
Yunga. Un viaje. En el bar del aeropuerto Jorge Newery. El avión demora. Los aviones demoran en este país. En el bar, David Sarapura cuenta de la Yunga. Sarapura tiene 34 años, es Kolla y habla de su infancia. Más que de su infancia, de una monja maestra en una escuelita de niño.
“Usted no tienen que decir que son Kollas. Es malo eso. Tienen que decir que son argentinos. Tampoco hablen ese idioma delante de la gente, nos decía. Durante cada recreo nos hacía arrodillar y pedir perdón por ser lo que éramos".
"¿Se da cuenta? Yo busco en mi infancia y siempre me encuentro arrodillado durante los recreos, rezando por no ser. De los otros grados jugaban y nosotros no. Siempre arrodillados. Esa monja todavía vive en la comunidad. Yo la he vuelto a ver. Discutimos. Le he dicho que era una persona porquería, lo que nos hacía cuando éramos niños. Por tu bien, lo hacía. Eso responde. Por tu bien. ¿Se da cuenta?".
Sarapura es el primero que dice del Malón de la Paz en 1946, de que sus ancestros anduvieron tres meses a lomo de mula para verlo al general Perón. Habla que ellos, después de luchar durante 50 años han ganado la tierra al ingenio: 120 mil hectáreas. La Yunga Salteña, es hacia el oeste de Orán. Sarapura habla llevando sobre sus hombros los 500 años de historia de su pueblo. La lucha. Ahora trabaja en ATE, en Parques Nacionales.
Un pueblo en lucha. 500 años de estar arrodillado y seguir. Un destino, perder el idioma, ser arreado por generaciones a cada cosecha de caña, tener eso y la resistencia como doble destino.
Horas después, en Orán. Ya es noche y por la llanura nubes con gusto al aroma de la caña recién cortada. Un aire acre, dulzón. Hay una breve reunión en una habitación. Pertenece a la comunidad Tinkunaku. En realidad son cuatro comunidades unidas por la tierra. Hablan de la tierra, del gasoducto, de cómo con la CTA frenaron el desmonte de mil hectáreas de bosque por parte deI ingenio el Tabacal.
Por la mañana girando hacia la izquierda, comienza la trepada hacia la Yunga. Caminos de ripio, después huella. Y bosque. Hemos cambiado de acompañante, nuestro acompañante que llegó con nosotros, David Sarapura, nos pone en manos de un baqueano que nos llevará a las comunidades. Es un muchacho de carácter tranquilo, su vida ha transcurrido en la comunidad del Angosto, luego estudió en Tucumán y ahora trabaja en ATE.
Héctor, el baqueano de veintisiete años, cuenta: - desde el `97 para adelante plantamos bandera y dijimos aquí no va a entrar nadie. La Sibor, había comprado las acciones del ingenio y lo veía a San Andrés como un lugar bonito y quería plantar un gran complejo turístico y el ingenio mandó un administrador que se llamaba Montalbán Smith y el tipo fue bien prepotente a las comunidades de San Andrés, decía que iba a desalojar a las personas, tomaron el molino, tomaron casas, malo, malo.
Entonces las gentes dijeron, no así no se puede, tenemos que juntarnos las de las cuatro comunidades. Hacer un corte en la ruta y no dejamos pasar a nadie. Ahí comenzamos a decir aquí no entra nadie, este territorio es nuestro, sino lo defendemos nosotros esto lo van a explotar todos los recursos, eso en el `97. .
Y este año, en el 24 de abril hicimos la marcha a Salta y logramos titularizar las tierras de la parte alta que son setenta mil hectáreas. Título único, comunitario, hay unas cláusulas especiales que dicen; que son inembargables, de uso comunitario, que no se pueden vender; está exento de impuestos.
Ahí la tierra fue nuestra. Esto habrá que escucharlo. La tierra.
Eso cuenta Héctor. Por la huella una pastora va arreando sus ovejas. Es una mujer tranquila, confiada. Bernarda, pastora de las alturas, dice la India. A la India Rodríguez le resulta fácil. Por ahí andan sus ancestros. Habla, pregunta:
Bernarda
¿Cuántos años tiene, Bernarda?
Cincuenta y cinco. Yo vivo para allá, este joven (Héctor) conoce.
¿Cuántas ovejas tiene?
Y no sé cuántas serán... capaz que sean setenta, más o menos. Se amontonan y quedan poquititas, ya muchas se han desbaratado, mucho. Cuando sea vieja ya las voy a acabar de comer. Viene mi chango, también, de lejos, viene a comer un asado así que por eso también las tengo, sino ya las hubiera liquidado. Vienes los hijos y dicen: Mamita, queremos comer asado: Y ahí nomás corto el cogote y ya está.
