Por las provincias: San Juan
Viejo Zonda
Viernes 28 de septiembre de 2007, por Martín Fedele *

Parece imposible aceptar que semejante desierto alguna vez haya sido un lecho de mar. Pero así es. O así fue. Eso afirman los libros y confirma el suelo mismo: en el corazón de las piedras yacen peces y moluscos.
Y ahora, bien humanos, rutas y caminos y pueblos y ansiedades dicen que estamos en San Juan: tierra de parrales y olivos, tierra de dulces y pumas salvajes.

Con sus cerros preñados en oro y plata. Y sus vinos robustos. Y sus difuntos. San Juan de Cuyo, territorio de los indios huarpes, mestizaje manso e ilustrado, rincón primordial en la historia argentina.

El viento zonda castiga resuelto. Espeso, caliente, levanta polvareda y enceguece. Sopla el zonda ancestral; zumba lascivo. Kilómetros y kilómetros por cada hora de persistente embate. Hierve el aire. Indolente.

Y al oeste, altanera, la cordillera de Los Andes no quita los ojos de encima. Contempla en su sano juicio el devenir de esos hombres y mujeres, esos ranchos de adobe, esas acequias. Raza tolerante y creyente. Y por sobre todo austera.

En San Juan: dónde la tierra de veras tiembla.

Ganas, muchas ganas

La provincia está convulsionada: por primera vez en su historia un club local compite en el torneo de Primera División del fútbol argentino. El candor popular palpita en las entrañas del envalentonado San Martín de San Juan: santos y próceres cruzados por una pelota; enhebrando ilusiones al pie de la cordillera. Hoy reciben al Racing Club de Avellaneda. El sol y las banderas hacen tiempo. Pero el cotillón del fútbol, casi invencible, no alcanza a esconder la otra cara de la moneda: los niveles del desempleo que galopa en la región.

En San Juan el trabajo escasea. Demasiado poco para tantas manos urgentes. La falta de trabajo ya deja de ser un drama y sucede en tragedia. Miles de sanjuaninos sobreviven por debajo de eso que llaman línea de pobreza. Y entonces es la miseria la que campea. Fastidiosa y bruta. Chasquea el hambre y su cara de hereje. Como un zonda maldito la desocupación arrecia a cada costado. Apenas si deja espacio para la subsistencia.

La organización popular está con ganas de empezar a torcer destinos. Muchas ganas. Ganas de alinear esfuerzos y esperanzas. En todo el Valle de Tulum, hasta Sarmiento, asoman las asociaciones productivas, los emprendimientos, la necesidad trocando en métodos y proyectos. Tienen ganas de trabajar. Y así lo demuestran: organizándose. “No queremos el pescado, queremos las cañas para pescar nosotros”, dice Ramón, bíblico a la hora de sentir un estado de conciencia.

En 25 de Mayo, en 9 de Julio, en Zonda, en Chimbas, en Pocitos, y en tantos otros departamentos, los sanjuaninos organizados hablan de sus ganas de trabajar. Hablan de semillas y cosechas, de cerdos y gallinas, explican faenas, proponen distintas recetas para chacinados y dulces y conservas, imaginan hornos donde elaborar ladrillos, aseguran que con un poco de tela y algunas máquinas de coser podrían estar mejor. Hablan de producir y ganarse la vida.
Dicen lo que dicen con la sensibilidad de los hombres y las mujeres que luchan. Como Griselda, referente social en el distrito de Tupelí. “No vamos a bajar los brazos”, promete, “para nosotros esto recién empieza”.

Madurando

El mate sanjuanino viene caliente-caliente, como el viejo zonda, y atestado en azúcar. Así viene. Y así marcha. Las compañeras Mirtha y María Eva insisten en un mismo concepto a lo largo de la avanzada por la empinada cuesta: “organización y coraje”, repiten, con cuyano entusiasmo, definiendo el presente provincial de la CTA. “Tenemos que organizarnos para seguir creciendo. Y tenemos que tener el coraje suficiente para enfrentar a los poderosos”. Eso dicen. Eso hacen.

