
Las villas de emergencia de Capital Federal acumulan ya unos cuantos años de vida. Nacieron entre el crack-up de la década del 30 y la bonanza del peronismo. Desde entonces, vigorosas, vienen engordando y multiplicándose en cuanto resquicio les deja libre la ciudad. Cientos, miles de migrantes nutren cada año estas barriadas semiclandestinas.
Babélicas por definición, malditas y mal vistas, en las villas conviven costumbres y valores, comidas, dialectos, tradiciones diversas y sincretismo cultural en caótica armonía. Allí no hay tiempo para fosilizar las pasiones; “aquí sólo se trata de vivir”, dicen. Y en las villas el tiempo suele ser ladino. Y el espacio, liviano, en permanente disputa. .Y las luces estarán siempre encendidas. Y el agua nunca será suficiente.
Es la Villa. Y está viva. Y amenazada. Y ante la amenaza hubo una respuesta inesperada:
Hace un tiempo apareció un comunicado del Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia. El comunicado lleva por título: “Reflexiones sobre la urbanización y el respeto por la cultura villera”. Y agrega: vivir en la villa hace que los sacerdotes del equipo para villas de emergencia tengamos una mirada particular de esta realidad, que difiere la mayoría de las veces de la observación que pueda tener alguien que viene de afuera de la villa, ya sea un profesional o alguien vinculado a la actividad política.
Eso dicen los sacerdotes villeros.
Y Génesis porteña ¿qué dice? Buenos Aires las inventó cuando fue necesaria mano de obra mansa y barata, disciplinada. Cuando Buenos Aires reclamó mucamas y changarines, cabecitas con oficio, chóferes, albañiles, aprendidos y honestos, soportando, interesada, la brutalidad de sus prácticas civiles. Entonces sí miró a las provincias y las naciones hermanas.
Pero aquello apenas fue un instante en la Historia, una mueca de la Gran Ciudad que los convocó y aceptó casi tal cual eran: tribales y viriles. Y después ya no supo qué hacer con ellos, con esa realidad nueva, desconcertante: amontonados y capaces de construir una casa con tres cartones y una esperanza. Y molestan, se expanden.
Entonces, topadoras. Erradicación. O el nuevo y temible término que inventó el macrismo antes siquiera de ser gobierno: urbanizar la villa.
¿Urbanizar? Vivir en la villa nos hace comprender, entender y valorar la vida en ella de manera distinta a lo que se escucha habitualmente en el periodismo amarillo, que parece sugerir que las villas son las causantes de la mayoría de los problemas de nuestra querida Buenos Aires. En estas reflexiones queremos acercar una mirada positiva de la cultura que se da en la villa, ya que para nosotros es una gracia de Dios vivir en ella.
Eso dice los curas villeros.
Y las villas de emergencia porteñas, creciendo, apiladas unas contra otras, se vuelven a ser blanco fácil: “cuna de delincuentes”, “bastión de la inseguridad”. La droga. Casi como un lamido de impureza. La villa y los villeros regresan a inquietar la paciencia. La droga. Los peruanos. La fobia racista. Cosa delicada. Porque entonces algún poder podrá reclamar acción, «civilizarlos», y otra vez el destierro, la cosa dura.
Eso dicen- dice Carlos Mamani, de la 21. Nos van a urbanizar. No sé bien que significa. Uno tiene su forma de vivir. Venimos desde lejos. Mi familia es puneña. Tardamos tres generaciones en llegar a Buenos Aires. Y eso no nos cambio en el fondo. Seguimos siendo la cultura que somos. Macri habla de urbanizar. No sé que significa eso. Pero no suena lindo. Siempre ha sido así. Allá quitarnos la tierra, aquí quitarnos la tierra. Es la misma lucha. Y no lo van a lograr. Ni los milicos lo lograron. Tampoco ahora....”
Bueno. Habrá resistencia. Además, la sospecha que bajo el sello de la urbanización se esconde la patraña. La confabulación de los poderosos.
Urbanización. La urbanización de los “decentes y poderosos” aparece como conquista y colonización. Repetir la historia. Basta de negrada.
La cultura villera no es otra cosa que la rica cultura popular de nuestros pueblos latinoamericanos. Es el cristianismo popular que nace de la primera evangelización; el pueblo siempre lo vivió como propio, con autonomía y siempre desde su vida de cada día. Es un cristianismo no eclesiástico, ni tampoco secularista, sino con auténticos valores evangélicos.