¿Cuántos hijos tiene?
Huy, yo tengo muchos. (Se ríe). Algunos tengo muertos, algunos tengo vivos; otros viven en Buenos Aires, otros viven en Córdoba, por ahí. En total siete, después tengo otras nenas, que ya están en santidad...Entonces vienen esos changos y acabo todas estas ovejas. Los changos como vienen de lejos a visitarme, se quedan una semana, quince días y después se van a su trabajo.
¿Todo el año vive aquí?
No, en octubre me voy al cerro. Nosotros, subimos y bajamos, ahora la gente de Río Blanquito, se quedan, pasan aquí. Yo con estos corderos y cabras me voy al cerro. El quince, veinte de octubre me voy al cerro, por que aquí llueve mucho, hay mucho sabandijas, bichos. Entonces la gente se va con los animales, caballos, todos, a las ovejas hay que sacarlas por que la lana se llena de espinillas, cadillo... mueren las ovejas. Mejor hay que sacarlas al cerro y están acostumbradas al cerro.
¿Cuánto tarda en llegar al cerro?
En tres días llego al cerro, voy despacio y en tres días llego. Estoy acostumbrada a andar por el cerro, subir y bajar, subir y bajar, así estamos. Así es la vida aquí. En el cerro por el tiempo, sembramos todo y después ya bajamos en junio, julio, con nuestras vaquitas, nuestras ovejitas. Allá yo vivo sola, mi marido se va a trabajar y yo quedo solita en el cerro y si los chicos comienzan las clases, se vienen a la escuela. Así que yo quedo solita arriba. Hago las cosas como puedo, arrío mis ovejas, mis caballos, mis gallinitas, gatos, perros, ya estamos acostumbrados a andar así.
500 años subiendo al cerro cuando llegan las lluvias. Una generación tras otra. Parecería que miden el tiempo desde otro espacio, no es tan claro que en su vida haya “objetivos”. No hay ningún lugar donde llegar. Para el verano subir, para el invierno bajar. ¿De quién puede ser la tierra? El cerro, la montaña azul que señala aparece achatada en la distancia. Detrás está la Quebrada de Humahuaca. La Puna. Santa Victoria. Somos el mismo pueblo. Somos Kollas.
A pesar que a David la monja lo hacía arrodillar.
Pues claro. Es Héctor. Conoce la historia y ríe su fila de dientes blancos.
Ahí la tierra fue nuestra
Cómo decide la Comunidad las parcelas, a qué familia le toca una parcela, a que familia le toca otra.
Eso viene de manejo ancestral y eso lo hacen las autoridades locales, en cada uno de los cuatro ayllus hay concejos locales. En cada ayllus hay doce personas que integran el Concejo Local y esas doce son las que administran el ayllu -así se denomina cada comunidad, ayllu.
¿Cómo se eligen esas personas?
Ellos son elegidos por asamblea en la comunidad local, pero también se eligen cuando se elige el Concejo directivo que está en Orán. Se dividen las tareas, y dicen, por ejemplo; vos te dedicás a la parte ambiental, a la parte social o la parte productiva: si bien es cierto que la comunidad ha crecido y tienen mucho trabajo los Concejos Locales en tanto al uso de la tierra, por que ahora la población crece y hay conflictos por la tierra; gente que quiere terrenos, chicos que se juntan a muy temprana edad y también quieren terrenos
Hemos luchado por esa tierra, con sangre, con muerte.
Cruzando vados, apenas riachos. Durante las lluvias serán torrentes. Héctor cuenta. Cuentan de la tierra. De cómo se unieron. Como fueron juntando Kollas de todas las comunidades de la Puna. Hasta de Santa Victoria, Iruya, todos en malón, nos metimos en Salta. Los asustamos y no éramos más que quinientos. Para nosotros mucho.
Un ayllu. Una escuela tremenda, nueva, reluce sobre una emplanada. Detrás, como creadas por la mano de un niño, las montañas se van dibujando hasta encontrarse con el sol. Son cosas del lugar. Un maestro, niños en la escuela. El maestro cuenta. (Hay un recuadro sobre los maestros) Los ojos y ese brillo. Llegamos hasta la casa donde vive la madre de Héctor. Otras mujeres. Son comunidad, todos tienen derecho a participar, saber.
