Elena Reynaga, secretaria general de la Asociación Mujeres Meretrices de la Argentina
Calle adentro
Viernes 28 de septiembre de 2007, por Martín Fedele *

Elena deja caer una mueca burlona, pertinente, y dice: “nuestro histórico patrón: la policía”. Está hablando de ellas y de sus compañeras, las trabajadoras sexuales sindicalizadas. “Porque esa es la verdad”, afirma, “aunque algunos todavía se hagan los distraídos”.

Está hablando de una patronal sin rango específico, parasitaria, difusa en vestidos de orden y decencia. Está hablando de una falsa moralidad con gusto a hipocresía. Y está hablando, fundamentalmente, del trabajo y sus patrones.

Elena cuenta un oficio donde las chicas del burdel son como máquinas en un casino, útiles y descartables. Cuenta de la esquina y los calabozos. De proxenetas y alcaloides. En la noche. Calle adentro. Recuerda, entre risas, cuando rufianes de poca monta y malandras con chapa supieron bautizarla como La Colorada Quilombera. Recuerda el Ingenio La Esperanza, en la provincia de Jujuy, donde nació, parida en el clamor de su madre por la muerte de Evita.

No fueron ni 19 los días ni 500 las noches pero Elena Reynaga sí fundó el primer sindicato argentino de trabajadoras sexuales. En el año 1994. Atestigua Elena: “Un buen día nos cansamos. Y dijimos basta. Estábamos hartas de ser perseguidas por la policía, toda la noche, todo el día, a cualquier hora, humilladas; metiéndonos presas, robándonos el dinero de nuestro trabajo. Entonces entendimos cómo venía la mano. “Vamos a juntarnos y a defendernos”, dijimos. Y así empezamos a darnos manija. Sin saber nada de organización gremial, sin ninguna experiencia política; porque nosotras no éramos militantes, no entendíamos nada, éramos mujeres, madres, trabajadoras cansadas de la represión policial”.

Aquella mueca burlona ya no está en el rostro de Elena. Ahora sus ojos denuncian orgullo.

El señor de los anillos

La primera copa, el último cabaret, el Gran Buenos Aires, la temible Bonaerense; el pulso de la procesión que (siempre) va por dentro. Y el deseo irrenunciable de defenderse y defender a sus compañeras. Eso que hoy Elena llama, en justa medida, “la organización”. Eso que la Historia del sindicalismo internacional conoce como Asociación Mujeres Meretrices de la Argentina: AMMAR.

“El proxenetismo, la esclavitud, la explotación infantil, el tráfico de mujeres, todo eso tiene que ver con la pobreza: eso es lo que no se bancan: la pobreza”. Elena enfatiza las palabras y dice más: “Nosotras no somos prostitutas, porque no nos entregamos como personas; eso lo hacen “otros” que dicen ser dirigentes políticos. Nosotras no nos prostituimos de la cabeza: nosotras trabajamos con el cuerpo. Somos trabajadoras sexuales. Eso somos”.

Los años de la última dictadura militar fueron sinónimo de calabozo y persecución y simulacros de fusilamiento para Elena y sus compañeras. La calle la querían solo para ellos: maltrato y mazmorra. “Y en democracia la cosa no cambió mucho”, advierte Elena, “para nosotras la brutalidad policial siguió igual, como si nada hubiera cambiado”. Recién en el año 1998, luego de mucho batallar, las compañeras de AMMAR obtuvieron la primera gran conquista de su incidencia política: la eliminación de los edictos policiales en la Capital Federal. Más tarde ocurriría lo mismo en la provincia de Entre Ríos. Y hoy avanzan en otras provincias.

Compañeras trabajadoras

El destino de AMMAR está estrechamente ligado a la historia de la CTA. Cuando esta incipiente organización de trabajadores daba sus primeros pasos, las compañeras también comenzaban con sus reuniones, temerosas, gambeteando aprietes y razias. En un principio se trataba de encuentros catárticos, caóticos, vendaval de furia y resentimiento, un puñado de trabajadoras sexuales contando sus penas en un bar de Constitución, “desesperadas”, insiste Elena, “entendiendo que juntas podíamos hacer algo”.

Alguien mencionó a la CTA como el espacio propicio para desplegar ansiedades y asimilar conciencia gremial. Y allí fueron las compañeras: decididas a cimentar sus principios. “A nosotras nos hablaban de la clase y los derechos laborales, y nosotras no sabíamos de qué nos estaban hablando. No teníamos la conciencia necesaria como para darnos cuenta que formábamos parte de una clase: la clase trabajadora.

Tampoco nos dábamos cuenta de los derechos que teníamos que hacer valer. Es decir, no nos dábamos cuenta del verdadero significado de la palabra sindicalismo. Afortunadamente, la experiencia de los compañeros nos ayudó a entender un montón de cosas. Y ahí comprendimos que nosotras, las trabajadoras sexuales, también podíamos tener nuestro propio sindicato. Y lo tenemos”.

La mueca ya quedó atrás. Ahora, ese ser, soy, ilumina el semblante de Elena.


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