
La tradición cuenta que los leprosos eran llevados a las afueras de las ciudades y pueblos y que casi nadie se ocupaba de ellos. Esperaban que se muriesen. Que sus lamentos no llegaran a los oídos cotidianos de los que eran más en diferentes lugares del mundo conocido.
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* Periodista. |
Narraciones que vienen desde hace algo más que veinte siglos. Crónicas orales que luego formaron parte de los escritos que fundaron historias oficiales y religiones millonarias en fieles.
Allí se los confinaba a los leprosos, a los abismos invisibles de las comunidades. En el fondo de los barrancos geográficos y materiales, allá en el último barro de las zanjas sociales abiertas por las minorías prepotentes de todos los tiempos.
Hasta que vino el hijo de Dios, nada menos que el hijo de Dios, para enseñar a preocuparse por ellos porque eran seres humanos. El hijo de Dios para salvar a algunos de aquellos leprosos que desde hacía centurias eran condenados primero a la muerte social hasta que viniera la otra, la física.
Es una tradición conocida. Los leprosos debieron esperar al enviado por el hacedor del universo para empezar a ser respetados como seres humanos.
Veintiún siglos después las visitas del hijo de Dios no suelen formar parte de la suerte cotidiana de las mayorías y, al mismo tiempo, los leprosos siguen padeciendo todo tipo de castigos a pesar de ser una enfermedad curable y estar en días donde los prejuicios, según dicen, van desapareciendo.
"Necesitamos que los enfermos consulten tempranamente para que reciban gratis los medicamentos y para frenar la cadena de contagios. Es una infección que tiene cura", dijo Jorge Tiscornia, especialista del Hospital Argerich, en Capital Federal en torno a la lepra, una enfermedad que produce más de cuatrocientos casos por año. Según el Programa Nacional de Lepra y la Asociación Alemana de Asistencia al Enfermo con Lepra, durante 2006 fueron detectados 423 nuevos casos de la enfermedad en estos arrabales del mundo.
“Pensamos que hay muchas más personas sin diagnosticar, porque generalmente los pacientes andan sin diagnóstico durante más de dos años... Una de mis pacientes, de 26 años, supo que tenía lepra y su marido la abandonó. Otro paciente que era militar fue dado de baja y está en juicio. La discriminación de los pacientes es muy frecuente", agregó del doctor Tiscornia.
Aunque se sabe que la lepra se contagia por un contacto directo y prolongado durante tres a cinco años y no por tomar mate, dar un beso o abrazar a una persona infectada, la discriminación perdura como desde hace dos milenios.
"La mayor parte de la población es inmune naturalmente al bacilo de la lepra", agregó el investigador mientras lamentaba la continuidad del miedo y la exclusión social y cultural que sufren los enfermos.
¿Hará falta una nueva visita de un hijo de Dios para pensar que cualquier persona es igual a otra?
Lo cierto es que en la Argentina del siglo veintiuno siguen vivos los prejuicios y la enfermedad centenaria, una demostración de otros tantos racismos que, por ahora, no pudieron ser vencidos ni por dioses ni por razones.
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