Ahora vamos a dejar la voz a doña Primitiva Mamani
Mis abuelos contaban así hemos luchado, así hemos luchado. Castigados por el Ingenio que nos hacía trabajar gratis, a veces. Y sino compraban del azúcar del ingenio y compraban de otro lado, ahí nomás les metían una “azotera”. Entonces, ellos contaban que esos años eran muy feos, muy castigados por parte del ingenio. Después ya es cuando hemos andado en la lucha. Yo me acuerdo cuando han desalojado aquí a un hombre, que se llama Pablo Ontivera. Ha venido la policía y lo han llevado cargando sus pertenencias, lo llevan para Orán y no sé dónde lo han llevado a tirar. Nosotros hemos quedado asustados aquí y han puesto un administrador y nos dijo: Ustedes, no me sueltan una oveja, una vaca para acá y se van al cerro. Prohibido, soltar por acá, así era.
Nosotros estábamos asustados, meta atajar las ovejas, las vacas para arriba y hemos hecho pircas allá arriba y se han muerto de flacas las vacas, las ovejas y las quintas, todo, han sacado sonando de aquí; hemos tenido que dejar todo. Eso es lo que hemos sufrido fiero, esa vez.
Después, vinieron otros que eran tipo alemanes, que se decían dueños de aquí, también nos querían desalojar y bueno ha salido un anciano, el viejito Don José Gil Palacio; él habló a la gendarmería. Y ahí nos hizo defender Y nos hemos defendido y ahí ya hemos habitado aquí, no hemos sido desalojados, ya.
Y empezamos las caravanas, íbamos a Salta, así como han hecho antes los abuelos, cuando ya los estaban por sacar de las tierras. Nos hemos levantado, vuelta a luchar y gracias a Dios, hemos ido a Salta. Primero. Nada, no, nos han escuchado. Un chico nos ha llevado el río, cuánto mal tiempo, tres chicos hemos perdido en el río, bebecitos. No, nos escuchaba por que el gobierno de Salta todos eran parte del Ingenio y llegaba un papel ahí y volaba al tacho, llegaba otro, al tacho.
No había justicia, casi; hasta que nos hemos ido a Buenos Aires, ahí estaba Coco Barberá el que es intendente ahora; era diputado o senador nacional. Bueno, él hizo el impulso de hacer la Ley de Expropiación. Entonces, él metió la mano al fuego. No podíamos hacer firmar en el Senado, por que cada vez que llegaba el reclamo ahí, ahí se detenía la Ley de Expropiación. Y apenas se ha firmado, yo he ido al Encuentro de Mujeres, creo que era el `94, al internacional, que era en Buenos Aires.
He ido ahí y nos hemos juntado con otras mujeres que eran de Corrientes; había unas Mapuches, buenas mujeres. Hemos sacado audiencia con Menem, esa vez. Nos ha dado para el lunes a las once y nosotros hemos preparado setenta mujeres y todas las mujeres, más de ley, esas buenas también han ido para la audiencia.
Y de ahí nos hemos ido caminando a la Casa Rosada, a ver al Presidente para que se apruebe la Ley en la Cámara de Diputados, y hemos hecho un petitorio, grande, con la queja de todas las mujeres aborígenes, de lo que estábamos sufriendo por nuestras tierras. Hemos hecho un petitorio grande para entregarle en mano, Menem.
Después hemos subido, donde estaba Menem y no había nadie. Estaban las puertas abiertas como cuando yo me voy de mi casa disparando. En el centro estaba la bandera; las sillas, lujosas, lindas y una señora mapuche, dice: “Se ha disparado el presidente, entonces yo voy a ser la presidente”. Y se ha sentado en el banco del presidente, Y otra de aquí, mi compañera, la Carmen, la grandota, dice: Yo voy a ser la secretaria.
No hemos podido dejar el petitorio. No sé por qué nos ha hecho esa jugada el Presidente, qué le íbamos a hacer nosotras, se había disparado, qué se le va hacer... Y así he andado mucho en esa lucha, después me he ido a Tucumán también al Encuentro de Mujeres y ahí también hemos mandado otro petitorio a Buenos Aires. Aquí en Salta no nos querían, íbamos a reclamar de gusto. Pasaron años y años y nada.
El gobierno de Salta no nos quería escuchar y este año los chicos, mi hijo y otros chicos más se han juntado con otros aborígenes de Iruya, de Finca Santiago y se han ido al ataque... y bueno esa gente había sido muy valiente, nos hemos ido a Salta en caravana y como en sueño, fijate, se han dado los títulos... tanto joder.
Bueno, esa es la historia, lo único que tengo en mi cabeza.
Está cayendo la tarde en la escuela de Río Blanquito, una comunidad kolla de ochocientos hermanos. Junto a la huerta, en los fondos de la escuela se llevará a cabo la entrevista que habrá de terminar cuando ya no nos distingamos entre sí y los sonidos nocturnos de la yunga nos cubran, junto al finísimo rocío. El maestro Ceferino comienza a desandar, palabras.
Palabras que tienen fondo. Ahora tienen la tierra.