La Cuesta del Viento asusta hasta el más mentado: precipicios y peñascos que estremecen. Abajo, sinuoso, el Río Jáchal acompaña; mal herido, infestado por la Industria Minera, trasnacional y depredadora. El azúcar blanquea dentro del mate. Y las compañeras cuentan: “El desempleo, la falta de trabajo genuino, cada día es peor. Esta es una provincia muy muy rica, llena de recursos naturales. Pero eso no se ve en la realidad del pueblo sanjuanino. Los dueños de todo se llevan la riqueza, y a nosotros nos dejan limosnas. Y las limosnas ya no alcanzan para nada”.

En San Juan el kilo de papa a 4 pesos parece un mal chiste del sistema. Un atentado a la pobreza. Eso dice el compañero Silvio. Y dice más: “Acá las empresas vienen a hacer grandes negocios. No pagan impuestos, no pagan salarios, no respetan nada. Son los dueños de la provincia. Y se creen los dueños de la vida de la gente. En San Juan hay poco trabajo. Y lo poco que hay está muy mal pago”.

Las asociaciones civiles concentran un importante caudal en esta etapa de la CTA sanjuanina (ver aparte). Trabajadores y trabajadoras decididos a la organización. En la asociación Virgen de Andacollo Don Dante explica: “Acá tenemos las manos, acá tenemos la tierra, lo que no tenemos es semilla. Eso precisamos: semilla. Y algunos chanchos”. En la charla con Don Dante emerge el tiempo antiguo, el tiempo de su padre, su abuelo, cuando carnear un chivito era parte del paisaje, cuando la huerta daba de comer a toda la familia. “Acá hay muchas ganas de trabajar. Lo que no hay es trabajo”.

La cosa está así: cotizando en desvelos una bolsa de harina.

Un triunfo

Poco que festejar en la capital de San Juan: 2 a 0 perdió San Martín. Todo está en calma. No hay fiesta. No hay zonda. Pero los compañeros tienen algo que celebrar: la inauguración del nuevo local de la CTA provincial. En una guapa esquina del Centro; entre calles anchas y vereda arbolada; respetuosa de sismos. Una casa que simboliza el nuevo tiempo de la Central sanjuanina. Un espacio para los trabajadores.

“Tenemos que crear nuestra fuerza propia. Estar con los trabajadores. Organizarnos”. Los compañeros aprueban. Están orgullosos. Y así lo expresan. Entonan un buen vino, recuerdan a un tal Sánchez, cuentan cuentos, bromean distendidos sobre política. Están bajo el techo de una nueva casa. Están empinando la historia.

Hotel recuperado

180 kilómetros al norte de la capital sanjuanina. A 2000 metros de altura sobre el nivel del mar. Flanqueado por la cordillera de Los Andes. 12 hectáreas, 36 habitaciones, capacidad para 90 personas. Estamos en el Hotel Termas Pismanta: una empresa recuperada y autogestionada por sus trabajadores. Allí nos recibe Domingo Montaña, presidente de la Cooperativa Cacique Pismanta, un orgullo para la CTA en el departamento de Iglesias.

Todo comenzó en el año 20001, como comienza siempre en estos casos: la empresa concesionaria se atrasaba en el pago de salarios, no liquidaba aguinaldos, suspendía empleados. Ahí arrimaron las medidas de fuerza de los trabajadores. Pero la situación ya era insalvable. En julio de 2002 el patrón se fugó, vaciando el hotel, llevándose en las alforjas lo poco que quedaba: vajilla, manteles, sábanas, elementos de cocina.

Entonces llegó el momento crucial: los laburantes se hicieron cargo de la administración del establecimiento. Fue difícil, claro. Deudas y más deudas y turistas espantados. Pero tenían a su favor la experiencia del trabajo y el apoyo de todo un pueblo. Y así salieron adelante. Asesorados por la Central y el movimiento de empresas recuperadas que, por aquellos días, prendía fuerte en todo el país.

