Territorio: Vicente López
Prejuicios perjurados
Martes 6 de noviembre de 2007, por Nadia Mansilla *

“Mirá -dice el compañero Daniel, que es nuestro guía, integrante de la CTA. - estos son los ricos”. Señala casas lujosas con garajes de arquitecturas espaciales para sus autos importados, nuevos. Siempre nuevos. Garajes que marcan el significado de una cultura y de qué es lo bueno o malo, qué es feo o lindo. Son los ricos”, repite. Desde lejos, el lujo, cierta ostentación y la impunidad que da o al menos lo aparenta, la riqueza. Sí, parecen seres inevitablemente felices.

Como los puntos cardinales no se vacunaron contra los prejuicios, existe el desafío de buscar la ruptura de aquello que se encuentra al cruzar la General Paz, ese límite preciso entre Capital y Territorio. En ese sentido Vicente López desde el lado del río, es un apéndice capitalino. No aparecen las villas, los plásticos desparramados en las calles. Tampoco pobres. Ni perros desteñidos por las privaciones.

Luego Daniel agrega: “Simplemente te paseamos por este barrio para que después veas lo otro. Aquí también hay desocupación, déficit habitacional, pobreza. Desigualdad. Y niños desnutridos. No es La Matanza, pero los bolsones de excluidos los tenemos y esa es nuestra lucha”.

Vicente López alberga en sus 34 km2, casi 200.000 habitantes. Las ya mencionadas casonas que rodean la zona que va desde la cosa del Río de La Plata hasta la Avenida Panamericana son auténticas islas flotando en metros y metros de pasto. Barrios vigilados por panópticas garitas. Perros nazis forman parte de la decoración de otras. Aunque no hay que confundir el perro con la rabia.

Mirando bajo la alfombra

Un barrio, Las Flores se llama. Hay un diálogo con Isabel Tevez. Isabel cuenta que las casitas de este asentamiento tienen su origen en la mudanza obligada para quienes vivían a la vera de la Panamericana. Entre los años 1958 y 1963 se fue poblando el barrio de casillas de madera. En el terreno de su vivienda podrían hacerse 12 departamentos como los que con su casa lindan, pero mientras tanto ella no tendría lugar donde vivir. Por eso la adjudicación de una casa para ella, su marido y sus seis hijos es una ilusión cada vez más lejana.

“Acá, si querés tener tu casa, tenés que ser amigo de alguno”, sentencia firmemente Isabel. A nosotros, que estamos en el barrio hace casi 50 años, no se nos quiere dar la reubicación. Y eso que sólo estamos pidiendo una casa dentro del barrio, para nosotros y para nuestros hijos que están casados”. Isabel no ha perdido esperanzas ni es de quedarse quieta: lleva adelante un proyecto para formar una cooperativa de trabajo textil con algunas compañeras de militancia, también vecinas. Además tiene activa participación en cuanta actividad se arme en pos de las viviendas para todas las familias que las necesiten.

Por los pasillos del barrio se escucha cumbia. A todo volumen. Como se debe escuchar la cumbia. Pibes, pibas, población joven. Madres niñas y en rincones inesperados, se suman santuarios dedicados al Gauchito Gil. La imagen, las banderas punzó desparramados por las calles. De las ventanas del edificio del nuevo barrio, ropa tendida por todos lados. Entre las casillas, los perros pasean sin correa y niños juegan.

A metros de la casa de Isabel está Marcos López. Tiene 21 años y 3 chicos. Está sin trabajo, a pesar de que hace tres meses está tirando currículums “por todos lados”. Vive en un chasis de auto oxidado, en un terreno que ocupó luego que se derrumbaran las precarias casas que se tiraron abajo con la promesa de construir ahí edificios de departamentos. Se enteró que se iban a tomar esas tierras adormecidas, donde descansan los escombros y el olvido de los más postergados de una zona ocultada. Tomó, junto a otros vecinos que se quedaron sin casa, esas tierras y ahí armó una casilla de madera con tarimas encontradas en la calle. Hace 2 meses que las noches de Marcos y su familia se alternan entre la casilla de madera y el auto. En la casilla llueve y en el auto hace frío.

Otra casilla es la de David Benítez. Tiene 17 años y tampoco tiene trabajo. Vive con su mujer, Roxana Guevara, de la misma edad y sus dos hijos, el mayor de 4 años y la menor de 6 meses, Leandro y Abril. Es cuñado de Marcos y juntos armaron sus casillas, una al lado de la otra. Abril llora. No para de llorar. Roxana dice que es porque tiene hambre. En su casa no hay agua, gas ni cocina, así que la comida se prepara en la casa de su mamá y se trae.

