
San Francisco Solano es una localidad repartida entre los partidos de Quilmes y Almirante Brown, al sur del AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires). Su fundación data del siglo pasado (1949), pero su patronímico, San Francisco Solano, se origina en 1773, cuando el Convento de San Francisco Solano adquiere algunos terrenos en la zona, que posteriormente vende en 1871. Según relevamientos del INDEC en 2001, la población de Solano era de 81.707 habitantes.
Trasponer el Riachuelo es comenzar a adentrarse en el sur del Conurbano. Los espacios se hacen más amplios. En las calles tienen cabida autos de unos cuantos modelos atrás que conviven democráticamente con el carrito con neumáticos pero tracción a sangre. Abundan los pasacalles de agradecimiento a San Expedito: el territorio impone una cierta celeridad a los tiempos celestiales.
En local de la CTA- FTV, en Solano, se han dado cita los compañeros y la idea es reconstruir el pasado a través de las voces de los protagonistas. Comienza Lionel, el “gato”, cara angulosa y una energía interminable:
Su vida laboral empezó en una fábrica que pronto lo dejó en la calle: “Me sentía más un pibe de la esquina, que un pibe del barrio. Me sentí más respetado cuando comencé con esto de la construcción de viviendas. Hasta ese momento venía como un militante de la CTA FTV, como un desocupado más. Pero no le ponía el cuerpo, el pecho, ni las ideas. Hasta que junto al trabajo apareció mi lugar. Entré como ayudante por que sabía hacer algunas cosas y resulta que ahora sé de electricidad, de plomería, hasta aprendí a leer planos”.
Como en tantas historias el eje vertebrador de estas vidas es el trabajo o la falta de éste: “Mi papá es tapicero y empecé a laburar en tapicería. Entré en la adolescencia, mi papá era alcohólico y yo medio drogado. No coordinábamos como antes. Me consiguió laburo en una fábrica, de carpintero y aprendí el oficio. Discutí con el dueño y me echaron. Me fui a otra carpintería. Después trabajé de tapicero, y luego de colchonero”.
La historia de Diego no difiere demasiado: tiene 26 años, es secretario de una cooperativa. “Mi primer trabajo fue de diarero, llegué hasta séptimo grado, pero ya trabajaba para ayudar a mi familia por que mi viejo perdió el laburo, trabajaba en una metalúrgica, que al cambiar de dueños, los anteriores se llevaron todo Hasta mi hermano más chico que tenía catorce años salió a trabajar...”
Estela, escucha atenta. Tiene un rostro que transmite calma y dice: “nos conocemos del año `81 -tenía 21 años-, era militante de las Comunidades Eclesiales de Base, que se crearon con el padre Raúl Gerardo, el promotor desde la Parroquia Itatí. Participábamos de un grupo de jóvenes. La prédica era el compromiso, ayudar al hermano, crear un hombre nuevo”
También llega la etapa de mayor compromiso y también las desilusiones, le duele pero sigue: “En otra etapa decíamos que el cristiano militante tenía que participar de los espacios, de las decisiones políticas. Era la apertura política y considerábamos que teníamos que estar, participé en la militancia política. Fue un fiasco, le dediqué mucho tiempo y me di cuenta de que no podía construir nada”.
Estela no se volvió a la casa, insistió: “Con Juan Carlos nos conocimos en la gestión municipal, participaba allí y él como organización social de reclamo por la tierra y la vivienda. Empezamos un camino, que tenía que ver con estas reivindicaciones. Encontrar todos estos compañeros con un mismo ideal, la lucha y las ganas de trabajar. Esta fue mi opción en la vida, mi lugar en el mundo.
Empezamos a trabajar, a capacitarnos, saber cuáles son los derechos para obtener la tierra, cómo se gestiona. Armamos un grupo para resolver nosotros mismos este espacio que el Estado no resolvió durante muchísimos años y fuimos parte de la demanda, de la propuesta y de la lucha por la tierra”.