¿Cuál va a ser el perfil del desarrollo comunitario? Por supuesto distinto por que las pautas culturales de la comunidad siempre han marcado una diferencia, básicamente en la organización comunitaria, y esta organización tiene un principio filosófico distinto al desarrollo capitalista, por que atiende de manera más equitativa, cuando decíamos que la instalación del colegio sea un lugar equidistante es para servir equitativamente a todos los lugares. Este principio es importante y lo tenemos en cuenta por que hay que responder equitativamente a los individuos como a los grupos.
Ahí, entre esas montañas “desarrollo capitalista”. En un atardecer que hunde el ayllu en penumbras (no hay luz eléctrica), sobras que se alargan. Desarrollo capitalista.
¿Usted ve un proceso de cambio, que aún no se ha concretado?
Estamos en un proceso de cambio, obviamente, por que desde el momento en que la Comunidad ha decidido salir de una etapa de semiesclavitud que vivía la Comunidad, un estadio semifeudal que había en donde el patrón obligaba a la gente a trabajar en los cañaverales, a fuerza de látigo a todos nuestros abuelos, y que un día se ha decidido trabajar para liberarse de esa semiesclavitud, darse sus propias autoridades, recuperar la tierra que era nuestra, ahí hemos iniciado un proceso concreto y ahora el proceso sigue.
Eso dice el maestro.
La plaza, las casitas dibujadas. Al otro día se festeja al santo Patrono. En una casa que bordea el gran espacio, basto, tan basto que no es una plaza sino un espacio para otra dimensión de la mente, un grupo de Kollas -hombres y mujeres- carnean un novillo. No es agradable el olor a sangre. Y perros. Perros que esperan sin violencia. No existe la violencia o no parece existir. Oscuridad. Las voces recorren las sombras.
Un gran tablón que hace de mesa. Llega el maestro Ceferino, están los delegados comunales. Quieren saber de los forasteros. Que piensan. Esperan. Y la pregunta atascada todo el día, sale ¿ahora que tienen la tierra, que van a hacer? Hay un hombre de rostro oscuro, pétreo. Otro bajito. No hay apuro. ¿Hacer? Sí, tienen el bosque. La selva. ¿Qué van a hacer, como van a explotar tanta riqueza?
Ceferino espera. El kolla bajito, mira hacia las montañas, hacia el bosque. Eso que usted ve, es yuyo. La madera sagrada se la han llevado toda. Tendremos que esperar cien años para volver a tener la verdadera yunga.
Cien años.
Cien años- dice. Ceferino, el maestro ha dicho el sistema de explotación capitalista.
Arriba, en loma, está la iglesia. Y silencio. Las estrellas con ese brillo. Arriba. Mi Dios, la tierra.
Otra vez en el camino. Quedan dos comunidades. Una, el ayllu San Andrés. El arribo cuando en la escuela están festejando el día del maestro. Un patio de tierra. Un viejo dibujo de Sarmiento. Los niños abanderados. El director habla del Gran Sarmiento. No importa. Han sobrevivido 500 años desde la conquista y colonización, seguramente sobrevivirán a Sarmiento esperado que los cien años, le devuelven la tierra prometida.
El maestro del ayllu ha convocado a la comunidad. Llegan mujeres. Los muchachos lejos. Tienen la voz y la forma de haber vivido en una ciudad grande. No queremos ser Tinkunaku, dicen. Condori también afirma que San Andrés era el centro de las comunidades. Ahora no tienen tierra propia. No están de acuerdo que la tierra de cada comunidad no tenga límites. Hablan de la renta del gasoducto. Desconfianzas.
Y la pregunta. Han tardado 50 años en tener la tierra. ¿Y ahora pelean?
Es derecho de cada ayllu. Una mujer afirma que las otras comunidades reciben ayuda.
Bueno. En la escuela, luego del acto. Invitan a los visitantes con la misma comida que dan a los niños. Guiso. Gustoso. Los niños miran desde ojos de estrellas. Bueno. Las montañas azules relucen sobre el horizonte. Desandar el camino. La Yunga, esos ríos de agua de deshielo, de paraíso, de lugar donde toda alma desea vivir aunque sea, por un momento.
Es todo. Y han pasado apenas 72 horas desde estar en el bar del Jorge Newery esperando el vuelo. Y Sarapura contaba de la monja que lo obligaba a rezar de rodillas.
De rodillas. Ayllu. Sistema de explotación capitalista. Ceferino. Cien años, voy a esperar cien años para que el bosque sea nuevamente bosque. Dios.
Han sobrevivido 500 años de ignominia para volver a ver la tierra como era la tierra de sus antepasados.
No sé que más contarles.
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