Antes vivían todos la casa materna de David. También en el barrio, también en una casa precaria. En la misma vivienda estaba su cuñado, con su mujer y sus dos hijos. Con ellos tomó esas tierras. Con ellos esperan que les den su casa, o un lugar donde llegar después de cartonear hoy y, quien sabe las ganas de la suerte, donde volver después de trabajar.

“Ya se nos enfermaron tres veces los chicos por el frío. Aparte las ronchitas que le ves a la nena en la cara son por los mosquitos. Pero no tenemos otro lugar donde ir, porque en lo de mi suegra éramos un montón, los chicos se peleaban y se lastimaban. Y con mi mamá no los podemos dejar, porque los chicos tienen que estar con nosotros”, nos cuenta Marcos.

-Es la CTA.

- Claro. Somos CTA.

Otro lugar

Hay un local, vacío pero empapado de pintura y de sueños reales. Allí tres militantes del Movimiento Territorial de Liberación (MTL-CTA) están ultimando detalles para la pronta inauguración de lo que será el Centro Cultural “Floreal ‘Negrito’ Avellaneda”. El nombre se debe a un niño de 13 años, perteneciente a la Federación Juvenil Comunista. Junto a su madre, fue detenido y torturado apenas comenzada la última dictadura militar. Ella reapareció después de 27 meses presa. El cuerpo de él fue encontrado en la costa uruguaya dos meses después del operativo que se llevó a ambos.

El Negrito había muerto por “empalamiento”. Su trabajo en el barrio no cayo en el olvido, y por eso Oscar Midley, José Miranda y Oscar Goyena están refaccionando ese espacio. Allí planean dictar clases de música y pintura, ser centro de formación del programa cubano “Yo sí puedo”, y de información de la Operación Milagro, además de proyectar videos y ser un punto de encuentro para la juventud de la CTA local.

Villa Adelina, Florida, Villa Martelli, Carapachay son otros barrios que delinean el abanico del distrito vicentelopense. Barrios de chalecitos, de casas chatas y un vivir traqnuilo.

Munro otra vez y Gladys Farfán.

Gladys tiene 48 años. Y 4 hijos. Promotora territorial y asistente geriátrica. Está a cargo del merendero “Paso a paso” del barrio Virgen de Luján, Munro. Empezó en mayo un sueño de años. Relata: “Todo comenzó cuando hablé con las vecinas del barrio por todo lo que estaba pasando acá con la droga. Esta es una alternativa que hicimos para que los pibes tuvieran actividades, que hicieran cosas. Con la ayuda de todos tenemos el merendero. Otro comedor me da el sobrante de la leche del día para mi merendero y así trato de meterle a los pibes el consumo de leche. Les digo que están creciendo y que tienen que alimentarse bien. Vienen de todas las edades, nenas y varones. La más chica tiene 1 y el más grande 17. Algunas nenas hacen bijouterie, cosas hermosas. A finales de septiembre hicimos un festival para que muestren sus cosas. Ese día hicimos un taller de máscaras también”.

“La idea -apunta Gladys- es que vea un oficio en eso, que el día de mañana les pueda representar un trabajo.

Y damos la vuelta. Cerca del río. Otra vez los ricos. Realmente, si uno quiere gritar paritaria social, se reirían a lo grande. Sería un buen chiste.

Bueno. Ahí están los testimonios de los compañeros. Ellos creen que se puede cambiar el mundo. Es lo que hace la diferencia, lo que marca futuros divergentes.

“El desafío es grande”

"¿Sabés cuántos votos sacamos acá? 20.000. Y esperaban que sacáramos 10.000”, asegura Fabián Alessandrini, secretario general de la CTA Vicente López, sobre aquel Frente Nacional contra la Pobreza de 2001.

Es un hombre enérgico y con muy buen humor, aunque un poco de timidez, enumera las actividades que se están llevando adelante en la CTA local: “en primer lugar, trabajamos mucho con ATE Y SUTEBA. También estamos con los visitadores médicos, los compañeros de AAPM. En cuanto a organizaciones sociales, estamos armando Marcha Grande. Como en su momento estuvimos mucho en la calle, cuando todo tuvo que ver con la etapa del país, hoy estamos tratando de volver a ganarla”.

Alessandrini remarca el buen número de afiliados directos que compone la mesa local y agrega luego que “la energía de la CTA de Vicente López está para construir en distintos frentes. En lo que queda del año y en el próximo estaremos enfocados en la iniciativa política de la Central, para instalar la Constituyente y la Paritaria Social. Y en cuanto a lo local, queremos construir unidad en Vicente López -afirma Alessandrini enfático- es complicado. Es una ciudad pequeña, pero desde el punto de vista del poder, no es menor”.