Cultura villera señala valores evangélicos muy olvidados por la sociedad liberal de la ciudad. ¿Por qué pensar que el cambio de apariencias -cambio de una casa de ladrillo y chapa hecha por el esfuerzo del villero por otra casa del Instituto de la Vivienda de varios pisos- es ya un progreso?; Luces
“Van a venir. Esta tierra vale demasiado para que tengamos nuestras casas aquí. Eso dicen. Empujarnos, mandarnos al medio de la provincia, empujarnos. No lo van a conseguir. Y no estamos solos. Tenemos compañeros, tenemos los curas que son hermanos, tenemos la CTA y venimos luchando por organizar esto, terminar con esto de ser segregado por vivir aquí. Yo me llamo Norma y nací aquí. Mis padres vinieron del Chaco. Tengo mis hijos aquí. Y con problemas. Sí. Nos han segregado, nos han pagado nada por el trabajo y así mismo levantamos la casa. Y no la vamos a dejar.
Bueno.
¿Urbanizar o colonizar? Eso se preguntan los curas villeros.
No creemos en esta urbanización, más bien creemos en un encuentro de culturas que conviven, aprenden, comparten. Más que urbanizar nos gusta hablar de integración urbana, esto es, respetar la idiosincrasia de los pueblos, sus costumbres, su modo de construir, su ingenio para aprovechar tiempo y espacio, respetar su lugar, que tiene su propia historia.
Y lo firman: Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
José María Di Paola es sacerdote de la Parroquia Caácupe, en la Villa 21, barrio porteño de Barracas. El Padre Pepe, como mejor lo conocen los villeros, nos recibe un tanto molesto: el Huracán del Turco Mohamed perdió ayer domingo con Boca Juniors. 1 a 0. “Injustamente”, afirma el sacerdote, “nos faltó una manito del cielo”, bromea.
Comentarios futboleros a un lado, el mate comienza su ronda. Y el Padre Pepe dice: “La villa de emergencia es una cultura en si misma: la cultura popular de nuestros hermanos de las provincias, de los pueblos latinoamericanos. Nosotros hablamos de un cristianismo popular que se da en las villas de emergencia. Es un cristianismo no eclesiástico, ni tampoco secularista, sino con auténticos valores evangélicos. La vida en la villa es solidaria, fraternal, pacífica. Es una cultura auténtica, de brazos abiertos. Aquí se celebra la vida, la vida natural y cristiana”.
Gustavo Oscar Carrara es el cura de la Parroquia Virgen Inmaculada, barrio Ramón Carrillo-Villa 3, en Soldati. Y nos cuenta: “La cultura de afuera, exterior a la villa, prefiere celebrar ídolos como el poder y el dinero. Y entonces no comprende cómo los villeros pueden celebrar otras virtudes. La vanidad de los de afuera los lleva a tratar de imponer formas de vida que poco o nada tienen que ver con la villa. Y esto no quiere decir que nos oponemos al progreso o a una mejor calidad de vida en la villa; por el contrario, deseamos estar todos mejor. Sólo pedimos respeto por una cultura, una historia, un modo de vida”.
Edison Santacruz Benítez tiene 18 años, es paraguayo, y hace un puñado de meses que llegó a Buenos Aires. En la villa lo esperaban sus familiares. Y sus costumbres más arraigadas. “Jamás pensé que iba a vivir en Buenos Aires: me parecía algo imposible -confiesa Edison-. Pero acá estoy, estudiando, ayudando a mi tía, muy contento. Lo que más me costó cuando llegué fue el idioma, porque en Paraguay yo hablaba guaraní; en el campo, allá, casi no hablábamos castellano”.
En la villa Edison encontró muchos compatriotas como él, parlamentando en guaraní y entusiastas del chipá. Ahí es un miembro más dentro de una comunidad; una expresión empírica en hábitat y esencia. Afuera, en cambio, es un villero, un “paragua” naufragando en el cemento. Afuera lo miran feo, huelen barro y pasillos, huelen el entrevero de su emoción.
Cándida Cardozo y Ofelia Álvarez viven en la villa desde hace tres décadas. Llegaron en busca de un refugio a su aventura porteña, y allí se quedaron. Son villeras, conocen símbolos y sentidos ocultos entre las chapas. Códigos Villeros, que le dicen, sustentando la convivencia. “Acá nos conocemos todos”, comentan. Y agregan: “Como en cualquier lado, acá hay gente buena y gente mala. Los villeros somos gente de trabajo, solidaria. El problema son los que aprovechan la villa para esconderse y hacer sus negocios. Muchos hablan de la villa pero no la conocen, no la caminan en serio, no saben nada nada de la gente que vive acá. Eso nos da mucha rabia”.
Alguien ridiculiza los “informes periodísticos” de la televisión incursionando en las villas de emergencia. Todos reímos. Y las brazas arden a un costado.
Redacción
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