En Estela como en casi todos aparece un origen en común: las Comunidades Eclesiales de Base (C.E.B). “Mi acercamiento a las C.E.B -continúa Estela- comienza en la dictadura, en mi adolescencia y mi juventud no había espacios. Tenía 12 años, en el gobierno estaba el General Perón, era el auge de hacer deportes. En mi barrio se crea un club social, deportivo y cultural, todos los jóvenes participábamos. Llega la dictadura y cierra. Por esa época el padre Berardo, abre la iglesia del barrio. Hasta ese momento la imagen que tengo es la iglesia siempre cerrada. Sólo abría los domingos para la misa.
La propuesta de él era que empezáramos a trabajar con espacios de juventud, hablar cuál era el ideal del joven; el hombre nuevo; los valores, los principios del cristianismo. Cambiar la sociedad a través de un hombre nuevo.
Todo esto lo incorporé a mi vida, lo tomé como tal. Ahí conocí a mi esposo, compartíamos la misma idea y construimos la familia desde ahí”.
Llega el turno de Gaspar, “Yiyo” de la Comisión de Derechos Humanos, no es del Tala, su vida transcurrió en un barrio vecino, pero los caminos en algún lugar se juntan: “desde muy joven me volqué a la militancia social, siguiendo el camino de mis viejos, que en el año `65 habían empezado en mi barrio a luchar por el tendido de luz, el agua vecinal, esas cosas.
Militaba en la estructura del partido justicialista y nos llevamos una gran desilusión al participar de la estructura partidaria. Estábamos más al servicio de intereses personales o sectoriales, supeditados a la coyuntura política, que a favor de los intereses de los vecinos”.
El 2001, fue un tembladeral pero también sirvió, para barajar y dar de nuevo. Dice Yiyo : “Nos tocó vivir la crisis del 2001 y nos reencontramos con Juan Carlos, teníamos las mismas necesidades, los mismos objetivos. Había comprendido que dentro de las estructuras partidarias no había nada por hacer”.
Roberto Montenegro va a cumplir 40 años.
Y tiene la capacidad de dibujar con las palabras, repasa su vida. El momento en que deja las estructuras del PJ y se reencuentra con el Juanca: “de trabajar siempre en negro paso a ser una persona con salario, era coordinador de las viviendas. Hice la vivienda de mi madre que ahora vive bajo techo de losa, paredes de ladrillos. Parecíamos gitanos, viviendo en Corina cuando chico, de ahí pasamos a San José, de ahí a La Gloria, después Wilde.
En el `81 mi viejo se entera de que iban a tomar unas tierras en Solano, agarró un par de chapas, tablas y me vine con él, tenía catorce años. Estuvimos en la cancha de los tucumanos, en el barrio La Paz, cargamos a hombro las chapas y cruzamos el campo. Hasta ese momento, vivíamos en un rancho de chapas y cartón que medía 4 x 4.
Con el tiempo lo logramos. Las paredes de cemento, llegaron con el Programa de Autoconstrucción y Ayuda mutua, dejaron de ser de chapa, ahora son de ladrillo”
Claudia tiene 27 años, es la última en hablar, es la encargada de finanzas. Piensa y habla a una velocidad asombrosa, cuenta que tenía un año de vida cuando llegó con sus padres al asentamiento, con orgullo dice: “son fundadores con Juan Carlos y otros compañeros. Viví el compromiso de mi madre con el barrio. Mi vida continuó dentro de un comedor por que mi mamá era desocupada. Mi papá trabajaba, pero somos siete hermanos. Toda la familia participaba del comedor.
Con el tiempo me fui dando cuenta de que el existencialismo significaba, pero no podíamos depender de eso. Empecé a participar y aprender que debemos luchar por la vivienda, el hábitat y el trabajo.
Tengo dos nenas y tengo que seguir luchando, no bajar los brazos. Al menos poder dejarles lo que mi madre me dejó: ser protagonista de nuestra historia, como la consigna del comedor: ninguna vive ni hace nada sola”.
Fuente: India Rodríguez
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