En el local de la CTA, se dicta apoyo escolar y se reúne la murga del barrio. Al respecto, Alessandrini considera que “las mejores actividades que podemos ofrecer son las culturales. La de dar apoyo escolar en el barrio donde está este local (pleno centro vicentelopense), fue una decisión política, como también la de ofrecerles esa ayuda al barrio de Las Flores o la de buscar que los pibes de la murga se junten acá”, indica en referencia a “Los Pegotes de Florida”, que además de cantar y bailar, realizan también actividades teatrales para otros barrios.

Fabián no pierde la esperanza en su lucha por la unión de un distrito tan heterogéneo: “Creemos que lo podemos resolver construyendo poder por abajo y esa es una discusión con la que se pueden lograr cosas. Hay que ganar todos los sectores, no solo los más bajos, porque aquí no definen nada, ni siquiera en lo electoral. Para resolver sus problemas, hay que ganar al otro que está entre Maipú y Panamericana, que tiene mucha simpatía pero no se involucra. Sin dudas, el desafío es grande”.

Por y para los pibes

Daniel Sanz es secretario gremial de la CTA Vicente López. Sin embargo, la actividad que más lo inquieta es la del que él llama “el sindicato de los pibes”. Daniel forma parte del Foro por los Derechos de la niñez, la adolescencia y la juventud de la Provincia de Buenos Aires. Desde allí constituye, junto a otras organizaciones, un movimiento con el que pelear por distintas cuestiones que atraviesan los chicos bonaerenses.

“Por un lado, luchamos contra el abuso familiar. Son situaciones en las que la respuesta por parte del Estado demora tiempos que los pibes no pueden soportar. Lo mismo sucede con el consumo de drogas, por lo que nos orientamos hacia la prevención y el tratamiento. En nuestro distrito no se tienen muchos registros de consumo de “paco”, pero sí aspiran nafta o pegamento, entre los 10 años y los 15 años en la mayoría de los casos”, grafica Sanz, un hombre con más vidas que un gato y más anécdotas alegres que relatos de cachetazos.

Luego Sanz agrega que “entre los ejes por los que se batalla, está la búsqueda de contención para chicos en situación de riego “queremos que los pibes jueguen, porque hoy a los 10 años ya son adultos. Y sin el juego, les falta una gran contención. A partir de ahí un chico puede salir apuntalado y con otras perspectivas para su vida. Debe haber políticas municipales que refuercen esa cultura, la del juego. En nuestra ciudad hay una gran actividad cultural pero apunta a un sector de Panamericana hacia el río, la más adinerada del distrito. La cuestión del laburo con los pibes se hace un poco difícil a veces. Estamos remando frente a una ausencia del Estado. Sería mucho más piola poder laburar junto con el Estado y no tener que pelearnos con ellos porque nos desgasta. Pero bueno, acá estamos”, finaliza Sanz.

Justicia para todos

En la casa de América y Beto, un matrimonio que tuvo 10 hijos, la vida le llevó la amargura más aguda que puede tocarle a una madre y a un padre, reforzada con un manto de impunidad: la policía asesinó a su hijo Orlando, de 16 años. Pepo, para los amigos.

El pibe estaba en un baile en su barrio, Las Flores, y había ido a buscar cigarrillos con un amigo al quiosco de la zona que permanece abierto hasta tarde. Al terminar la compra, los dos observaron una persecución y, como ya conocían los antecedentes de la comisaría 4º de Vicente López, Villa Martelli, el instinto los instó a correr. Cada uno para un lado distinto. Pepo recibió dos tiros por la espalda y Beto, el llamado telefónico con un anuncio que cambiaría su vida. Hoy no hay detenidos por la muerte de Pepo. En la dirección de Asuntos Internos de la Policía Bonaerense están los preocupantes registros que tiene esa comisaría.

“Acá hicimos un poquito de todo”, asegura América. Alberto Rodríguez y América del Valle Córdoba han tenido en los últimos diez años una activa participación política. América organizando a las vecinas de su barrio para exigir que solucionen los problemas de vivienda que las afectaba y Alberto enseñando su oficio de albañilería a los pibes, para que tengan un camino, una alternativa laboral. América siente que no fue casualidad que mataran a su hijo. Pero a pesar de lo sucedido, nada la frena para continuar su militancia. De hecho, hoy sus inquietudes se relacionan con lo que le sucedió. Es por eso que, entre otras actividades, colabora con el Foro por los Derechos de la Niñez y la Adolescencia. Desde ahí denuncia los maltratos que sufren los chicos que viven en el mismo lugar que ella: la zona más pobre de Vicente López. Y también la más ocultada. Además, forman parte del movimiento social Marcha Grande. Nada, ni el dolor, los frena.

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