego lograron la adjudicación del terreno que el municipio de El Chañar compró para vendérselo a las 47 familias que lo ocuparon. Su marido, como muchos de los hombres chañarinos, es trabajador rural.

Trabajo rural, acompañado por el MP3

En una de las chacras, donde durante el invierno unas diez personas realizan trabajos de limpieza, César y Pablo Ovejero, de 25 años y 23 años y Jorge Lizama, de 22, cuentan sobre su laburo: “Vamos de chacra en chacra, buscando trabajo, porque el trabajo estable se acabó en San Patricio del Chañar. Cuando se terminan las tareas vamos a otra chacra, pero pasan 15 días o un mes hasta que volvemos a conseguir trabajo y andamos cortos para llevar comida a la casa”. Un trabajador rural trabaja unos tres meses, a mil pesos por mes, a contrato abierto. Eso significa que cuando se termina la tarea, el trabajo se termina.

Ellos también participaron de la toma de El Chañar. “Nos fuimos avisando entre nosotros e hicimos la toma. La peleamos y nos dieron los terrenos a pagar en cuotas de 20 pesos por mes. Peleamos hasta el precio. Incluso hasta eso le sacamos, porque ni nos querían ceder la tierra porque decían que éramos usurpadores”, dice César.

“A pesar de que Chañar es rico en todo lo que es frutas y viñedos, y de que es un pueblo que exporta y acá sólo deja desigualdad. El patrón, con quien ni siquiera tratamos, manda y hace lo que quiere, total en la puerta de la chacra hay tres o cuatro esperando. Y no pagan certificado medico si te enfermás por el laburo, salvo que te cortes un dedo o algo así. Además, nosotros entramos y salimos cuando queremos en cualquier chacra, porque somos pibes. Pero a los que tienen 40 años no los contratan en ningún lado. Y hay que pelear por ellos. Eso pensamos entre los compañeros que nos vamos conociendo por las chacras”, agrega César.

Es Neuquén. La provincia nos va quedando grande. Comprender tanto desmadeje. Ricos ricos, pobres pobres y un odio profundo. No es joda. Por algo Cutral-co, por algo Fuentealba. La calefacción del automóvil protege. Es el regreso a Neuquén Capital. Lucecitas, barrios que dan tristeza. Y no. Nos quedan las palabras de Sandra, la mujer del asesinado maestro: “Cuando uno decide luchar, también decide vivir”,

Entrevista con Horacio Fernández

“Hay que ser hijo de puta para inventar la pobreza en Neuquén”

“Llegué en el 79 a Neuquén y no me fui más”, apunta Horacio Fernández, secretario general de la CTA neuquina desde 2003 y reelecto en las últimas elecciones de 2006. Proveniente del sector telefónico y de Buenos Aires, arribó allí “buscando otro lugar de laburo dentro de lo mío, las telecomunicaciones. Trabajé con instaladores de la actividad privada y luego en la Dirección de Telecomunicaciones de la provincia de Neuquén. Ahí me incorporé a ATE.” En la Asociación de Trabajadores del Estado fue secretario de acción política y actualmente es secretario general adjunto. Tiene 54 años, seis hijos y una voz que bien sabe acompañar un discurso concreto y comprometido. Aquí cuenta en qué anda la CTA en esa provincia tan árida como fecunda, tan rica como pobre.

“Neuquén tiene un presupuesto de 3.500 millones de pesos -arranca Fernández - en recursos propios del Estado entre regalías, coparticipación e impuestos, para sólo 500.000 habitantes. Con esa cantidad de recursos presupuestarios por habitante, además de la riqueza que se extrae -que significa un 27% de petróleo y un 50% de gas de la Argentina proveniente de la provincia de Neuquén- que en esas condiciones haya neuquinos no tengan satisfechas sus necesidades básicas, es un invento. Hay que ser hijo de puta para inventar la pobreza en Neuquén”.

Teniendo en cuenta que el 40% de la población neuquina está bajo la línea de pobreza, para Fernández ese “es un invento que lleva la premisa de aguantar lo que hay porque siempre se puede estar peor. Entonces lo que es importante es cómo se construye la fuerza organizada para hacer lo que se necesita para solucionar los problemas de la gente. Eso es poder. Los compañeros que toman tierra; los que discuten salarios y mejores condiciones de trabajo tanto en lo estatal como los trabajadores rurales; de los que pelean por el hospital y la escuela pública. Organizar la fuerza de los que no se resignan es la construcción de poder popular. Así se explica en una asamblea”, indica Fernández. Luego agrega que “toda la energía de la CTA neuquina está puesta en la distribución de la riqueza, tanto para el salario directo como el indirecto que implica la educación, la salud, el acceso a la vivienda”.

Durante los 90 la provincia de Neuquén fue un nicho de pelea muy fuerte contra la reforma liberal: “Aquí no entró el hospital de autogestión, la Ley Federal de Educación, no se privatizaron las empresas de distribución de agua, energía eléctrica ni la caja de jubilación de los trabajadores estatales. Se resistió para mantener esos puntos que pertenecían al Estado de Bienestar. De hecho Neuquén tiene 1,5% de la población del país y el 25% de los procesados por la judicialización de la protesta”, señala Fernández, quien a principios de año fue, junto a 13 compañeros, sobreseído en un juicio por coacción agravada en una causa que data de 2002 por diversas manifestaciones.


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