
Alimentos por combustibles. Esa es la nueva síntesis que impone el sistema, que intenta naturalizar el imperio, es decir, las grandes multinacionales con sede en los Estados Unidos. Claro que la consigna no tiene nada de natural, pero eso es lo menos importante.
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* Periodista. |
Dar de comer es menos rentable que producir automóviles y contaminar el planeta.
En realidad, los habitantes del sur del mundo ya conocían la estrategia desde principios de los años sesenta del siglo veinte.
Hubo una vez un teniente, un tal Larkin, que vino con un plan hecho a imagen y semejanza de las grandes fábricas automotrices del norte. La clave era eliminar los ferrocarriles para construir centenares de autopistas y que el transporte se haga todo por camiones.
La desarticulación de los trenes como arterias por donde circulaban las familias migrantes buscando un horizonte existencial dejó lugar, casi medio siglo después, para vagones y vagones que solamente llevan la riqueza que le roban a la misma gente que ya no tienen los ferrocarriles para intentar una vida mejor.
Las familias en la vía, las riquezas hacia fuera. Larkin ganó la pulseada, por lo menos hasta ahora.
La enseñanza es nítida, importan más los intereses de los grandes imperios automotrices que las necesidades de los pueblos.
Por eso hoy la lógica continúa.
De la mano de la soja y sus precios increíbles también dictados por los “traficantes de granos” -notable imagen que pertenece al periodista de investigación Dan Morgan- avanzan los desiertos en los paisajes que otrora fueran casi de fantasía en la América del Sur.
Desiertos y pesadillas ni siquiera imaginados comienzan a aparecer en el presente de las mayorías del tercer mundo.
Y todo de la mano de la soja y su socio menor, el llamado biocombustible.
Las informaciones sostienen que “el cultivo de la soja ha provocado la deforestación de 21 millones de hectáreas de bosques en Brasil; 14 millones en Argentina y dos millones en Paraguay”.
Un ecocidio de proporciones alarmantes y consecuencias aún peores.
Pero todo vale a la hora de cumplir con los mandatos de las multinacionales.
El monocultivo de la soja en la llamada cuenca del Amazonas “ha tornado infértil a una gran parte de los suelos de esa área geográfica. Es el caso de Bolivia, donde su producción se expande hacia distintas áreas del este y ya sufre de suelos compactos y degradados. Allí 100 mil hectáreas de tierras agotadas, antiguamente productoras de soja, han sido abandonadas para pastoreo, lo que conlleva a una mayor degradación de los suelos”, indican los informes que dan cuenta de la devastación.
En Bolivia, aquella tierra que diera nacimiento a una de las culturas que más respetó el ciclo natural, como los incas y los quechuas. Allí donde ahora retorna la pelea por los recursos del subsuelo como en casi ningún otro país de la patria grande.
El imperio hoy pronuncia soja y biocombustibles pero, en realidad, repite dependencia y saqueo de recursos naturales y humanos.
Larkin ha regresado convertido en poroto de soja, en publicidades de gobiernos traidores que prometen mañanas luminosos a partir de transformar alimentos en combustibles.
Pero como sucedió a principios de los años sesenta del siglo veinte fueron los trabajadores los que protagonizaron históricas luchas de resistencia que aún hoy crecen en la memoria y la dignidad populares.
Quizás allí aparezca el freno, en el exacto momento en que la memoria se transforme en esperanza.
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