Hoy el complejo está trabajando al tope de la infraestructura disponible. Con turistas nacionales y extranjeros que disfrutan de sus aguas termales: sauna, ducha escocesa, baño vapor, natatorio, masoterapia, fangoterapia, ambiente climatizado, cocina regional, panificadora propia. «Un oasis al pie de la cordillera», como bien anuncian los folletos del hotel.

Con el patrón fugado y la cooperativa andando, al gobierno provincial no le quedó otra salida más que aceptar la propuesta de los trabajadores y firmar una concesión por 20 años. Y ahí entonces quedó marcado el triunfo de los compañeros y su cooperativa.

Dice Domingo: “Nosotros seguimos invirtiendo en el hotel. Queremos agregar más habitaciones, recuperar las canchas de tenis, construir un salón de juegos. Tenemos muchos proyectos para el hotel. Esto es nuestro y vamos a cuidarlo. Sabemos trabajar bien”.

En Pocitos: Asentados

En el departamento de Pocitos. A la vera de las vías del ex-ferrocarril San Martín. Cinco kilómetros ladeando el terraplén. En terrenos de 12 x 30. Un asentamiento. Una fecha: 17 de abril del año 2003. Hoy más de dos mil familias viven en el barrio.

Allí están germinando algunos emprendimientos productivos. Una carpintería. Algunas máquinas de coser. Elaboran dulces y conservas. Y pan. También hay un horno para fabricar ladrillos. Inmenso. Allí está Mario, encargado del flamante emprendimiento. Mario habla de los 15 mil ladrillos por tanda, de las 80 horas de cocción ininterrumpida, de los 20 mil kilos de leña; habla del barro, el aserrín, el agua y la arena. Y habla también de los ocho compañeros que allí trabajan.

17 de Abril, entonces. Allí todos conocen a Hugo Herrera. Organizando el barrio, al frente en la toma de tierras. «Luchar para ser dueños». Esa es la consigna que los mantiene unidos. Y alertas.

En Caucete:El otro terremoto

Los compañeros reunidos en la flamante CTA Caucete nos reciben ya cayendo la noche. Todos allí vivieron en carne propia el terremoto del 26 de noviembre de 1977: una de las peores catástrofes naturales que recuerde la historia argentina. A punto de cumplirse 30 años de aquel fatídico amanecer, los compañeros evocan: “La tierra temblaba, se sacudía como las olas del mar.

La gente salía a la calle desnuda; las casas se caían, se abrían grietas en el suelo y brotaba agua caliente y arena. El cerro se desmoronaba y las rocas rodaban por las calles. El estruendo era terrible. Una nube de tierra lo envolvía todo. Parecía un bombardeo”.

Hoy, tantos años después, otro terremoto invade a Caucete: el terremoto de la desocupación. “Acá no hay trabajo. Nada, o muy poco.
Los jóvenes terminan de estudiar y no saben qué hacer. Esta es una comunidad rural, zona de trabajo en la tierra, zona de oficios. Pero lamentablemente no hay trabajo. Acá hay mucha gente que busca y busca. Pero no encuentra”.

En Chimbas: Hoyo para pobres

Chimbas, “al otro lado del río” en su legua original, aparece como el departamento dónde van amontonando a los pobres de la provincia: allí han desterrado las villas de emergencia y barrios carenciados que perturban el horizonte a las postales sanjuaninas. “Erradicaron las villas para poder hacer negocios inmobiliarios con las tierras que ocupaban antes. Y los tiraron a todos acá, en este hoyo para pobres”. Así habla Mary, referente de la Asociación Civil Martina Chapanay.

Otras asociaciones, como Fortín del Norte o el Centro Comunitario Evita, también asisten la suerte de los confinados: sin trabajo, sin estructura sanitaria, sin escuelas, pendulando en la maroma de los PEC, los planes sociales que bajan de Nación. “Tenemos una finca con gallinas ponedoras, un taller de costura, hacemos artesanías de cerámica para ayudar a la gente. Pero no alcanza, las necesidades son muchas”. Tiene razón Mary. Tanta razón como la certeza del hambre.


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Redacción

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